miércoles, 21 de marzo de 2012

METAFÍSICA DEL AMOR: LA MIRADA, EL BESO Y LA CARICIA

 
                    Al besarla cerraba los ojos para que mis  pupilas, como dos afanosas abejas, volaran al fondo de su alma y libaran para mí el néctar de la dicha. 

                   El amor–pasión (eros) es la única dimensión de la existencia donde dos individuos pueden reconocerse mutuamente en aquello que los hace únicos e irrepetibles. Mientras que en las actividades técnicas o productivas somos valorados por la función que desempeñamos; en la ética y la política por nuestra condición de personas y ciudadanos; en la esfera familiar por nuestros vínculos naturales, estrechos pero no elegidos; en la amistad, por nuestra alma pero no por nuestro cuerpo, sólo en el amor es deseada de modo directo y completo nuestra  individualidad.

         El amor cumple su sentido haciéndonos objeto de una preferencia absoluta por parte del amante.  Gracias a la cual podemos sentirnos especiales, únicos, excepcionales, insustituibles. Ningún objeto o sujeto en la totalidad del espacio–tiempo es para nosotros preferible al amado. Y si a quien  preferimos por encima de todo nos prefiere por encima de todo el milagro sucede.  

             No sin antes cumplir, como expiación, dos poderosas exigencias. La primera: una mentira mata el amor (“¿me amaría si supiera quien soy?”). La falta de sinceridad golpea sobre todo al insincero, cuya apariencia será amada en contra de sí mismo.

              La segunda: no se pueden amar, en sentido estricto, pese a Machín, dos personas a la vez. ¿Y si las dos nos dijeran al tiempo: ¡te necesito!...? Ni siquiera un Dios, cuya misericordia excluye la excepción, podría colmar con su amor nuestra sed de diferencia y preferencia.


La seducción


La seducción es esa especie de teatro íntimo donde dos taimados jugadores, mediante la frívola alternancia de episodios de contacto y retirada, pretenden avivar el deseo del otro antes de sucumbir enteramente al propio.
     
           Kundera, con la perspicacia que le caracteriza,  define la seducción como una promesa de coito sin garantías. Y Proust indica textualmente "que una ausencia, el rechazo a una invitación a cenar, una frialdad sin intención, pueden lograr más que todos los cosméticos y que todos los hermosos vestidos del mundo". El objetivo consciente o inconsciente de la seducción es alcanzar el territorio del otro, violar sus defensas, esclavizar su deseo.

La seducción ocurre  en esa tierra de nadie entre la ética –sucede entre dos voluntades– y la estética –conspira entre dos deseos–, por lo que puede ser calificada de depredadora cuando uno de los jugadores solo busca recibir sin arriesgarse -o rehúsa exponerse en la misma proporción-, cuando el otro es visto exclusivamente como una presa para alimentar la vanidad o la avidez sexual –Amistades peligrosas.

Ningún juego es tan osado como el galanteo, donde los papeles de cazador y presa se intercambian a menudo. Cuando ha prendido el deseo, el vínculo crece y se estrecha como un ser vivo independiente, de manera natural –con la exactitud de un embarazo–, hacia el clímax del enamoramiento y el  romance.

                                                                            

La mirada

Siempre se ha dicho que la cara es el espejo del alma. Es la zona más expresiva del cuerpo, la que comunica directamente con nuestro universo interior. Por ello cuando hablamos miramos siempre a los ojos de nuestro interlocutor. Una mirada ofende, excita, atemoriza o hiere. Su escenario no es por casualidad el rostro, el más versátil de nuestros órganos físicos.

Una mirada sostenida e intensa entre dos personas es como una caricia íntima, un beso silencioso en las zonas más profundas del yo. Los amantes comparten en la mirada un mismo territorio, no tan lejano como dos extraños ni tan fusional como para eliminar completamente la distancia de sus respectivas individualidades. La sostienen sin pudor porque nada tienen que temer el uno del otro. Es el primer signo de la desnudez. 


El beso


En el beso los amantes se asoman por fin al precipicio del nosotros. Si se cierran los ojos es para quebrar la distancia que aún subsistía, como abismo, en la mirada. La boca es el comienzo del éxtasis, pero la cercanía del rostro, bajo la atenta vigilancia de la razón, preserva al alma individual de su completa disolución en la carne.  Por ello el beso es síntesis, no fusión, de interior y exterior, sensualidad y  espiritualidad,  gozo físico y psicológico,  mirada y coito, exterioridad y profundidad, piel y espíritu.


El coito

En el coito los amantes son lanzados al territorio más vasto y desconocido, del que nada saben y del que todo esperan. Las reglas que preservan la interioridad y la discontinuidad –la civilización– son transgredidas; y el pudor, su último bastión, humillado por una mutua y servil desvergüenza:

- "¡Entra en mí, hazme vibrar, oblígame a perder, con la violencia de tu amor, la compostura!"

Dos cuerpos, extrañamente vivos, espléndidos de luz e incandescentes, vencen al fin la contención que la piel opone al gozo y, milagrosamente,    resucitan.


                              


           

sábado, 17 de marzo de 2012

The American Dream. El limpiabotas que soñaba con ser presidente


 

