jueves, 9 de agosto de 2012

Robin Hood en Mercadona. ¿Robo o recaudación?



La leyenda del héroe montaraz que vive en los bosques al margen de la ley, pero con una moralidad más pura que la ley que lo incrimina, ha vuelto a entrar en escena por la mediación de un grupo de sindicalistas, que han decidido expropiar unos cuantos alimentos de Mercadona en beneficio de ciudadanos empobrecidos. La pregunta no es desde mi punto de vista si tenían razones para obrar de ese modo, sino por qué ese tipo de actos de protesta no se generaliza cuando hay sobradas razones para ello. ¿Tienen los ciudadanos el deber de respetar las leyes sobre la propiedad cuando la gran propiedad no respeta las leyes que garantizan su dignidad y sustento?
Cuando una multitud de seres consiente en sufrir antes que lanzarse a la calle a destruir violentamente todo cuanto encuentra a su paso es porque de algún modo reconoce una mínima legitimidad al orden vigente.
Esta difícil palabreja, legitimidad, tan manida por politólogos, filósofos y sociólogos, y que no es otra cosa que el crédito moral que quienes obedecen una norma conceden a quienes la promulgan, es la que sostiene la cohesión social y preserva a la sociedad de caer en la barbarie. Crédito, nunca ilimitado, que se funda en al menos tres poderosas creencias compartidas: que el orden social, aunque imperfecto, es razonablemente justo; que los gobernantes, aunque nos disgusten, representan el sentir de la mayoría; y que, aunque existan puntuales tropiezos, solo cabe esperar en el corto y medio plazo un progresivo mejoramiento en los niveles de justicia y bienestar social. 
Pues bien, estas tres creencias fundamentales se están derrumbando  por efecto de la crisis y del modo en que está siendo gestionada por los sucesivos gobiernos defensores del       establishment, los únicos que, no por casualidad, han condenado sin paliativos la acción sindical.
En su lugar se están imponiendo tres poderosas evidencias que laminan el eje de flotación del modelo social vigente: la crisis y los ajustes golpean sobre todo a los sectores más débiles de la sociedad mientras la clase alta queda intacta, lo que destruye la primera creencia; los gobernantes representan a los mercados antes que a los ciudadanos, lo que erosiona la segunda; el horizonte solo presagia un progresivo empeoramiento en los niveles de empleo, igualdad y protección social, lo que da al traste con la tercera.  
A medida que estas tres evidencias se extiendan por el cuerpo social los individuos tendrán menos razones para respetar las leyes y las instituciones, entre ellas la propiedad privada, a las que habrán retirado todo crédito. Situación de alto riesgo, en la que el fascismo acecha a la par que los legítimos deseos de construir un mundo mejor. Ambas opciones, autoritarismo y revolución, una vez perdida la confianza social que funda el orden público, empiezan a ser consideradas como alternativas. La prueba de que hemos entrado en una preocupante crisis de legitimidad es el incremento de la represión policial para contener el descontento. El siguiente paso puede ser declarar el estado de excepción. Y es que cuanto menos legítima es una autoridad más necesidad tiene de recurrir a la intimidación para sostenerse en el poder.
Si la acción simbólica de numerosos sindicalistas, extrayendo de las grandes superficies productos básicos para atender las necesidades de ciudadanos depauperados, ha tenido semejante repercusión mediática es, en primer lugar, porque ataca el núcleo mismo del que emana toda la violencia que padecemos: la desigual distribución de la riqueza. En segundo, porque testimonia que el crédito de una parte importante de la sociedad, que se siente abandonada a su suerte, humillada y desesperada, está prácticamente agotado. Lo que ha lanzado todas las alarmas de los defensores del desorden establecido, que han desplegado una ofensiva mediática sin precedentes para un hecho tan insignificante desde el punto de vista penal como un hurto famélico. Lo que contrasta con la tolerancia a la corrupción, el fraude fiscal, la evasión de capitales, las primas abusivas y la especulación financiera, infinitamente más dolosos.
El Estado está en bancarrota, pero no solo económica, sino sobre todo política y moral. Y las consecuencias pueden ser imprevisibles y devastadoras. La acción, atribuida a Sánchez Gordillo, por su carácter público, social, pacífico y simbólico es a pesar de todo ejemplar y va en la buena dirección -lo que no quiere decir que ello implique aceptar de forma general el derecho de cualquiera a disponer de los bienes de otro, lo que corresponde, para no incurrir en arbitrariedad, a una autoridad legítima de la que carecemos en la actualidad. Lo importante es sin embargo el mensaje: cuando el Estado tolera el saqueo de los poderosos e incumple su función de gravar a los ricos para socorrer a los menos desfavorecidos, tienen que ser éstos quienes los recauden directamente.
       Si nuestros gobernantes y las oligarquías a quienes sirven no saben interpretar el gesto corren el riesgo de enfrentarse a un poder más irresistible que la Troika: el del propio pueblo soberano o el de un improvisado salvapatrias.  Y es que mientras buena parte de los ciudadanos sean condenados a la exclusión no debe haber paz para los malvados.

martes, 24 de julio de 2012

GALLARDÓN, EL GRAN INQUISIDOR.

Gallardón puede presumir de haber sido el único, o de los pocos líderes de la derecha, capaces de suscitar una simpatía sin complejos en la izquierda.  A lo que contribuía sin duda, como confirmación, el odio de que era y es objeto por parte de sus compañeros de filas. He de reconocer, con cierto pudor -si tenemos en cuenta sus últimas actuaciones-, que cuando era testigo de su dicción profusa y elocuente, de su talante moderado y liberal, da igual sobre el tema que fuere, dejaba que se diluyera mi conciencia crítica, esa voz sabia e impertinente que me prevenía con terquedad de la verdadera naturaleza del personaje. La razón de mi obstinación en salvar esa figura resuelta y trajeada era la muy humana vanidad, es decir, lo bien que queda la propia imagen cuando se es capaz de reconocer públicamente alguna virtud del adversario político.
Ingrata decepción. Tan pronto logró pisar tierra firme en sus ambiciones políticas y hacerse querer, incluso mimar, por Rajoy,  empezó a demostrar el intenso azul de su pelaje. Lo que en las zonas rurales, con mucha más perspicacia que poesía, significa que tiene “la grama honda”. Libre pues de autocensuras dejaré que mi voz interior refiera en su propia wikipedia, sin cortapisas, el término Gallardón: “ministro de Justicia ególatra y charlatán, con aires de empollón y delirios de grandeza; apariencia liberal en salsa de obispo meapilas, más papista que el papa, y para quien escucharse es una masturbación auditiva, tal vez la única forma de placer que ha conocido hasta la fecha.” Trataré de justificar ahora el porqué de mis calificaciones.
Y es que nuestro ínclito Ministro, como un madrileño San Antonio en perpetua querella con sus tentaciones, vive obsesionado con el tema del aborto, al igual que su padre, y del mismo modo que aquél es incapaz de comprender la complejidad ética y jurídica que envuelve este controvertido debate. En él se dirime no solo en qué momento del desarrollo biológico puede decirse de modo cabal y absoluto que estamos ante una persona y un sujeto de pleno derecho, sino quién tiene derecho a tomar esa decisión en el caso de que subsista una mínima incertidumbre. Cuestión ésta, si se me permite, que no puede resolverse de un modo completamente objetivo,  ni siquiera por mediación de la  ciencia, porque ni el concepto de persona ni el de ciudadano son conceptos científicos, sino éticos y jurídicos, siendo por tanto susceptibles al menos de un cierto grado de arbitrariedad e incertidumbre en su definición.
Es cierto que el embrión debe ser protegido, porque está llamado a ser una persona, lo que lo convierte en más valioso que una simple cosa e incluso que un animal, pero si está llamado a ser una persona es porque todavía no lo es plenamente, del mismo modo que el huevo fecundado de una cigüeña, a pesar de ser una cigüeña en potencia, todavía no es una cigüeña en acto, por utilizar  una jerga aristotélica de uso común. Lo que a nivel ético implica, por ejemplo, que a nadie en su sano juicio le repugnará moralmente lo mismo dar muerte a ese entrañable animal en su edad adulta que hacerse una tortilla con sus huevos, aun siendo lo segundo un aborto gastronómico.

