sábado, 21 de julio de 2012

LAS MANDÍBULAS DEL PITBULL Y LA OKUPACIÓN DEL CONGRESO

                                                               


                                                              
No se hace digno de la libertad y de la vida sino aquel que tiene que conquistarlas cada día.

                                             Johann W. Goethe


         
Odio la violencia, pero ello no me impidió hace tres años  golpear con una gruesa piedra la cabeza de un pitbull que  apresaba, asesina y rabiosa, el cuello de mi perro. Ninguna medida resultaba ya eficaz para detener el ataque, y la ferocidad del pitbull me hizo temer seriamente por la vida de Xandro. Guardo desde entonces, junto a la satisfacción del  deber cumplido,  el orgullo de que el nerviosismo de la escena no me hicieran perder el sentido de la proporción, garante de la justicia del acto. Lo que en términos prácticos significó que los golpes sucesivos que le infligí al can agresor llevaban un orden in crecendo, de menor a mayor contundencia, hasta que en uno de ellos logré por fin desasir su mandíbula de mi mascota, sin que el resultado fuera fatal para ninguno de los dos animales.
Visto con mirada retrospectiva, lo sucedido fue tan solo un impertinente presagio, una caprichosa alegoría del estado en que al día de hoy se encontrarían nuestros derechos y protecciones colectivas, más apreciadas aún que mi perro,  con respecto a la jauría de peligrosos pitbull -llámense mercados, Troika, Merkel o gobierno popular-  que los mantienen aherrojados por el cuello, al borde de la asfixia, con despechada ferocidad. El carácter insaciable del estrangulamiento y su inutilidad -cuanto más recortes más se eleva la prima de riesgo y más se agrava la recesión, que exigen a su vez nuevos recortes y así, sucesivamente, en un círculo sin fin- nos hace temer lo peor: la expiración de la víctima, es decir,  de la democracia como gobierno del pueblo y del estado de bienestar, que con tanto esfuerzo hemos logrado entre todos.
El principal problema político del presente radica en encontrar una piedra lo suficientemente fuerte, compacta y afilada para golpear con eficacia la cabeza del pitbull. Denuncias, concentraciones, manifestaciones, libelos, por muy secundados que fueren se muestran insuficientes para ello. Con razas menos agresivas bastaba hasta la fecha el riesgo de un derrumbamiento electoral en los siguientes comicios para suscitar una reacción favorable. Pero ya no -el gobierno de Zapatero, con manso perfil de perro labrador, es prueba de ello-, lo que complica extraordinariamente las cosas: durante tres años más Rajoy y sus ministros gozarán no solo de impunidad democrática, sino de mayoría absoluta para culminar mortalmente su dentellada. Y, lo que es peor, parece más que probable que nuestra desesperación nos lleve a votar al Psoe en las próximas elecciones, implorando un alivio siquiera momentáneo a la brutal agresión que padecemos, lo que nos precipitará de nuevo en las fauces de un depredador tal vez menos fiero en el corto plazo, pero igualmente letal.
 En esta tesitura, mi punto de vista es que hay que asestar el golpe definitivo en la cabeza misma de la fiera, o al menos a la única de sus múltiples cabezas que nos es accesible, y que no es otra que el congreso de los diputados. Es ahí, en la sede de la soberanía nacional, en un tiempo prefijado que algunos anuncian para el 24 de septiembre de 2012, donde deben confluir todas las fuerzas del cambio, todas las corrientes de la indignación colectiva, todos los agentes de la nueva sociedad. Es ahí, porque es ahí, en ese punto estratégico de la geografía, donde se reúnen nuestros presuntos representantes para quebrantar y violar nuestros derechos en nuestro nombre.
Uno de los pocos actos que tienen todavía sentido lo constituiría el masivo e indefinido acordonamiento del parlamento por el pueblo, exigiendo la convocatoria inmediata de un referéndum para refrendar o rechazar las medidas del gobierno, junto al compromiso de que su resultado sea vinculante, genere la disolución de las cortes y el inicio de un proceso constituyente que dé a luz una nueva constitución. Constitución cuyas normas garanticen con la máxima eficacia jurídica la protección de los derechos y libertades fundamentales de la población, actualmente convertidos en moneda de cambio de la usura.
Donde se establezcan, por ejemplo, los porcentajes mínimos del PIB que deberán destinarse a sanidad y educación, la obligatoriedad de instituir una banca pública, las bases de una ley electoral justa y proporcional, los criterios para una regulación de la clase política que remedie sus actuales privilegios y, sobre todo, nos dote de mecanismos de control que impidan que cualquier gobierno en el futuro haya de ser soportado durante cuatro años cuando incumpla sus compromisos electorales o realice políticas lesivas para sus representados. Erigir en suma los cimientos de una sociedad justa y ordenada donde el crecimiento de su riqueza sea igualitario y sostenible en el tiempo.
Simultáneo a este proceso constituyente se exigiría un juicio al más alto nivel de todos los responsables de la crisis, ya sea por acción u omisión, a la par que una auditoría de la deuda del Estado  que señale cuál es realmente su dimensión legítima -no odiosa-, sus beneficiarios, el modo más justo de saldarla y los plazos razonables en que puede ser satisfecha.
Sitiar de forma masiva, pacífica e indefinida el congreso, en coincidencia con una huelga general también indefinida, mostraría de forma inequívoca que no nos conformamos con un cambio de gobierno, sino que exigimos una modificación de las normas fundamentales que rigen nuestra convivencia, un cambio en el modelo de Estado.   
La imagen pública y heroica de un pueblo soberano, único depositario del poder legítimo, reclamando de forma multitudinaria la disolución del parlamento, al que acusa de haberse convertido en comando de la traición y la impostura, ofrecería al mundo un retrato simbólico incontestable de lo que está en juego en este conflicto. Si dicho referéndum no se celebrara se impondría, es decir, se celebraría al margen de la legalidad vigente.
No cabe respuesta menos audaz a lo que sucede y nada de lo propuesto es imposible como revela el caso de Islandia, actualmente en fase de crecimiento.   Sólo una piedra de semejante grosor  puede hacer todavía mella en la mandíbula del pitbull y acabar dignamente con la pesadilla que nos asola.