La reestructuración del capitalismo no solo ocurrirá en nuestros bolsillos sino también en nuestras mentes. La injusticia no solo mata por fuera sino que hiere por dentro. Ya escucho en los corrillos familiares, en los mercenarios susurros de los analistas mediáticos, en las voces de los viandantes un peligroso relato venido de América ante el que es urgente prevenirnos  como de un virus letal.
En las sociedades antiguas los hombres y las mujeres se distribuían en categorías asignadas mucho antes de nacer. Ellos, sus hijos y los hijos de sus hijos nacían y morían como nobles o como plebeyos. Tanto su valor social como sus tareas y desempeños, su poder adquisitivo, sus derechos y obligaciones estaban predeterminados por la cuna. Interesada fatalidad que si bien volvía insuperable la desigualdad social en términos absolutos –al ser expresión del orden divino– al menos hacía posible la conformidad con el propio destino, de la que derivaba una cierta tranquilidad vital.
El universo burgués trajo, sin embargo, incorporadas nuevas formas de estar en el mundo. Tal vez la más revolucionaria fue la ruptura de los moldes rígidos derivados del nacimiento, la creencia en el mito de la igualdad de oportunidades, según el cual la vida no es más que una carrera de obstáculos en la que cada sujeto está llamado a competir por el éxito en similares condiciones con el resto de concursantes, siendo la posición alcanzada en la escala social el resultado del propio mérito y capacidad. O dicho de otro modo, si la riqueza acumulada es la imagen visible del éxito, y este es  consecuencia del propio esfuerzo, la conclusión es obvia: los ricos  son merecedores de su riqueza y los pobres de su pobreza. Triunfar es señal de virtud, de trabajo duro, de talento; mientras que fracasar es indicio de vicio, desidia e inmoralidad.
En el cosmos capitalista los ricos, además de poseer los bienes materiales de manera desigual, tienen derecho a gozar de estos sin escrúpulos ni mala conciencia, sea cual sea la cantidad de miseria que les circunde. Los pobres, por su parte, no solo acaparan la penuria sino que han de sentirse con razón humillados por ella, pues solo ellos, y no la suerte o las circunstancias, son los  únicos responsables. Este es el mensaje central, si sabemos escuchar, que la derecha sin complejos, el tea party español, intenta incorporar al imaginario colectivo de nuestro país a través de canales como la Gaceta o Intereconomía.
En un mundo así todo se desquicia y pierde su límite natural. La producción y el consumo, las aspiraciones y los beneficios, la depredación y el coste de la deuda se tornan potencialmente infinitos: nunca hay bastante. Por lo que la brecha entre las expectativas y lo realmente alcanzado, entre los bienes que se poseen y  los bienes que se desean nunca se cierra del todo; al contrario, es avivada hasta el paroxismo por infinidad de cantos de sirena que nos instan a perseguir lo imposible, condenando al individuo a una insatisfacción crónica, a una angustia perpetua.
Hasta Dios, garante del viejo inmovilismo, se pone a trabajar en sus versiones protestantes y calvinistas, para la burguesía. El éxito social y la riqueza no solo no apestan a codicia sino que constituyen la prueba definitiva del reino, la bendición de Dios a los emprendedores por su tesón e iniciativa. No es casual que las metamorfosis del cristianismo estén asociadas a los niveles de prosperidad económica. La versión ortodoxa a Grecia; la católica a España, Italia y Portugal; la protestante a Alemania, Inglaterra y Estados Unidos.
El limpiabotas, tal vez marcado por una infancia difícil, falta de talento, deficiente escolarización y condiciones sociales adversas no podrá achacar a la mala fortuna su humilde posición, ni reclamar al Estado ningún tipo de ayuda para aliviar su condición de rata urbana. Los impuestos son  injustos si su objetivo es detraer al millonario una parte de sus ingresos legítimamente adquiridos para sufragar la pereza de los desheredados y desincentivar la ambición de éxito, que sirve, como poderosa anfetamina, de combustible al sistema.
La utilidad del Estado consiste más bien en vigilar y castigar a los miserables, a los parados defraudadores, a los funcionarios holgazanes, a los asalariados absentistas, apartándolos de la tentación de escapar a su merecido destino a costa de la libertad o propiedad del opulento. La reclamación de justicia será interpretada entonces como envidia. No minimicemos el peligro, toda una civilización está asentada sobre este absurdo y perverso relato.

martes, 6 de marzo de 2012

VENGANZA TÁNTRICA (HISTORIAS DE CORALIE)

  


Dado que el sábado Coralie me había comentado su intención de quedar a bailar con uno de sus pretendientes, decidí aprovechar la ocasión para conceder un lujo asiático a mi sexualidad. ¡No iba yo a ser menos! Hacía unos días que en mi  facebook apareció por casualidad el anuncio de un taller de psicotantra en Almería, donde se comunicaba expresamente a los interesados que no era necesario desnudarse ni acudir acompañados de pareja.  Precisiones que resultaban más prometedoras por lo que insinuaban que por los miedos que pretendían aliviar. Qué mejor programa para un fin de semana, me dije,  que experimentar, dentro de los márgenes pactados, con una diversidad de mujeres los secretos entresijos del deseo, aunque fuera en clave oriental.  El bailarín profesional de origen latino sería un insípido entremés al lado de una docena de hembras andaluzas ávidas de aprender los misterios del amor.
Tras tonificar mis músculos con repetidas flexiones, pesas y abdominales, perfumarme con  sándalo y autobroncearme con una de esas cremas que guardaba Coralie en su surtido estuche de curtida esteticienne, le comenté mi intención. Sabía que el universo tántrico le fascinaba, hacía años que me proponía incorporar esa filosofía a nuestros contactos íntimos.  Lo que no estaba seguro es si le fascinaría de igual modo mi decisión de irme solo a Almería, a iniciarme en compañía de una cohorte de desconocidas en la sexualidad sagrada.
Probablemente no opondría objeciones a mi insólito proyecto, pero su rostro dejaría entrever una sutil mueca de contrariedad. Me equivoqué. No sólo no le pareció mal la ocurrencia, sino que me insistió, casi con júbilo, en que pusiera la máxima atención y empeño en los ejercicios para  practicarlos juntos a la vuelta. Solo si me convertía en un perfecto amante tántrico consentiría en seguir poniéndose el traje de enfermera sexi que tanto me gustaba. “Enfermera por fuera” a cambio de “hindú por dentro”, sensualidad relajada a cambio de voluptuoso fetichismo, parecían ser los términos del acuerdo. Así que lo que empezó como una astuta maniobra de compensación a sus devaneos adquirió pronto el carácter de un inesperado beneficio a su favor.  No podía quedar más en evidencia que Coralie, como la banca, siempre gana.
Diré para los profanos que el tantra es una milenaria tradición procedente de la India, para la que el sexo no solo no es pecado sino la única forma verdadera de espiritualidad. Dicho en palabras vulgares: allí en vez de comulgar se folla. El encuentro meditativo entre la energía masculina y la femenina permiten trascender el yo y acceder a la plenitud cósmica. Cómo me acordaba, camino de Almería, de mi dilatado currículo como catequista católico, cuando el párroco, blindado en la negra casulla desde los pies hasta el alzacuellos, trataba de convencernos de que incluso la masturbación era una terrible afrenta contra Dios, que provocaba la ceguera. En el tantra, por el contrario, lo que se aprende en catequesis es a  sincronizar las respiraciones, las miradas y los chacras sexuales de los neófitos a fin de generar la kundalini, la divina energía sexual. Imaginaba que los sacerdotes en esta tradición, algo menos púdicos que el párroco de Mota del Cuervo, impartirían su magisterio en pareja y, probablemente, en pelotas.

Pero nada es jauja en materia de espiritualidad, la economía de la salvación, como toda gran empresa, no funciona vendiendo duros a cuatro pesetas. El practicante masculino puede excitarse tanto como un corzo pero tiene que inhibir la eyaculación, no puede derrochar su energía sexual, que es la base de su autotrascendencia. Expulsar la energía sexual a tontas y a locas es aquí lo más parecido a una falta. El propósito  es hacerla circular hasta que se eleve y salga por la coronilla, el supremo chacra sahasrara.