          De esta innegable diferencia se desprende que no tiene por qué ser idéntico el nivel de protección jurídica de que goce el embrión de una semana que el de un feto de ocho meses, completamente formado y biológicamente autónomo. Lo que deja abierta la posibilidad de contrapesar el valor de concluir el embarazo con ciertas situaciones terribles que lo desaconsejan, como, por ejemplo, cuando es el fruto de la violación de una niña brasileña de 9 años a cargo de su ex -padrastro, situaciones excepcionales que pueden llegar a justificar la interrupción como un mal menor. Lo que puede ser fácilmente aceptado por una conciencia moralmente madura, ajena a las mentalidades fundamentalistas, como las que decidieron excomulgar a la niña y a los médicos que le practicaron el aborto.
 Y en cualquier caso, quién es Gallardón para usurpar la responsabilidad de ese complejo dilema moral a los afectados y, sobre todo, a las afectadas, robando pesos y platillos a la diosa Dike como el electricista el códice Calixtino a la catedral de Santiago. Y por si no tuviéramos bastante con la infalible autocomplacencia de sus argumentos, que mirados con detenimiento no son más que falacias de perverso y amañado sofista, el muy cretino, en un alarde de inédito cinismo, se declara más feminista que las propias mujeres, y se erige,  en un acto de desvergüenza sin precedentes, en el defensor y adalid de la maternidad frente a la, según él, "violencia estructural de género contra la mujer a propósito del embarazo".
Y algo de razón no le falta, pues no existe entorno más hostil a la familia y a la maternidad que el que promueve y tolera el partido popular: el riesgo de despido que se cierne sobre la mujer-madre tras la reforma laboral,  la imposibilidad de conciliar la vida familiar, los escasos salarios que obligan a trabajar a ambos cónyuges a tiempo completo, los desahucios que dejan a los niños en una situación de precariedad,  la eliminación de las becas al transporte para escolares, la supresión de ludotecas, guarderías y escuelas rurales, el paro juvenil que fuerza a los jóvenes a vivir con sus padres y hasta la subida de las tasas de la universidad,  hacen inviable, casi heroico, ser madre o padre en la actual coyuntura. Pero a ellos, como al santo Padre y a los grupos autodenominados pro-vida, solo les importa que vengan al mundo los hijos de Dios, pero se desentienden tan pronto como estos pobres desgraciados han puesto un pie en él.
 Y ahora nos sale el muy ministro, ver para creer, con la amenaza de excluir la malformación del feto como supuesto legítimo para la interrupción del embarazo, generando un debate hace décadas zanjado en la sociedad española –salvo en pequeños reductos de católicos integristas- y que afecta tan solo al 2,7 de los casos, mientras el muy hipócrita deja sin fondos la ley de dependencia, con la que se dotaba de una mínima cobertura económica a los padres que habían decidido asumir amorosamente la tremenda carga de una discapacidad congénita. Amén de dejar a la mujeres pobres, las más débiles de la sociedad, a merced de prácticas clandestinas de alto riesgo.
No puedo sentir mayor respeto y compasión por las personas aquejadas de espantosos males de origen genético, pero no seré yo quien se atreva a juzgar a aquellos padres que se planteen si merecería la pena traer al mundo a niños con graves anomalías fetales, que los condenarán a llevar una vida severamente limitada. Dejémonos de hipocresía. Nadie querría, si pudiera evitarlo, venir al mundo con graves malformaciones. Y si no lo quiere para él es legítimo que no lo quiera para los que ama. Lo que no implica condenar como indigna la vida de los ya nacidos, sean cualesquiera sus circunstancias, como tampoco la de aquellos que son hijos de un violador o han ocasionado, a su pesar, la muerte de su madre.  Se trata tan solo de dar libertad -y en ello radica el auténtico liberalismo-, a los padres para que juzguen, en conciencia, según sus propios criterios, estas cuestiones polémicas. A fin de cuentas serán ellos y no el gran inquisidor Gallardón quienes soportarán durante el resto de su vida las consecuencias de su decisión.
Lo peor de todo es que, si mi olfato psicológico no me engaña, ningún argumento hará recapacitar al personaje, preocupado exclusivamente del relieve y fortuna que adquiere su descomunal ego en el inmenso plató de la vida pública. Más terrible que el error político es para él pasar inadvertido. No le importa la ideología sino la pose, el ávido deseo de ser protagonista de todos los eventos, titular de todas las portadas, en competitivo parangón con otras celebridades, cual José Bono, Coto Matamamoros o Andrés Pajares.

sábado, 21 de julio de 2012

LAS MANDÍBULAS DEL PITBULL Y LA OKUPACIÓN DEL CONGRESO

                                                               


                                                              
No se hace digno de la libertad y de la vida sino aquel que tiene que conquistarlas cada día.