Pero que no cunda el desánimo. Este esfuerzo de contención, tras un primer dolor testicular, nos vuelve seres multiorgásmicos. Así, como suena. En el tantra no hace falta ser un macho cabrío ni un embustero para tener varios orgasmos sucesivos. La difusión de la energía sexual retenida con el músculo pubococcigeo –más fácil de retener por cierto que su nombre–, como quien aviva una estufa sin chimenea o una caldera sin válvula de escape, precipita a los amantes en oleadas interminables de pasión y compasión. Los orgasmos pueden durar horas, días enteros. Esa era al menos la teoría y la razón por la que a mi parecer, dicho sea de paso, el tantra es tan cotizado por las mujeres como temido por los hombres.

Esta breve presentación puede hacer entender el erótico entusiasmo con que circulaba con mi Megane descapotado en dirección a Almería.
No comentaré los pormenores del taller. Casi todo fue mágico: música íntima, velas olorosas, barritas de incienso, luz tenue, danzas afrodisíacas, flores esparcidas por el suelo, estatuillas de dioses en pleno fornicio, caricias mutuas en órganos no erógenos realizadas con quietud y plena conciencia, y atrevidos ejercicios pélvicos fueron despertando en mí la  energía ancestral del universo o, en términos occidentales, poniéndome como una moto.
Poco antes de las ocho de la tarde, cuando el ambiente estaba ya suficientemente caldeado, el gurú, un valenciano calvo, con perilla y ademanes ampulosos, que se investía a sí mismo de una sabiduría de la que a todas luces carecía, anunció el ejercicio estrella del taller: la sincronía esencial o ceremonia del maithuna. Nuestro ego se iría por fin al carajo y alcanzaríamos el absoluto. Coralie se daría cuenta nada más verme que no era aquel pobre mortal del que se había despedido la mañana del sábado sino un iluminado que irradiaba ternura y pasión por los poros de su cuerpo resplandeciente.
El ejercicio consistía en la repetición de la danza sagrada entre Shakti y Siva, la diosa y el dios, la esencia masculina y femenina del Espíritu Uno indiferenciado. Según cuenta la tradición, Siva, para quien los años no debían tener la importancia que para nosotros, se empeñó, en un alarde de mística bravuconería,  en meditar sentado con los ojos cerrados durante diez mil años ininterrumpidos en la soledad de una apartada gruta, pidiendo expresamente a sus allegados que no le molestasen hasta ese momento. Pretendía probar así el tamaño de su dignidad y determinación. Pero Shakti, algo más mundana, hastiada de la terca espera de su amante y urgida por un ansia de contacto carnal de proporciones inimaginables, irrumpió en la cueva a los cinco mil años. Aunque respetó literalmente la prescripción de no distraerlo, inició frente a él, como quien no quiere la cosa, una danza insinuante, con escasas prendas y sugerentes movimientos de caderas, que acabaron secuestrando, como no podía ser de otro modo, algo más que la voluntad del dios. Lejos de irritarse es fácil saber cómo terminó la historia. De no haber sucumbido a la provocación habría estado los otros cinco mil años arrepintiéndose.
La trasposición al taller de la danza primordial implicaba que cada uno de los doce integrantes masculinos debíamos preparar una suerte de acogedor altar en la sala, un nido de amor, que atrajera el interés de nuestra predestinada Shakti y la invitara a quedarse junto a nosotros. Poniendo mis mejores dotes seductoras al servicio de tan romántica causa coloqué varios cojines en el suelo, uno frente a otro, dispuse unos collares sobre aquél en que ella debía sentarse y me enrosqué sobre mí mismo con las piernas flexionadas, como un loto manchego, cerrando los ojos mientras el coro de Shaktis acudían cantarinas y radiantes a la sala a fin de encandilar a su divino amante. Como en el tantra, y en eso no encontré significativas diferencias respecto a mi hogar, es la energía femenina la que decide, eran las diosas las que elegían caprichosamente a su propio dios. El ejercicio tenía una duración prevista de hora y media.
Cuando abrí los ojos para ver a quién había destinado la energía cósmica para catalizar mi deseo, no pude reprimir un impulso salvaje, un sobresalto místico, pero no hacia la diosa sino en dirección contraria: una mujer de más sesenta y cinco años, con los ojos desvaídos, nariz aguileña, pelo lacio, michelines prominentes, facciones hombrunas y culo flácido estaba sentada frente a mí mirándome fijamente con ojos de santa lascivia. El tao no derramaba sobre mí precisamente sus bendiciones, me hubiera bastado cualquiera de las otras once aspirantes para vencer mis superficial apego a las apariencias físicas. Se puede forzar la voluntad de un hombre, se puede embaucar su inteligencia, pero la vara de luz, como se denomina en términos tántricos al falo masculino, es terca y soberana. No acepta órdenes ni entiende de protocolos. Solo se le puede convencer por las buenas.  
Así que allí me teníais, a menos de veinte centímetros de una mujer que me miraba con religioso ardor, al menos al principio, y por la que yo sentía algo parecido al espanto. Comenzaba así la que iba a ser la hora y media más larga de mi vida.
Me sentía atrapado en un dilema letal. Sabía que no me podía levantar e irme sin ofenderla,  pero no podía soportar su insinuante cercanía. El gurú, que espiaba con celo los encuentros, pensando que era timidez lo que me mantenía rígido y relativamente distante, cada vez que se acercaba a nosotros nos apretaba las cabezas, en lo que parecía ser una suerte de complicidad masculina. Como un resorte o mejor aún, como uno de esos tentempiés que venden en las ferias,  mi cabeza retornaba a su posición inicial con la velocidad del neutrino.
Más cristiano que tántrico hacía cuanto estaba en mi poder por salir del aquel entuerto causando el menor daño posible a su autoestima y a mi integridad. Intentaba sonreírle, cerraba los ojos para que creyera que quería apresarla con el corazón, disimulaba mi aversión física y la inevitable culpa que este involuntario rechazo me provocaba, mientras escuchaba con envidia los jadeos gozosos del resto de parejas participantes. Toda la excitación atesorada a lo largo del día se iba convirtiendo en ira y mi lingam, que así llaman el pene, más que una vara de luz parecía un oscuro garrote con deseos de descargarse contra las costillas del gurú. No creo que tenga que convencer a nadie de que no solo no entré en erección, sino que mi órgano más preciado después del cerebro se reabsorbió, se practicó algo similar a un harakiri,  huyendo como perro apaleado hacia el interior del escroto, hasta el punto de que necesité varios días para convencerlo de que ya se había ido la asturiana.
Pero lo peor estaba aún por llegar.  La música crecía por momentos en pasión e intensidad, atrayendo con fuerza a los amantes hacia el clímax. Podían oírse cascadas gigantes, ríos que se desbordan, caballos desbocados, volcanes en erupción. Las fuerzas de la naturaleza conspirando contra mí. Fue entonces cuando la asturiana, tal vez por ósmosis ambiental, se montó a horcajadas sobre mi pelvis, pegando su yoni (vulva sagrada) a mi lingam (polla asustada), respirando con intensidad a escasos centímetro de mi boca, mientras yo imploraba a los dioses orientales u occidentales que me dieran la muerte en el acto si no había otra forma de evitar el martirio.  Y por si no tenía bastante con inhalar su aliento vegetariano, el gurú de Requena, escrupuloso del ritual, colocó mi mano sobre su cóccix, es decir, la parte alta de su trasero, para cerrar el círculo esencial y que no escapara la energía.
          En ese momento sublime tuve una visión que me llevó al éxtasis, pero no de la plenitud sino del ridículo. En ella aparecía Coralie enfrascada en ritmos caribeños con aquel apuesto bailarín venezolano. La misma diosa Shakti interrumpía sus joviales cabriolas en medio de la pista y les invitaba a echar un vistazo a lo que sucedía a seiscientos kilómetros de distancia. Allí estaba yo, el irresistible vengador de infidelidades, agarrado al cóccix de  un abominable loro medieval. Era tal el impacto que la escena producía sobre el ánimo de los bailarines que lograban de golpe lo que yo inútilmente había buscado en el taller: trascender el ego. Solo que el motivo no era la kundalini sino una fuerza aún más sagrada y primordial: el descojoni. Conociendo el sentido cómico de Coralie sabía que en medio de convulsos retortijones de hilaridad, doblada sobre sí misma, le diría al venezolano, si es que lograba articular palabra: ¡Te presento a mi chico, el intrépido corruptor de menores... ¡de setenta!, el gañán tántrico!