                                             Johann W. Goethe


         
Odio la violencia, pero ello no me impidió hace tres años  golpear con una gruesa piedra la cabeza de un pitbull que  apresaba, asesina y rabiosa, el cuello de mi perro. Ninguna medida resultaba ya eficaz para detener el ataque, y la ferocidad del pitbull me hizo temer seriamente por la vida de Xandro. Guardo desde entonces, junto a la satisfacción del  deber cumplido,  el orgullo de que el nerviosismo de la escena no me hicieran perder el sentido de la proporción, garante de la justicia del acto. Lo que en términos prácticos significó que los golpes sucesivos que le infligí al can agresor llevaban un orden in crecendo, de menor a mayor contundencia, hasta que en uno de ellos logré por fin desasir su mandíbula de mi mascota, sin que el resultado fuera fatal para ninguno de los dos animales.
Visto con mirada retrospectiva, lo sucedido fue tan solo un impertinente presagio, una caprichosa alegoría del estado en que al día de hoy se encontrarían nuestros derechos y protecciones colectivas, más apreciadas aún que mi perro,  con respecto a la jauría de peligrosos pitbull -llámense mercados, Troika, Merkel o gobierno popular-  que los mantienen aherrojados por el cuello, al borde de la asfixia, con despechada ferocidad. El carácter insaciable del estrangulamiento y su inutilidad -cuanto más recortes más se eleva la prima de riesgo y más se agrava la recesión, que exigen a su vez nuevos recortes y así, sucesivamente, en un círculo sin fin- nos hace temer lo peor: la expiración de la víctima, es decir,  de la democracia como gobierno del pueblo y del estado de bienestar, que con tanto esfuerzo hemos logrado entre todos.
El principal problema político del presente radica en encontrar una piedra lo suficientemente fuerte, compacta y afilada para golpear con eficacia la cabeza del pitbull. Denuncias, concentraciones, manifestaciones, libelos, por muy secundados que fueren se muestran insuficientes para ello. Con razas menos agresivas bastaba hasta la fecha el riesgo de un derrumbamiento electoral en los siguientes comicios para suscitar una reacción favorable. Pero ya no -el gobierno de Zapatero, con manso perfil de perro labrador, es prueba de ello-, lo que complica extraordinariamente las cosas: durante tres años más Rajoy y sus ministros gozarán no solo de impunidad democrática, sino de mayoría absoluta para culminar mortalmente su dentellada. Y, lo que es peor, parece más que probable que nuestra desesperación nos lleve a votar al Psoe en las próximas elecciones, implorando un alivio siquiera momentáneo a la brutal agresión que padecemos, lo que nos precipitará de nuevo en las fauces de un depredador tal vez menos fiero en el corto plazo, pero igualmente letal.
 En esta tesitura, mi punto de vista es que hay que asestar el golpe definitivo en la cabeza misma de la fiera, o al menos a la única de sus múltiples cabezas que nos es accesible, y que no es otra que el congreso de los diputados. Es ahí, en la sede de la soberanía nacional, en un tiempo prefijado que algunos anuncian para el 24 de septiembre de 2012, donde deben confluir todas las fuerzas del cambio, todas las corrientes de la indignación colectiva, todos los agentes de la nueva sociedad. Es ahí, porque es ahí, en ese punto estratégico de la geografía, donde se reúnen nuestros presuntos representantes para quebrantar y violar nuestros derechos en nuestro nombre.
Uno de los pocos actos que tienen todavía sentido lo constituiría el masivo e indefinido acordonamiento del parlamento por el pueblo, exigiendo la convocatoria inmediata de un referéndum para refrendar o rechazar las medidas del gobierno, junto al compromiso de que su resultado sea vinculante, genere la disolución de las cortes y el inicio de un proceso constituyente que dé a luz una nueva constitución. Constitución cuyas normas garanticen con la máxima eficacia jurídica la protección de los derechos y libertades fundamentales de la población, actualmente convertidos en moneda de cambio de la usura.
Donde se establezcan, por ejemplo, los porcentajes mínimos del PIB que deberán destinarse a sanidad y educación, la obligatoriedad de instituir una banca pública, las bases de una ley electoral justa y proporcional, los criterios para una regulación de la clase política que remedie sus actuales privilegios y, sobre todo, nos dote de mecanismos de control que impidan que cualquier gobierno en el futuro haya de ser soportado durante cuatro años cuando incumpla sus compromisos electorales o realice políticas lesivas para sus representados. Erigir en suma los cimientos de una sociedad justa y ordenada donde el crecimiento de su riqueza sea igualitario y sostenible en el tiempo.
Simultáneo a este proceso constituyente se exigiría un juicio al más alto nivel de todos los responsables de la crisis, ya sea por acción u omisión, a la par que una auditoría de la deuda del Estado  que señale cuál es realmente su dimensión legítima -no odiosa-, sus beneficiarios, el modo más justo de saldarla y los plazos razonables en que puede ser satisfecha.
Sitiar de forma masiva, pacífica e indefinida el congreso, en coincidencia con una huelga general también indefinida, mostraría de forma inequívoca que no nos conformamos con un cambio de gobierno, sino que exigimos una modificación de las normas fundamentales que rigen nuestra convivencia, un cambio en el modelo de Estado.   
La imagen pública y heroica de un pueblo soberano, único depositario del poder legítimo, reclamando de forma multitudinaria la disolución del parlamento, al que acusa de haberse convertido en comando de la traición y la impostura, ofrecería al mundo un retrato simbólico incontestable de lo que está en juego en este conflicto. Si dicho referéndum no se celebrara se impondría, es decir, se celebraría al margen de la legalidad vigente.
No cabe respuesta menos audaz a lo que sucede y nada de lo propuesto es imposible como revela el caso de Islandia, actualmente en fase de crecimiento.   Sólo una piedra de semejante grosor  puede hacer todavía mella en la mandíbula del pitbull y acabar dignamente con la pesadilla que nos asola.

viernes, 13 de julio de 2012

¡RAJOY, TORERO, RECÓRTANOS EL SUELDO ENTERO!