jueves, 1 de marzo de 2012

INSTITUYAMOS EL MONSTRUO



                                  









                                         Sé el cambio que quieres ver en el mundo
                                                            Gandhi

  Es en el nuevo mundo de los monstruos (alteraciones insólitas y no previstas del orden político) donde la humanidad ha de aprender su futuro.
                                                                                  Toni Negri


No es suficiente con protestar, quejarse, denunciar o movilizarse contra  el sistema para dejar de estar atrapados en él. Contra el sistema, por cierto, responsable de la crisis global, las hambrunas, el colapso ecológico, el desempleo, los conflictos violentos y el miedo al futuro que atenaza a tantos hombres y mujeres. A veces pienso que nos asemejamos en nuestras luchas a esos pobres insectos prendidos en el tejido adhesivo de la araña, que se debaten en inútiles manotazos contra un enemigo pegajoso y temible, hasta la total extenuación.
Lejos de mi intención restar importancia a las huelgas, concentraciones, manifestaciones, panfletos informativos, asambleas o protestas en las redes sociales; y todo con el fin de desgastar al adversario, destruir sus argumentos, limitar la dureza de sus embestidas  y dejar al descubierto sus motivos ocultos. Tácticas todas ellas sin otro destino que la generación de una opinión pública desfavorable al gobierno de turno, que pudiera hacerle  perder las próximas elecciones. Pero supongamos que lográsemos nuestro objetivo. La pregunta ineludible es: ¿para qué serviría? Para dar el gobierno al PSOE en los siguientes comicios -igual que el 15 M y la huelga general, en contra de su intención, se lo dieron al PP-, con lo que el Sistema seguirá su curso y la rueda rotará una y mil veces.
Es difícil comprender la oportunidad de mi reflexión en  un momento de gruesa ofensiva contra el estado de bienestar y de endurecimiento de la legislación en materia laboral. Solo digo que, aun siendo necesaria, no es suficiente con la contestación al orden establecido. Es preciso construir alternativas viables al sistema, poner la imaginación social en marcha, demostrar en la práctica que otro mundo es posible. En ausencia de otras formas de producir, consumir, pensar o sentir, el cambio que deseamos nunca ocurrirá.
 Es cierto que hay partidos, como IU u otros, que dicen disponer de esas alternativas, pero no tendrán jamás la oportunidad de demostrarlo. Como señalé en un artículo anterior, el sistema está perfectamente diseñado para excluir electoralmente modificaciones significativas a sus reglas, tanto por la izquierda como por la derecha. No seamos ingenuos, mientras la economía sea capitalista, los políticos no estén sometidos por mecanismos de control popular y los ciudadanos nos reduzcamos a la condición de pasivos e insaciables consumidores de bienes y servicios, el actual escenario de miseria y desigualdad no puede sino incrementarse.
La ley electoral, que jamás será modificada porque choca con el interés de los dos partidos –amén de los nacionalistas– que tienen poder para cambiarla; el voto útil, que confiere la confianza mayoritaria a grupos políticos con alta probabilidad de gobernar (dos en la práctica); la dependencia del capital privado para crear riqueza y empleo; el control oligárquico de los principales medios de comunicación; la pérdida de soberanía nacional en beneficio de la unión europea; y el conservadurismo de la mayor parte de la población, ayuna de conciencia crítica, adicta al consumo e idiotizada por el fútbol y la telebasura, habrán de resultar un muro infranqueable a nuestras tentativas de transformación política en el marco de las instituciones del sistema.
Y por si no fuera bastante desconsolador añadiré que tampoco me parece viable, a pesar del romanticismo que despiertan, iniciativas como comunas, mercadillos hippies  o ecoaldeas. Muy pocos estarían dispuestos a dejarlo todo para irse a una pequeña aldea sin ordenador, escuela pública o medicinas. La alternativa, si es que la hay, tiene que ser viable, realista y generalizable. Ha de ser también mixta, es decir, permitir una doble pertenencia, una doble ciudadanía: al estado actual y al entramado jurídico constituido entre sus resquicios por una nueva voluntad soberana. No hablo de utopías. Solo se puede construir un mundo alternativo sobre los cimientos del anterior. En la historia no es posible un comienzo absoluto.
El reto consiste en arriesgarse a cambiar el modo de vida, amarrado a lo seguro y ya conocido, dejando progresivamente de colaborar con las instituciones que estimamos injustas mientras abrimos un cauce a la creación de un tejido institucional político, económico, ecológico y cultural diferente. A la élite dominante le da igual que les votemos o no, les censuremos o no, mientras sigamos comprando sus productos, poniendo nuestros ahorros en sus bancos, consumiendo su telebasura, utilizando sus energías contaminantes, desplazándonos en sus coches, trabajando para sus empresas, rigiéndonos por sus modas y haciendo de sus intereses el motivo de nuestros sueños y aspiraciones. 
                 Lo realmente subversivo es recuperar el control de nuestras vidas,  hacernos responsables de nuestras decisiones cotidianas –también las que realizamos como productores y consumidores–, convertirnos en cocreadores de un entorno social más amplio, que rebase los límites de lo personal y familiar.
 Recuso parcialmente la estrategia de gran parte de la izquierda actual, empeñada en invertir todos sus esfuerzos económicos y organizativos en ganar elecciones, la vieja táctica comunista y socialdemócrata de tomar el poder para cambiar el mundo. Creo que ha llegado la hora de que empecemos también a cambiar nuestro pequeño mundo, nos reubiquemos en la esfera de nuestro poder real, para tal vez mañana llegar a tomar el poder. Ambas estrategias no tienen por qué ser opuestas, la herida abierta en el siglo XX entre anarquistas, comunistas y socialdemócratas debe cerrarse.
Una masa ilustrada y educada en instituciones alternativas, que participe asimismo en la parte menos corrompida del modelo vigente, puede  llegar a convertirse en un sujeto político con suficiente envergadura para modificar las estructuras de dominación desde los procedimientos del propio sistema. Prescindir de la construcción de lo nuevo en favor de una movilización electoral o sindical perpetua, constituye desde mi punto de vista un callejón sin salida, una enorme brasa en la que arderán estérilmente nuestras más nobles energías, la legítima ansia de un mundo mejor.
Opino que al menos una parte de nuestras fuerzas de combate deben replegarse, volver del frente,  a fin de comenzar a diseñar un proyecto inédito y ver la forma de convertirnos en él; compadecer la demolición con la albañilería fina. Ya existen experiencias, tradiciones y relatos que caminan en esa dirección. No hay que empezar de cero en la ingeniería del cambio. Además de la creación de un Banco ciudadano, que expuse en otro lugar –que daría contenido a nuestra libertad financiera–, una iniciativa que me ha parecido especialmente sugerente, y que tomaré como referencia para  mi propuesta, se denomina Cooperativa Integral y está funcionando con éxito en Cataluña. Se trata de una cooperativa de producción y consumo, amparada hasta cierto punto en el marco jurídico estatal, que dispone de su propia moneda social para medir los intercambios y funciona según unos principios económicos no capitalistas.
Sea ese u otro el modelo organizativo que adoptemos, a mi parecer las premisas que debería cumplir para no ser absorbido serían éstas: toma de decisiones directa por parte de los afectados (hacer todos política para eliminar a los políticos); economía cooperativa y no lucrativa (que elimina las figuras contrapuestas del empresario y  el trabajador); respeto a la naturaleza (que pone fin de la obsesión ecológicamente suicida por el crecimiento); y promoción de un modo de vida cuyos valores inspiradores no sean acumular posesiones, devorar objetos, ser admirados, consumir drogas o competir para ser superiores a los otros;  sino antes bien cuidarnos mutuamente, promover los innumerables goces de la vida civilizada y desarrollar de un modo excelente nuestras capacidades (lo que nos aliviará de la permanente insatisfacción).
Os invito a aunar esfuerzos para tratar de producir  una mutación en los genes del sistema, injertar en su piel putrefacta un tejido vivo cuyo ADN no sea capitalista ni burocrático, sin por ello desligarse de las ventajas que ofrece el reconocimiento formal de nuestras libertades y una parte de la prosperidad que hace posible el desarrollo técnico. A esta red alternativa, este benévolo monstruo político –frente al estatu quo–, se irían incorporando individuos, asociaciones o empresas con idéntico genoma organizativo, en la medida exacta de sus deseos y posibilidades. La multiplicación de nuestras fuerzas en red podría permitirnos una mayor autonomía respecto al modo de vida hegemónico, incrementando exponencialmente nuestra influencia política.   Serviría de colchón a parados, trabajadores y autónomos; disfrutaríamos de una vida más íntegra y acorde con nuestros ideales; contaríamos con mayor densidad de buenas personas a nuestro lado -sin incurrir en los riesgos de sectarismo que conlleva el aislamiento extremo-; y viviríamos mucho menos centrados que ahora en nuestros enemigos políticos, a los que impediríamos  de ese modo marcar la agenda en exclusiva.  
¿Cómo se llevarían a cabo esos principios?, ¿Cómo funcionaría en la práctica? Permitidme que vaya desgranando en sucesivos artículos del blog algunas ocurrencias y bocetos que estoy elaborando para dar respuesta a estas preguntas. Pobres borradores hasta el momento en que la inteligencia colectiva le de forma y sustancia.