Tanto recortar me hace temer por la salud de Rajoy, que  acabará contrayendo una tendinitis en los ligamentos de la muñeca a fuerza de apretar y aflojar la tijera, como por la integridad de nuestros derechos, convertidos a la sazón en una pobre tela desvaída  al alcance de sus decretocuchillos  Pero ¿quién es este señor alto y desgarbado que nos ofrecía  caramelos hace no más un año a la puerta de los colegios electorales y nosotros, desobedeciendo a nuestras madres, como niños ingenuos y voraces los comimos con fruición? ¿Es  un sastrecillo valiente, empeñado en hacer con la piel del toro ibérico un bolso pijo a juego de Ana Mato, o será un aprendiz de cirujano que nos ha tomado, debido a su congénita miopía, por abnegados conejos de laboratorio con los que se permite ensayar las últimas recetas neoliberales para salir de la crisis?
Si he de ser franco es la primera vez que estoy de vacaciones deprimido y malhumorado, ni los contoneos de las bañistas al aplicarse las cremas solares me distraen ya de las pendencias de Barbaazul y su consejo de Ministros. Lo ha conseguido el muy cabrón. Mira que juré no escuchar las noticias sino a través del filtro progre del Gran wyoming. Pero  un fallo, una curiosidad malsana similar a la que convirtió en salazón a la mujer de Lot, me hizo romper la disciplina terapéutica con la que pretendía aislar mi sistema límbico de las gilipolleces de Montoro,  Esperanza y Cospedal, y eché un vistazo al  trailler de  la nueva temporada del Carnicero de las chuches.
Fue como volver a revivir Apocalipsis caníbal en formato institucional. Capítulo primero: Rajoy vestido de segador, con la hoz ensangrentada, pone fin a la paga  extra de los funcionarios, a los que nadie puede acusar de haber vivido por encima de sus posibilidades, ya que sus posibilidades son la únicas que están controladas con precisión prusiana por el Estado, y ninguno recibió, que yo sepa, una tercera paga extra a cuenta de la orgía monetaria del boom del ladrillo. Capítulo segundo: Rajoy, daga en mano, irrumpe en la fila del INEM y  disminuye la prestación a los parados, principales víctimas de la crisis, supongo que para ponerlos al borde de la mendicidad  y estimular con ello las glándulas salivares de algunos emprendedores. Capítulo tercero: Rajoy disfrazado de fallera psicópata sube el IVA a los ciudadanos corrientes, por si no tenían bastante con los recortes a su salario indirecto en sanidad y educación.
Curiosamente aquí se acabó la película, Barbastijeras no anunció ni una sola medida para gravar a los únicos y verdaderos culpables de todo este desbarajuste económico: banqueros y políticos; los primeros por acción de su invencible codicia a corto plazo, los segundos por omisión de su deber de protegernos de la avidez de aquéllos. Por cierto, los políticos serán los únicos sueldos con cargo a los presupuestos del Estado con derecho a cantar  Villancicos en el 2013 con su paga extra en el zurrón, robo-pon-pon, robo-pon-pon.
Y lo peor de todo es saber que tanta amputación de tanto hijo de amputa, además de injusta en sus destinatarios e ilegítima en su procedimiento -no iba incluida ni siquiera en la letra pequeña del contrato electoral-, no servirá para nada, como reconocen los analistas y el sentido común: retirar dinero del mercado, penalizando el consumo y recortando los sueldos, tan solo hace que disminuya el poder adquisitivo de la población y en consecuencia se resienta la demanda. Y sin demanda parece poco probable que nazca o se conserve una actividad económica lucrativa, a excepción de la de Presidente del gobierno.
 Pero en ese caso, volviendo al principio de nuestras pesquisas, si Rajoy no es un cirujano, porque no puede justificar los machetazos infligidos al cuerpo del paciente como un mal necesario a su recuperación, habremos de pensar que bajo su aséptica bata blanca se oculta un torturador social a sueldo de la Merkel, un sicario de los acreedores de deuda soberana, un estúpido sádico investido de autoridad. Ahora entiendo de dónde viene esa patológica exaltación del toreo, erigido en monumento cultural de la derecha española. Estamos gobernados por un hibrido de Manolete y Paquirrín, y nosotros, el pueblo soberano, somos la vaquilla de las fiestas de Lepe. No sé a vosotros, pero a mí se me está empezando a agotar la paciencia.   
   

martes, 26 de junio de 2012

GOLIFICACIONES FISCALES. LAS DESVENTURAS TRIBUTARIAS DEL PULPO PAUL




Nada me resulta más ingrato que oficiar de aguafiestas en un momento de euforia colectiva, cuando la escuadra invencible y vanguardia del ejército civilizado, es decir la selección española de fútbol, que representa a la nación, se enfrenta con éxito a sus socios europeos en una competición aún más agónica que la de la prima riesgo.

Y no me considero de esos individuos graves y solemnes que desprecian por principio cualquier diversión que interese a la población en general, intentando demostrar con sus reproches ilustrados su presunta superioridad sobre el vulgo. No soy de los que van de refinados ni de  cultos, despreciando el fútbol en beneficio de la ópera, el cine experimental o los documentales de la 2.

Confieso sin culpa que el fútbol, al menos en competiciones internacionales, me entretiene tanto o más que algunas óperas y bodrios cinematográficos –aunque si he de ser sincero, no tanto como los reportajes de esos curiosos primates, los bonobos, más propensos a la promiscuidad que a la competición–, lo que obedece sin duda a su poder de activar en mí alguna suerte de fervor patriótico que incorporé, por ósmosis ambiental, en mi más tierna infancia. El himno nacional, y no me avergüenza reconocerlo, me pone desde entonces la piel de gallina. Lo que lejos de volverme miope al valor de otros pueblos, como caracteriza al patrioterismo cutre, me hace respetar con más intensidad si cabe sus himnos, símbolos y  sentimientos nacionales.

Una vez confesada mi frívola condición, tengo que añadir que no solo no me ciega la pasión, sino que incrementa aún más mi indignación el comprobar la hipocresía de nuestros 22 soldados que, amparados en la vergonzosa ley que lo permite, prefirieron tributar en Sudáfrica antes que en España a fin de disminuir su aportación a las arcas públicas -desde el 43% al 21%-,  dejando de pagar al Estado y a los ciudadanos que representaban nada menos que 5.676.000 millones de euros. Con ellos se habría costeado la pensión mensual a 7000 jubilados y reducido los recortes en sanidad y educación de los depauperados aficionados que los vitoreaban hasta desgañitarse –dicen que hasta el pulpo Paul, que vaticinó su victoria,  murió debido a los recortes veterinarios. A fin de cuentas, debieron pensar para sí que  los hospitales, escuelas, carreteras y prestaciones públicas son cosas de  pobres.  Bastante tenían ellos con asumir los gastos del deportivo, el chalet, la pensión privada y los regalos a la cohorte de jóvenes busconas.

 Otro tanto puede decirse del resto de joyas patrias, como Arancha Sánchez Vicario, Nadal, Fernando Alonso, Gasol, etc., que han demostrado tanta habilidad para  eludir impuestos como para desarrollar sus respectivas actividades, manejando con pericia las diversas estratagemas tributarias: doble nacionalidad, fijación de residencia en paraíso fiscal o convenio de doble imposición, a fin de elegir la opción que les permita disminuir su contribución al estado de bienestar.

Es cierto que eso no los hace peores que la mayor parte de ciudadanos, agarrados a un ascua ardiendo con tal de eludir y minimizar sus deberes fiscales, pero tampoco mejores, y ahí está el eje de mi crítica. Cuando entre gritos y sollozos de cumplido patriotismo, y envueltos en la bandera española a la que acaban de vender por 22 puntos de porcentaje fiscal,  fueron recibidos en Madrid con idéntico honor a los generales de las legiones romanas, no pude reprimir un sentimiento de rechazo áspero y profundo por semejantes farsantes, al tiempo que una mezcla de compasión y desprecio por las masas devotas. Lo que desgraciadamente confirmaba mi sospecha también en lo deportivo: que estamos bajo el imperio de  elites corruptas, sean políticas, judiciales, periodísticas, deportivas o económicas, siendo estas penúltimas las que gozan de mayor favor popular.  Como en el juego del huevo que se canta a los niños para enseñarles los cinco dedos:  éste lo embaucó, éste lo condenó, éste le mintió, éste lo entretuvo y el pícaro gordo todo se lo comió.

Pero mi preocupación aumentó hasta la angustia al comprobar por un comentario difundido en el facebook hace unos días, que personas sensatas y de izquierdas defendían a sus ídolos deportivos hasta lo injustificable, abdicando de un mínimo de conciencia crítica, tanto en lo que respecta al tamaño de sus sueldos como a sus picardías fiscales. Fue entonces cuando comprendí algo terrible, que la pasión por el fútbol, convenientemente administrada en la sociedad del espectáculo, no solo es un poderoso narcótico para hacernos olvidar y aceptar nuestra condición de súbditos, sino que se ha convertido en un canto a la inmunidad tributaria de los vencedores, una escuela de valores -la riqueza y el éxito- para las nuevas generaciones y una fuente de legitimidad de las desigualdades sociales.

Para nada exagero. Hasta los progresistas consideran ahora, bajo la presión de su entusiasmo futbolístico, que el mercado es quien detenta legítimamente la autoridad para justificar las recompensas sociales, por lo que es justa la proporción entre el sueldo gris de un investigador que lucha contra la malaria y los ingresos astronómicos de quienes basan su excelencia en el manejo de un balón. Con igual tolerancia se despacha su tiqui-taca fiscal, argumentando que eso lo hacemos todos en la medida de nuestras posibilidades –como si la cuantía de lo no tributado y la ejemplaridad del autor no afectara a la gravedad de la acción. Una edificante lección para nuestros jóvenes por parte de sus ídolos deportivos en un país donde el fraude fiscal asciende a 70.000 millones de euros al año, cerca del 23% del PIB. Si tan irreprochable es su acción de sortear al fisco propongo  enviarlos de gira por la ESO dando charlas de justicia social en la asignatura de Educación en valores -la antigua Educación para la ciudadanía- lógicamente a cambio de importantes desgravaciones.

Y no es que el fútbol se haya politizado sino lo que es peor, la sociedad se ha futbolizado. Lo que significa que el viejo balompié antes que un deporte se ha convertido en una apología del capitalismo salvaje, que permite, por ejemplo, a las grandes superficies, como el Real Madrid o el F. Club Barcelona, adquirir para su plantilla a los mejores talentos del pequeño comercio, como el Albacete o el Villareal, violando el principio de igualdad de oportunidades. Por no hablar del retorno al feudalismo que propicia, facilitando a unos cuantos ricachones, como Gil, Florentino. Laporta, amén de jeques árabes y nuevos ricos rusos, investirse presidentes con cargo a su cartera,  santo y seña de su prestigio empresarial,  y combatir entre ellos por el reconocimiento cual modernos señores de la guerra. Mientras los siervos de la gleba, las mesnadas de súbditos serviles, la chusma de mitómanos, los ciudadanos de a pie, se entregan exaltados a esta farsa ritual  a cambio de recibir de sus señores una forma de pertenencia social que les libere de su desesperado desarraigo, practicando una devoción que antes solo los dioses merecían.

Nada tengo contra el fútbol como deporte, como nada tengo contra el ajedrez, el salto de pértiga o las tres en raya. Lo que me  preocupa es el auge de la cultura del espectáculo que nos embelesa y seduce para que permanezcamos pasivos ante la sodomía del entorno. Y como primicia de ese novedoso protocolo de conformismo social: el fútbol. No es casualidad que los recortes y malas noticias económicas se solapen a menudo con acontecimientos deportivos que les sirven de anestésico, como el algodón a la enfermera antes de clavarnos la aguja; o que los clubes gocen de escandalosos privilegios urbanísticos y  mantengan  deudas desorbitadas con el  Estado por la que se cerrarían pequeñas empresas o serían desahuciados los ciudadanos corrientes. En pleno declive de la política y la religión hasta los futuros difuntos piden ahora ser enterrados en el Santiago Bernabéu o en el Calderón, esperando tal vez lograr que la FIFA les consiga una prorroga eterna o el derecho a jugarse la salida del purgatorio en tandas de penaltis.

Tampoco en Polonia tributarán los bribones, ingresando intactos cada uno de ellos una prima de 300.000 euros libres de impuestos si logran la victoria. Eso sí, a buen seguro invertirán una pequeña parte de sus caudales en lavar  su imagen, invirtiendo en cualquier causa noble que sus asesores les aconsejen, la que produzca el máximo prestigio al mínimo coste. Por un módico precio de 50.000 euros en la lucha contra el cáncer, y convenientemente difundido su celo humanitario, contrarrestarán sin problemas la insignificante mella en su imagen que ocasionan artículos de nula tirada como el presente.

 Ojalá y un gol de Iniesta nos permita ganar la Eurocopa a Alemania. Yo seré el primero en celebrarlo en medio de cervezas y atiborrado de palomitas, aunque la represalia de los germanos nos cueste al día siguiente subir algunos puntos del IVA. El teatro también nos hace gozar y es mentira; con actores falsos se pueden experimentar emociones auténticas. Basta con la precaución de evitar al día siguiente que una panda de onerosos mercenarios nos haga perder la lucidez y el autorrespeto. Propongo como conclusión a la Real Academia de la lengua modificar la actual definición de español en el diccionario, poniendo en su lugar la siguiente entrada: español: dícese única y exclusivamente del que tributa en España.

    

domingo, 27 de mayo de 2012

1ª Asamblea de la cooperativa integral. La utopía tuvo hora (18h) y lugar (Museo de alfarería)



Hoy es uno de los días más felices de mi vida. El entusiasmo, ese fuego celeste que nos eleva en ocasiones por encima de nuestra condición mortal, vuelve a juguetear con mi alma como en aquellos años de juventud. Un numeroso grupo de personas, de ciudadanos corrientes, al que probablemente se unirán otros más, en una modesta comarca manchega, hemos decidido ponernos en marcha en dirección a utopía, llevar a la práctica la sociedad con la que siempre soñamos, dando de ese modo un cauce creativo, y no solo amargo, a nuestra indignación.
Aunque pasen muchos años, el 26 de mayo de 2012 tendrá siempre el privilegio en mi memoria de ser el día de la primera asamblea de la cooperativa integral. En ella se discutieron y aprobaron por unanimidad los principios fundacionales, los cimientos de un nuevo orden justo y sostenible, con arreglo a los cuales realizaremos de inmediato un proyecto económico viable: un supermercado ecológico que permita simultáneamente ejercer un consumo crítico y generar iniciativas de empleo para los socios.
Somos conscientes de que han sido muchos los crímenes cometidos a lo largo de la historia en nombre de grandes ideales. Pero no hay mayor crimen que ahogar, por renunciar a ellos, la esperanza legítima de los pueblos de labrar un futuro mejor, desconfiar ciegamente de nuestro poder para transformar lo existente.