                     

martes, 21 de febrero de 2012

TRES REPRESIONES DISTINTAS Y UN SOLO DIOS VERDADERO



 Valencia ¿Febrero de 1970 o de 2012? 

La brutalidad de las cargas policiales en Valencia contra la insurrección espontánea de un grupo de estudiantes, indignados por los recortes que amenazan su derecho a recibir una educación pública de calidad, guarda un paralelismo no forzado con la decisión de la Troika europea de secuestrar parte de la soberanía financiera de Grecia como condición para dar luz verde al segundo rescate y evitar la quiebra del país; así como con el abaratamiento del despido sancionado por la reforma laboral para que el trabajador se sienta inerme frente a las condiciones que le impone su empleador.  
Es el movimiento especulativo de los mercados quien vertebra en su lógica expansiva los tres fenómenos. Es idéntico el objetivo que se pretende: garantizar el cobro de los acreedores de deuda soberana a costa de derechos fundamentales de los ciudadanos; idéntico el carácter fuertemente coactivo de los medios utilizados para imponerlo;  e idéntica la forma de legitimar la coacción en base a la autoridad legal de los representantes del pueblo   –elegidos, por cierto, en virtud de la crisis provocada por la desrregulación de esos mismos mercados. Idéntica, por último, la estrategia mediática de culpabilizar a la víctima por la represión sufrida: su irresponsable nivel de vida, su actitud gamberra y provocadora, los elevados costes de su seguridad en el empleo.
La única diferencia apreciable es la modalidad de violencia infligida: en un caso física: si no obedeces te golpearé;  en el otro, económica: si no obedeces te bloquearé los créditos (que es tanto como hundirte más rápidamente en la miseria); y en el tercero, laboral: si no obedeces te despediré.
Se trata de tres indicios que nos recuerdan que algo fundamental está cambiando en la gestión política de nuestras sociedades; y que cuando hablamos de la dictadura de los mercados no estamos utilizando el término dictadura de forma alegórica o gratuita. No hay dictadura sin miseria y pérdida de derechos, y no hay dictadura sin violencia contra los que se rebelan contra la miseria y la pérdida de derechos. 
                                  Hemos despertado con dificultad de la falsa abundancia y con dificultad empezamos a despertar de la falsa libertad. La deriva autoritaria de los Estados europeos a fin de sofocar la rebeldía del cuerpo social contra las exigencias de los mercados será previsiblemente creciente y prolongada. Las nuevas elites no se andan con chiquitas.
        

viernes, 17 de febrero de 2012

CREACIÓN DE UN BANCO INDIGNADO. JAQUE AL ACTUAL SISTEMA FINANCIERO


"Si todas esas personas que salen con pancartas a la calle retiraran su dinero de los bancos, se produciría un colapso. Eso sí sería una gran revolución"  Eric Cantona.


El psicólogo Martin Seligman, allá por los años 1960,  introdujo a dos perros en dos grandes jaulas y los expuso a descargas eléctricas ocasionales. Uno de los animales tenía la posibilidad de accionar una palanca con el hocico para detener la descarga, mientras el otro no tenía medios de hacerlo. El tiempo de la descarga y su intensidad eran iguales para ambos, se iniciaba en el mismo momento y finalizaba tan pronto el primer perro cortaba la electricidad.
Seligman comprobó con asombro que, a pesar de ser idéntico el daño, el efecto psicológico  que la experiencia produjo en ambos animales era muy distinto. Mientras el primero mantenía un ánimo normal, el otro permanecía quieto, lastimoso y asustado. Hasta el punto de que cuando se le cambiaba de situación y se le daba oportunidad de cortar las descargas, era incapaz de darse cuenta y permanecía echado en el suelo sin intentar nada. Había aprendido a anticipar el fracaso, a desconfiar de su capacidad para reaccionar con eficacia ante el sufrimiento que se le infligía; estaba deprimido. 
No creo que sea aventurado extrapolar los datos del experimento a la reacción de apatía, desánimo y pesimismo de la población ante la crisis, ante el asalto sin precedentes a sus más preciadas conquistas sociales y laborales.
 La desesperanza aprendida es una condición psicológica en la que un sujeto aprende a creer que está indefenso, que no tiene ningún control sobre la situación en que se encuentra y que cualquier cosa que haga será inútil. Como resultado, la persona permanece pasiva frente a una situación dolorosa, incluso cuando dispone de la posibilidad real de cambiar las circunstancias.
Los estímulos aversivos en la situación actual son de sobra conocidos. Las elevadas tasas de desempleo, el abaratamiento del despido, la prioridad de lo nego–coacción en la empresa sobre los convenios colectivos, el constante desprestigio y ninguneo de los sindicatos,  el peso de la hipotecas y la más que probable restricción del derecho de huelga tienen como objetivo quebrar el poder político de la clase trabajadora en beneficio de los propietarios del capital.
Bajo el peso de esas condiciones draconianas nadie, y digo nadie, se atreverá a partir de ahora a reclamar sus derechos, sino que aceptará sin rechistar, casi con gratitud, su explotación. El desequilibrio de poderes es de tal magnitud que no parece exagerado afirmar que estamos ante el final de un segundo ciclo de la lucha de clases, que se suma a aquel que tuvo lugar tras la segunda guerra mundial, cuando los trabajadores renunciaron a la revolución en beneficio de la negociación. En este caso se va un paso más al ser liquidados oficialmente como interlocutores sociales y devaluados a la condición de mercancías dóciles, flexibles y baratas; el retorno a un estadio arcaico de esclavitud política y explotación laboral. El poder organizado de la clase trabajadora se ha diluido, ya no inspira temor a su viejo contrincante sino burla y desprecio.
Pero no es la gravedad de la situación lo más preocupante, sino la falta de reacción de sus víctimas. Nadie parece encontrarse con capacidad para dar una respuesta contundente a lo que está sucediendo. Las elecciones en todos los ámbitos del Estado han dado una mayoría aplastante al Partido Popular, la última huelga general supo a fracaso, el 15 M ha desaparecido de los medios y su influencia en la política nacional ha sido más bien escasa, los sindicatos han perdido el apoyo y  Zapatero resultó finalmente un fiasco. Como el segundo perro, los ciudadanos estamos pasivos, deprimidos, soportando con los dientes apretados descarga tras descarga. Cuanto mayor es el calambre menor es la reacción. Nuestra cólera se ha vuelto velada resignación, confianza temerosa en que  nuestro sacrificio nos hará mañana propicios al dios Mercado, y en que éste, aplacado al comprobar la dura expiación por nuestro delito de vivir por encima de nuestras posibilidades, atenderá nuestra súplica. Actitud que anima al sádico electricista a aumentar el número de voltios.
La economía ha entrado en recesión y la clase trabajadora en depresión. Y mientras esto ocurre verificamos el incremento del consumo de bienes de lujo, el impúdico aumento de la ostentación, la evasión de capitales y la orgía del despilfarro por parte de una minoría de flamantes nuevos ricos. Lo que añade a la derrota el amargo carácter de la humillación.
Se me olvidó decir que de los 160 canes que participaron en el experimento de Seligman, un tercio no logró aprender a fracasar y supo encontrar la manera de escapar a la situación tan pronto cambiaron las circunstancias. Estaban dotados de un innato optimismo. Me gustaría creer que yo soy uno de ellos. Por eso no es ni será jamás mi objetivo multiplicar el grito y la queja, sino sugerir medidas eficaces para poner coto a tanta insolencia. No podemos esperar cuatro años de legislatura, sería demasiado tarde. Hay que hallar cuanto antes el lugar exacto de la yugular del autor de las descargas.  
El hallazgo de Seligman contenía, a pesar de todo, un mensaje extraordinariamente positivo. Y es que, lo mismo que se puede aprender la indefensión, se puede aprender la esperanza, que está en la base de las expectativas de éxito. Para ello es imprescindible ir rescatando parcelas de poder, por insignificantes que sean al principio, a partir de acciones que nos demuestren que somos capaces de incidir en el medio. Y esto puede ocurrir de muchas formas, pero lo importante es que suceda alguna de ellas.
Son dos en mi opinión las principales armas de las que aún disponemos. Sin duda la fundamental es la huelga, con el único inconveniente de que para que sea eficaz ha de ser general e indefinida. No existe mayor demostración del poder y dignidad de la clase trabajadora que parar el aparato productivo cuando se nos maltrata. Lo que demuestra, por la vía de la omisión, que toda la riqueza procede directa o indirectamente de nosotros. En su contra está el hecho de que habrá que vencer el desánimo antes mencionado, el recelo hacia los sindicatos, la escasa solvencia económica de los trabajadores acuciados por las hipotecas y  el temor a la mirada disuasoria del empresario investido de superpoderes gracias a la reforma laboral.