Estos son los principios aprobados de forma asamblearia. Definen las bases de un modelo económico justo, del que la cooperativa integral sería su unidad básica de producción y consumo. Dicha cooperativa es una entidad soberana, no vinculada a partido o sindicato alguno, sino tan solo a sus principios y estatutos.

1. Los ingresos deben ser proporcionales al trabajo realizado y no al capital invertido.

2. Quien trabaja debe determinar de forma significativa sus condiciones laborales y el destino de lo producido.

3.  Las únicas formas legítimas de llevar a cabo una iniciativa económica son mediante cooperación con otras personas o de forma autónoma, nunca a través del trabajo de terceros. 

4.  Lo que se consume ha de ser compatible con la preservación del medio ambiente y los derechos de las futuras generaciones.

5. La felicidad no se basa en el nivel de consumo sino en el desarrollo de las capacidades humanas. 

6. El fin de la economía es satisfacer las necesidades de las personas de forma justa y eficiente, no aumentar la tasa de beneficio.

7. En una sociedad madura una parte creciente de los intercambios escapan al mercado, es decir, se basan en la economía del don, donde cada cual aporta lo que puede y recibe lo que necesita.

8. Los derechos de seres vivos y animales deben ser respetados.

9.  Todos los trabajos socialmente necesarios son equivalentes en valor, siendo la asamblea quien determine los contenidos concretos de esta equivalencia (tiempo, calidad, rapidez, compensación de cargas, etc.). 

10. Los bienes y servicios producidos deben poseer la máxima calidad y duración técnicamente posible.

11. La publicidad debe ser sustituida por una información crítica y veraz que no pretenda manipular ni inducir al consumo.

12.  Las necesidades básicas deben están cubiertas para todos de un modo público y gratuito.

13.  Los créditos para financiar una iniciativa económica han de obtenerse en función de su viabilidad económica e interés social y no exclusivamente por los avales de que se dispone. 

14. Las relaciones entre las personas deben ser prioritariamente de cooperación y no de competencia.

15. Es un deber de todos evitar los intercambios desesperados, basados en la necesidad.

16. El trabajo ha de repartirse, no debiendo ocupar más de treinta y cinco horas semanales, para hacer posible tanto la conciliación familiar como el ocio creativo.

17. No se deben adquirir bienes en cuya producción haya concurrido explotación de seres humanos o daño al entorno natural. Tampoco los que generen riesgo para la salud.

18. La identidad sexual no debe condicionar el tipo de actividad a desarrollar ni la cuantía de las recompensas obtenidas.

19. Nadie debe ser excluido por no tener un trabajo remunerado, la pertenencia social se adquiere por la condición de personas y ciudadanos.

20. Los servicios libremente ofrecidos deben realizarse con la máxima calidad y rapidez, y el mínimo coste para el cliente.

21. No es lícita la especulación, es decir obtener un beneficio mediante la mera compraventa de bienes de cualquier tipo (financieros, inmuebles, etc.) sin la mediación de un trabajo.

22. Se ha de buscar el consenso antes que la mayoría.

23. La asamblea es la depositaria del poder legítimo de la cooperativa, debiendo minimizarse hasta donde sea posible el poder de los cargos representativos, que tendrán el carácter de portavocías con mandatos específicos, revocables en todo momento.

Nos declaramos utópicos pero no ilusos, gestionaremos nuestro viaje a Ítaca con prudencia y humildad. El futuro no está escrito y  a buen seguro deparará errores y fracasos. Asumimos anticipadamente la responsabilidad de todos los fracasos, la autoría de todos los errores, pero nada ni nadie podrá sofocar nuestra amorosa determinación de mejorar el mundo que nos ha tocado en suerte.


                        "La utopía está en el horizonte. Camino dos pasos, ella se aleja dos pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá. ¿Entonces para que sirve la utopía? Para eso, sirve para caminar."                                       
                                                           Eduardo Galeano 

sábado, 19 de mayo de 2012

¿Pureza o eficacia en la cooperativa integral? La perpetua escisión de la izquierda