Como no faltará quien estudie esa opción mi sugerencia va en otro sentido, como es contraatacar el eje mismo de flotación de nuestro oponente: el sistema financiero. Una restricción significativa de la liquidez bancaria sería una bomba atómica que pondría el sistema económico contra las cuerdas, sobre todo teniendo en cuenta que los bancos están conectados entre sí por deudas astronómicas, cual cadenas de orugas procesionarias. ¿Cómo se podría llevar a cabo? Se me ocurren diversas estrategias que no puedo desarrollar aquí de forma exhaustiva. La primera consistiría en negarse colectivamente a pagar las hipotecas más allá del precio real de la vivienda por la que la contraímos y que estaba artificialmente sobrevalorado. Sobrevalorado precisamente por la oferta irresponsable de crédito por parte de esos mismos bancos.  
¿Por qué tendríamos que pagar la amortización e intereses de un préstamo cuyo importe ha sido originado en gran parte por las prácticas comerciales abusivas del prestatario? Suponiendo lógicamente que esta hipoteca no tuviera como fin la especulación inmobiliaria sino la adquisición de la primera vivienda. Solo en ese caso estaríamos ante un supuesto legítimo de objeción hipotecaria.
Es tan solo una cuestión de cálculo, que sobrepasa mi escaso conocimiento matemático, determinar el número mínimo de trabajadores–clientes de hipotecas que sería necesario congregar para desorbitar la tasa de morosidad y hacer colapsar al sistema financiero. Con un número significativamente menor de personas se podría realizar una acción de mayor alcance que con una huelga escasamente secundada. No le sería fácil al gobierno permitir que se desaloje de sus casas a cientos de miles de trabajadores, quizás millones, por no pagar la parte de su hipoteca que juzga como usura. Naturalmente habría que planificarlo concienzudamente, atar jurídicamente los flecos legales, jugar con los tiempos lentos de la justicia, organizar grupos de intervención para presionar en las subastas y los desahucios, si es que llegaran a producirse, contar con el compromiso expreso de un número suficiente de objetores antes de iniciar la medida, etc.
 Otra táctica de presión con no menos impacto consistiría en retirar nuestros depósitos de bancos y cajas privados para ingresarlos en un solo banco que administre el ahorro de  todos los trabajadores (sean empleados, desempleados o pasivos), manejado por nosotros y sometido a nuestras reglas. Un banco creado al efecto o reconvertido entre los ya existen en la llamada banca ética, donde cobraríamos nuestras nóminas, subsidios y jubilaciones, y al que trasladaríamos nuestras hipotecas solventes.
Todos seríamos accionistas con iguales derechos y en los estatutos de constitución se reconocería un régimen de gobierno asambleario –una persona un voto–, se prohibirían expresamente las prácticas especulativas ajenas a la economía real, se determinaría el tipo de actividades financiables en función de sus consecuencias sociales y medioambientales, se limitarían los sueldos de los gestores, se garantizaría la total transparencia de las operaciones y se excluiría a los políticos, a diferencia de las cajas de ahorro. Los beneficios irían destinados a facilitar el autoempleo de los socios, la promoción de vivienda protegida, la creación de medios de comunicación alternativos, sostenimiento de huelgas, etc. 
   La retirada masiva de fondos dejaría al resto de los bancos axfisados por la falta de liquidez y al borde la quiebra. Es absurdo que no ejercemos el control sobre nuestros propios ahorros, siendo precisamente esa el arma con la que se nos está aplastando. Si ellos pretenden privatizar lo público nuestro objetivo ha de ser  socializar lo privado. Una cooperativa de crédito sin banqueros ni políticos demostraría que otro mundo es posible.
Y lo mejor de todo es que la unión de ambas medidas aumentaría geométricamente su potencial destructivo con la siguiente secuencia ideal: 1) Retirada masiva de depósitos y nóminas de los actuales bancos y transferencia de los mismos al BT (banco de los trabajadores), dejando en los primeros exclusivamente nuestras hipotecas; 2) Una vez engordado y consolidado el BT se anuncia el impago generalizado de  hipotecas según el esquema planteado; 3) Ante el riesgo de que se cumpla la amenaza cunde el pánico entre los ahorradores de los bancos y cajas privados y se apresuran a retirar sus depósitos por miedo a perderlos; 4) el BT, libre de cargas tóxicas los acoge gustoso incrementando exponencialmente sus activos; 5) Los principales bancos nacionales se desploman arrastrando a sus acreedores en el exterior; 6) El BT adquiere algunos de ellos a precios de saldo para reconvertirlos y hacerse con sus sucursales.
Tal vez esto pueda parecer un sueño a los quemados y políticamente deprimidos, pero hay gente muy preparada entre nosotros, economistas críticos, asociaciones y colectivos intachables (como Attat, baladre, Amnistía  Internacional, banca ética, etc.) con suficiente autoridad técnica y moral como para diseñar el borrador del proyecto y  estudiar su viabilidad, antes de que fuera discutido y consensuado en las asambleas de toda España, creadas a raíz del 15 M.  Sin riesgos de despido, utilizando nuestra libertad bancaria y con menos del número de votantes de IU se podría dinamitar el sistema financiero. Una acción conjunta y bien planificada para demostrar al gobierno y los mercados nuestro poder y devolvernos la confianza en nosotros mismos. Un banco donde la indignación se convierta en control del crédito, democracia financiera. Un banco indignado. 