 
El conflicto surgido en el seno del movimiento 15 M sobre la oportunidad o no de articularlo institucionalmente, o dentro de la federación andaluza de I.U. entre el alcalde de Marinaleda, J. M. Sánchez Gordillo, y su coordinador Diego Valderas, en torno a los acuerdos alcanzados con el partido socialista para gobernar la autonomía, vuelve urgente una reflexión sobre un tema en el que los politólogos han pasado, hasta la fecha, de puntillas.
          Y es que uno de los dilemas que siempre surgirá en una organización que aspira a mejorar el mundo es el que se produce entre pragmáticos e idealistas. Y eso, aun admitiendo que ambas posiciones respeten los mismos principios como punto de partida y llegada de su proyecto político.  No habrá modo de eludir una permanente disputa en cuanto al grado, la forma, la rapidez y las alianzas necesarias para su aplicación en el presente.
La cooperativa integral, como maqueta de la sociedad perfecta, no estará exenta de reflejar dicha polaridad entre radicales y moderados. Nombrarla es por tanto una forma de exorcizar sus peligros. Por poner solo un ejemplo de lo que digo, el hecho de tratarse de una empresa que actúa dentro de un espacio de relaciones mercantiles condicionará en cierto modo su funcionamiento, del mismo modo que ser un dispositivo de trasformación social, con vistas a fines ética y políticamente superiores, ha de hacerla inconmensurable con las relaciones capitalistas. 
El litigio entre puristas y pragmáticos sucederá aun cuando los contrincantes compartan de buena fe idénticos ideales. Es precisamente sobre el fondo de ese consenso como resalta con mayor nitidez la predisposición de toda organización altruista a graduar su posición en más o menos, dejando entrever la polaridad inherente a la conquista del ideal. Porque si el ideal es simple su realización es necesariamente compleja, dual, taoísta; no es concebible el yin sin el yang, la noche sin el día, lo eficiente sin lo justo, Sancho sin Quijote.
¿Rentabilidad o utopía? ¿Cuál debe ser la apuesta de la cooperativa integral? Sin rentabilidad no es viable, sin utopía no tiene sentido. La búsqueda obsesiva de la primera es propia de mentalidades instrumentales, con escasa sensibilidad a los valores; la búsqueda obsesiva de la segunda es propia de almas bellas –en sentido despectivo–, que renuncian a actuar para no mancillarse con la suciedad del mundo. Huelga decir que en mi opinión el verdadero activista ha de buscar el equilibrio entre ambos polos, confiriendo legitimidad a la contraparte y presuponiendo buena fe a quienes se inclinan por una opción diferente a la suya.
El proyecto puede fracasar por falta de audacia moral o por falta de realismo. Si no se mantiene la unidad en medio de la divergencia, la cooperativa se escindirá una y otra vez entre ortodoxos y herejes, como ha ocurrido siempre que  una agrupación humana se propuso actuar por ideales. Unos se considerarán a sí mismos los puros, cayendo en la tentación de juzgar a sus oponentes como mediocres, pedestres y tibios. Los otros se adjetivarán de prudentes, y acusarán a los otros de fanáticos, utópicos e insensatos.
La historia del movimiento obrero es la historia de esta mal resuelta polaridad, de la impotencia humana para mantenerse en el filo sin decantarse hacia uno u otro lado de forma excluyente. Los anarquistas han imputado tradicionalmente a los comunistas que su estrategia de tomar el poder para cambiar el mundo los convertía justamente en rehenes de las instituciones que pretendían ocupar, trocándolos en deterministas, burócratas y autoritarios, mientras que los comunistas acusaban a los anarquistas de voluntaristas y utópicos, por querer cambiar el mundo sin tomar el poder, es decir, sin disponer previamente de los resortes institucionales para hacerlo.
 Idéntico debate se ha producido entre comunistas y socialdemócratas, entre corrientes y sensibilidades dentro de cada uno de estos grupos e, incluso, en el seno de cada militante, adquiriendo en ocasiones una ferocidad aún más salvaje que la destilada frente al enemigo común. Mantener viva la polaridad, la tensión entre realismo e idealismo, sin acabar en ruptura ni homogeneidad, remontarse a lo mejor sin perder el horizonte de lo posible, combatir las facciones sin ignorar las pasiones, es el mayor reto a que se enfrentan los nuevos movimientos sociales.
Tal vez se me pueda reprochar un excesivo carácter conciliador, lo que me hace fácilmente reo a la crítica de  ambas posiciones en su versión extrema, las cuales, ignorando la complejidad de lo real se atienen a la lógica simplista y excluyente del dictamen: quien no está conmigo está contra mí. Estoy convencido de que vivir la utopía no consiste en disfrutar colectivamente de un estado de humana perfección, que nos investiría de un podium de pureza desde el que juzgar y avasallar a nuestros compañeros de viaje. Antes bien, el estado de utopía se alcanza con la voluntad consciente de ser cada día menos imperfectos.

lunes, 14 de mayo de 2012

La siesta



La siesta, de Felice Casorati es una declaración de tregua con el mundo, el momento en que la mujer se diluye, serena, en el paisaje. El punteado difuso de los colores y su intensidad cromática provoca esa sensación de indistinción entre la muchacha que duerme y el frenesí floral. Una exuberancia de verdes, de lilas salpicada, la recoge con amorosa dulzura, mientras los perfiles de las cosas se licuan como los tonos de un tapiz en el que no hubiera más que primavera.

        Racimos violetas velan el sueño de la joven cual celosos guardianes, combados, también ellos, como el cuerpo, por la acolchada atracción de la hierba. La posición fetal de la figura, hendida a la altura de los pies por densos atolones de flores, irradia entrega confiada, incontenible candor. En  silenciosa quietud la mujer se rinde plácida al instante, sin oponer resistencia.  

lunes, 7 de mayo de 2012

Diálogo entre el inmigrante Habyarimana y Ana Mato, ministra de sanidad.



 La prueba del carácter imaginario, aunque verosímil, de esta conversación es que jamás un ministro concedería audiencia a un ciudadano, menos a uno de segunda categoría.

Con rostro enjuto, piel cobriza y gesto extraordinariamente tímido se acercó el peón Habyarimana al Ministerio de sanidad, dispuesto a hablar personalmente con la Ministra. Tras forcejear con los escoltas y gracias a que el gerente de una importante constructora, que se encontraba casualmente allí, lo había reconocido, logró acceder a su despacho.
– Perdone, Sra. Ministra, mi nombre es Habyarimana, y tengo necesidad imperiosa de hablar con usted.
– ¿Qué se le ofrece señor Habarimana? –contestó desde su confortable sillón provenzal Ana Mato, molesta por la dificultad endiablada de pronunciar aquel nombre–. Le ruego sea breve, aún me queda por despachar una multitud de asuntos.
– Le reitero mis disculpas, no es mi intención hacerle perder el tiempo, iré al grano. Tengo el VIH desde hace dos años y estoy en tratamiento de antirretrovirales. Gracias a ellos aún me conservo con vida.
– ¿Y cuál es el problema?
– Que no encuentro trabajo por más que busco y me es imposible darme de alta en la seguridad social. Aunque estoy empadronado en un pueblecito de Murcia, donde trabajé durante más de cinco años de peón de albañil para una constructora, PROMOCIONES MEDITARRANEAS S.A., el doctor Martínez se niega a atenderme y le echa la culpa a usted. Me dice algo de un decreto según el cual con empadronarse no sería suficiente para obtener la tarjeta sanitaria. Estoy seguro de que me miente ese matasanos. Necesito Sra. Ministra ese tratamiento o moriré -y el verbo gimió en el aire como una sentencia.
– Pues me temo que le ha dicho la verdad. Comprendo su preocupación señor Habarimana, pero habrá oído en los noticiarios que tenemos un enorme déficit público y gracias a esa medida pretendemos ahorrar 500 millones de euros.
– Si no le importa -precisó con determinación no exenta de humildad- es Habyarimana, que significa "el engendrado de Dios" en mi idioma. Perdone mi atrevimiento, pero según cálculos de expertos citados en el diario el País -en mis ratos libres me gusta leer en su idioma- en la hipótesis más favorable para usted el ahorro sería de 240 millones, menos de la mitad.
– Da igual –respondió bruscamente sin poder disimular el malestar que le causaba que un irregular se atreviera a contradecirla–  son muchos millones en cualquier caso. Aunque no lo entienda, este tipo de medidas tranquilizan a los mercados.
– Pero estamos hablando de mi vida Sra. Ministra y de la de 150.000 personas.  ¿Me está tratando de decir que un país democrático, que reconoce los derechos humanos en su constitución y que ha firmado todos los tratados internacionales nos dejará desamparados ante la enfermedad tan solo para disminuir la prima de riesgo?
– No crea que para mí es un plato de gusto, pero comprenda que la situación económica lo requiere. Es una cuestión de responsabilidad –concluyó taxativa.
– No quisiera parecer insolente Sra. Ministra, pero ustedes, en Abril del 2012, votaron en contra de instaurar un impuesto a las grandes fortunas, del que se habrían recaudado mucho más de 500 millones de euros. ¿Quiere decir que liberar a los más ricos de una pequeña carga le importa más que la salud de 150.000 personas?, ¿le parece mejor rescatar a los bancos de una quiebra merecida que a sus víctimas, los más pobres, de una muerte no merecida?
– La ministra, entre aturdida  y violenta por la osadía de aquel joven inmigrante le espetó iracunda: ¡pero ellos crean riqueza y ustedes no!
– No sé si le dije antes que he sido albañil desde que llegué a España. ¿Quién cree Sra. Ministra que ha construido las miles de viviendas, naves, escuelas, chalets y  hospitales en los años de bonanza sino gente miserable como yo? Y si no es bastante con la contribución de nuestro esfuerzo, sepa que soy de Rwanda –y al decir Rwanda una mueca de sutil orgullo iluminó sus ojos.
– ¿Qué tiene que ver Rwanda en todo esto?
– Que parte de la riqueza de mi tierra, una tierra colmada de minerales, está en países como el suyo. El ordenador que reposa sobre su mesa y el móvil que tiene en su bolso se fabrican con coltán de las minas de mi país. Y son las grandes corporaciones las que lo explotan a cambio de un pequeño porcentaje que ofrecen como soborno a mi gobierno. Si los ingresos retornaran allí no tendría que estar ahora suplicándole que me ayudara.
– Eso dígaselo a su gobierno corrupto, no a mí.
– Sus empresas hablan con mi gobierno, yo no. No se enoje conmigo ni crea que he venido a discutir con usted. Pero, ya que me dice que es una cuestión de contabilidad, ¿ha tenido en cuenta que esta medida saturará las urgencias, donde el coste por paciente es mayor y es más frecuente la hospitalización?, ¿ha calculado el valor económico y el riesgo para la salud pública que representarán enfermedades infecciosas, como la tuberculosis o la malaria, si quedan fuera de control sanitario?
 Ana Mato ya no aguantaba más a aquel ilegal impertinente y haciendo honor a su apellido le espetó con sequedad: –No le corresponde a usted gobernar, sino a nosotros, señor como se llame.
– Jamás vendría a molestarla con mi charla, pero es que me estoy muriendo -al decirlo todo el terror y la angustia largo tiempo contenida se precipitaron en su rostro-. ¿Comprende lo que eso significa? ¡Mire mis manos, las manchas de mi piel, tengo llagas en la boca, un simple resfriado se puede convertir en neumonía...!
– Le repito que lo lamento, no está regularizado y la gente  como usted suele abusar de la sanidad pública. Han convertido la sanidad en turismo. Tiene suerte de que lo escuche y no lo mande deportar en este mismo instante.
– Se equivoca Sra. Ministra -su tono asertivo denotaba un cierto nerviosismo, tal vez debido a la percepción de la falta de compasión de la Ministra-, usted se refiere a quienes vienen de países ricos atraídos por la gratuidad y prestigio de la sanidad española, yo vine en una patera huyendo de la miseria. Los que venimos de África estamos sanos, pues de otro modo moriríamos en el camino. Nos están condenando a muerte con mentiras. Sabe de sobra que según las estadísticas oficiales mientras el 57,7 por ciento de los españoles utilizaron su centro de salud el año pasado sólo el 12 por ciento de los inmigrantes lo hicieron.
– Le ordeno que se marche sr. Habarimana, ya ha podido expresar su opinión. Está empezando a agotar mi paciencia.
– Ayúdeme Sra. Ministra, se lo ruego –una insoportable sensación de impotencia contraía sus facciones y le desgarraba la voz– ¡No lo haga por mí, hágalo por mis hijos!, ¿qué futuro les espera si muero?, ¡hágalo por mi familia en Rwanda!, ¿cómo podrán sobrevivir si no les ayudo?, ¿qué será de  mis padres, de mis amigos, de mis parientes? ¡Hágalo por mi mujer, también está en paro, acabará haciendo la calle si no encuentra otra forma de mantener a los niños! 
– ¡Guardias! ¡Guardias! llévense a este hombre, apártenlo de mi vista y deténganlo, si es necesario, por desacato! 
         Y los policías se llevaron a aquel hombre a la fuerza mientras el eco de su ruego desesperado retumbaba, como un letal repique de tambores, por los pasillos del Ministerio: ¡No me deje morir, por el amor de Dios, soy un ser humano,…!
         Quince meses después de este encuentro, un domingo por la mañana en misa de doce ocurrió algo extraño y ciertamente perturbador mientras la Sra. Ana Mato, católica desde niña, escuchaba el sermón en la catedral de la Almudena. Un chico color caoba, de unos trece años de edad, visiblemente compungido vino hacia el banco donde estaba sentada. Los guardaespaldas trataron de impedirlo pero ella los frenó, no era decoroso en la iglesia protagonizar una escena tan poco edificante como la detención de un niño.
       Cuando lo tuvo delante, tanto su osadía –abordar nada menos que a una Ministra en la iglesia– como la expresión de sus ojos, le hicieron recordar a alguien que hacía mucho tiempo había pasado por su despacho. Era sin duda el hijo de aquel ruandés con sida, el tal Habyarimana.
Por el dolor que se reflejaba en su rostro adivinó el reciente fallecimiento de su padre y se sintió turbada al ver la seriedad de adulto en aquellos ojos adolescentes.
– ¿Qué es lo que quieres de mí muchacho?
Y el muchacho, con mirada afligida y penetrante, le respondió: “Porque tuve hambre y me diste de comer, estaba desnudo y me abrigaste, enfermo y me curaste, sin techo y me alojaste en tu casa. Porque cuanto hiciste con cada uno de estos más débiles, lo hiciste conmigo”  Y Ana Mato, al darse cuenta de quién era el hombre que verdaderamente estuvo en su despacho, lloró amargamente.


Nota: El día 9 del mayo de 2112 Ana Mato, presionada moralmente por la opinión pública, se vio forzada a declarar en la cadena ser que los enfermos de sida y cáncer mantendrán su cobertura sanitaria, frente a sus planteamientos iniciales. Lo que solo es un pequeño paso en la buena dirección, aquella que corresponde a una sociedad madura y democrática que asume el deber de proteger a los más débiles. Pero lo pequeño, aunque insuficiente, es hermoso. Feliciano