lunes, 13 de febrero de 2012

EN LA SOGA DE LOS MERCADOS
















Lo ocurrido en Grecia, España, Italia o Portugal anuncia de  forma palmaria y evidente una verdad que solo los ilusos se niegan a creer: el fin de un modelo de organización social que ha estado vigente desde la segunda mitad del siglo XX. Me refiero a la democracia liberal.  Modelo basado en tres premisas fundamentales: En primer lugar la economía capitalista, es decir un modo de crear riqueza sustentado en el control privado de los medios de producción, que permite a una minoría gozar de un  poder de decisión y riqueza infinitamente superior al resto.
En segundo lugar, la elección de los gobernantes mediante un sistema de partidos competitivos, no más de dos en la práctica, cuya verdadera función es organizar acuerdos entre los intereses del pueblo y las minorías dominantes a fin de dar estabilidad al sistema, evitando tanto el riesgo de revolución por parte de la izquierda como de golpe de estado por parte de la derecha. El objetivo de nuestros políticos no es, ni ha sido otro, que garantizar que los ciudadanos aceptemos la desigualdad a cambio de unos mínimos de protección social y económica (sanidad y educación gratuitas, jubilación, prestación por desempleo, etc.) para todos, lo que se ha llamado el estado de bienestar.
No nos hagamos ilusiones. Los partidos socialdemócratas, como el PSOE; y los liberal–conservadores, como el PP,  han sido creados, y de ahí su grandeza y miseria, para preservar el poder de los ricos a cambio de que se garantice un nivel de vida escasamente aceptable para la mayoría de los pobres, amen de cierta prosperidad para las clases medias. La política es el arte de equilibrar la desigualdad de los pocos con la seguridad de los muchos.
En tercer lugar, el  modo de vida coherente con este modelo político y económico es aquel cuyo ideal de felicidad se cifra en el consumo compulsivo de bienes y servicios: a mayor consumo mayor felicidad. Ideal inducido por la publicidad y necesario para dar salida al excedente de producción, cuya saturación amenazaría los beneficios de accionistas e inversores. Modo de vida, por cierto, insostenible en términos medioambientales (el planeta al borde del colapso) e insolidario con el resto del mundo (que agoniza en la miseria) y con las futuras generaciones (“Después de mí el diluvio”).
 La democracia liberal no ha sido hasta ahora más que una enorme y útil pantomima inventada expresamente por los poderosos para conjurar el cambio, institucionalizar el conflicto y minimizar el riesgo de revolución. Logrando así que el debate no se plantee en términos de todo o nada sino de más o menos, antes o después. La demostración es sencilla. Si se hace una política económica verdaderamente de izquierdas, que grave a los ricos e implante medidas de igualdad efectiva, estos dejarán de invertir y la economía entrará en recesión. El desempleo y la falta de recursos públicos darán el voto a la derecha en las siguientes elecciones. Pero si se hace una política muy descarada a favor de las minorías pudientes, sacrificando a sus votantes más allá de cierto umbral, el partido de derechas que la lleve a cabo correrá el riesgo de perder los próximos comicios, ya que necesita para gobernar de la mayoría de los votos. Así que el aumento del paro contiene a la izquierda y el sufragio universal contiene a la derecha. Solo el centro es viable.
 Esta es la razón por la que PSOE y PP, al margen de su intención y siglas, siempre tendrán la misma política económica.  Su aparente confrontación es tan solo una estrategia para mantener viva la confianza del elector en que su voto servirá para algo, de que existe una auténtica alternativa. Pero la realidad desmiente la ilusión: Zapatero, en contra de su programa electoral, recortará los servicios públicos y congelará las pensiones; Rajoy, en contra de su programa, subirá los impuestos. Ninguno se atreverá, sin embargo, a meter el dedo fiscal en la llaga de los poderosos. ¿Hacen falta más pruebas?
Si bien es cierto, en honor a la verdad, que a pesar de que el modelo de democracia liberal no es otra cosa que una pantomima injusta, insolidaria e insostenible, ha sido la mejor forma de organización creada hasta la fecha, permitiendo un crecimiento económico sostenido durante más de cuarenta años y unos mínimos de bienestar para la mayoría. Mejor en la práctica que el comunismo chino, soviético o coreano, que nació como la gran esperanza de los pobres y se convirtió en la mayor decepción de la historia, o que el capitalismo salvaje y sin escrúpulos de la primera mitad del siglo XX, que tiene en EEUU su principal valedor.
Pero el pacto (injusto) entre clases antagónicas, vinculado al territorio nacional, que sostenía nuestras sociedades se ha venido abajo, se ha derrumbado como un terrón de azúcar al contacto líquido de la globalización. La mundialización de los mercados rompe en favor de los empresarios transnacionales el equilibrio de poderes que dio lugar a la democracia liberal. El capitalismo salvaje, defenestrada la alternativa comunista, ha destruido y devorado al moderado. El monstruo de Frankenstein, al que ingenuamente pretendía domesticar la socialdemocracia como a un dócil jumento, ha roto los grilletes, se ha desrregulado y campa a sus anchas sembrando de miseria y desolación la vieja Europa. Como antes hizo con Asia, África o América latina. 
Dicho de otro modo, las minorías pudientes, mediante el control del capital financiero, que es la sangre de la economía real, solo que ficticiamente multiplicada, se han liberado del territorio y con él de los gobiernos y de los pueblos. Vivimos en la dictadura de los mercados, una dictadura sin tanques ni cárceles, pulcra y aséptica, a la que le basta apretar el botón de la deuda, reorientar el movimiento de los capitales, para ejercer un dominio absoluto sobre los Estados. La prima de riesgo es la pistola en la nuca de los nuevos golpistas.
No soy pesimista ni agorero –la desesperanza les fortalece–, sino tremendamente realista al afirmar que nos van a abatir como a indefensos ñus. Vamos a ser exprimidos y empobrecidos hasta límites insospechados, sin la más mínima piedad ni compasión, como corresponde a una avaricia sin límites cuando dispone de un poder sin límites. Saben que ya no nos necesitan. Pueden emigrar a países más baratos y más dóciles. Europa ha dejado de interesar al capital. Demasiados gastos en comparación con China, India o Brasil. Cuanto antes nos demos cuenta de que estamos al borde del precipicio antes será posible comenzar el difícil proceso de liberación. Parte de ese proceso, en clave nacional, será reconocer que PSOE y PP, en su formato actual, pertenecen al pasado, como en su momento perteneció y por otras razones el Partido Comunista en su versión soviética. Acabada la farsa liberal que nos hacía creer que eramos representados por los cargos electos, la falacia de la representación política (ahora designan sin pudor las elites económicas directamente a los gobernantes), estos dos grandes grupos, a pesar de la buena fe de sus militantes, se han revelado como lo que son: partidos impostores, la traicionera herramienta de los mercados para disciplinar a los ciudadanos.   

Empecemos hoy mismo a organizar la resistencia, no hay tiempo que perder, van a por nosotros, a por nuestros escasos bienes y derechos. Y no me mueve en esta proclama el más mínimo  interés partidista. Buscad en google la palabra “Grecia” y mirad lo que les está pasando a quienes inventaron la democracia. Echan a los funcionarios, desmantelan la sanidad, privatizan las empresas, los indigentes se cuentan por millones, el paro se desboca. Y todo ello bajo el chantaje de los líderes europeos y las elites bancarias. Después irán a por nosotros. La voracidad del capital, como la del parásito, no conoce el sosiego mientras haya sangre en el cuerpo de la víctima.
Parte de nuestra resistencia ha de consistir en desenmascarar y controlar a la clase política, para evitar que nos haga rehenes de los mercados. Sin el control de los ciudadanos ningún partido es de fiar. Tampoco IU, EQUO o UPyD. No hay mejor forma de desenmascarar que someter al vampiro a la prueba del espejo. Espejo que no es otro que un modelo de democracia económica y participativa. Ningún tirano puede reflejarse en él.
O dicho de otro modo, para saber si un determinado partido está con el pueblo o contra él exijámosle que adquiera al menos cinco compromisos: 1) legislar mecanismos efectivos de control y participación ciudadana (para combatir el autoritarismo de los gobiernos), 2) creación de una banca pública a nivel nacional y europeo que facilite el crédito y elimine la especulación financiera (para combatir el poder de los bancos), 3) nacionalización de los bienes y sectores productivos estratégicos (para garantizar la soberanía nacional respecto al capital extranjero), 4) preservación de los servicios públicos universales y gratuitos así como de los sistemas básicos de protección social (para combatir la marginación y la pobreza) y 5) establecer un control de los servicios y empresas públicas a cargo de auditorías externas y de los propios usuarios, con un poder real para incentivar y penalizar la gestión (para evitar la burocratización e ineficiencia de lo público). Solo la lucha sin cuartel a favor de estos cinco puntos y la creación de un espacio autónomo articulado capaz de comenzar a construir la alternativa desde dentro del propio sistema puede todavía detener la barbarie y perforar mortalmente el corazón del vampiro.