viernes, 13 de julio de 2012

¡RAJOY, TORERO, RECÓRTANOS EL SUELDO ENTERO!


Tanto recortar me hace temer por la salud de Rajoy, que  acabará contrayendo una tendinitis en los ligamentos de la muñeca a fuerza de apretar y aflojar la tijera, como por la integridad de nuestros derechos, convertidos a la sazón en una pobre tela desvaída  al alcance de sus decretocuchillos  Pero ¿quién es este señor alto y desgarbado que nos ofrecía  caramelos hace no más un año a la puerta de los colegios electorales y nosotros, desobedeciendo a nuestras madres, como niños ingenuos y voraces los comimos con fruición? ¿Es  un sastrecillo valiente, empeñado en hacer con la piel del toro ibérico un bolso pijo a juego de Ana Mato, o será un aprendiz de cirujano que nos ha tomado, debido a su congénita miopía, por abnegados conejos de laboratorio con los que se permite ensayar las últimas recetas neoliberales para salir de la crisis?
Si he de ser franco es la primera vez que estoy de vacaciones deprimido y malhumorado, ni los contoneos de las bañistas al aplicarse las cremas solares me distraen ya de las pendencias de Barbaazul y su consejo de Ministros. Lo ha conseguido el muy cabrón. Mira que juré no escuchar las noticias sino a través del filtro progre del Gran wyoming. Pero  un fallo, una curiosidad malsana similar a la que convirtió en salazón a la mujer de Lot, me hizo romper la disciplina terapéutica con la que pretendía aislar mi sistema límbico de las gilipolleces de Montoro,  Esperanza y Cospedal, y eché un vistazo al  trailler de  la nueva temporada del Carnicero de las chuches.
Fue como volver a revivir Apocalipsis caníbal en formato institucional. Capítulo primero: Rajoy vestido de segador, con la hoz ensangrentada, pone fin a la paga  extra de los funcionarios, a los que nadie puede acusar de haber vivido por encima de sus posibilidades, ya que sus posibilidades son la únicas que están controladas con precisión prusiana por el Estado, y ninguno recibió, que yo sepa, una tercera paga extra a cuenta de la orgía monetaria del boom del ladrillo. Capítulo segundo: Rajoy, daga en mano, irrumpe en la fila del INEM y  disminuye la prestación a los parados, principales víctimas de la crisis, supongo que para ponerlos al borde de la mendicidad  y estimular con ello las glándulas salivares de algunos emprendedores. Capítulo tercero: Rajoy disfrazado de fallera psicópata sube el IVA a los ciudadanos corrientes, por si no tenían bastante con los recortes a su salario indirecto en sanidad y educación.
Curiosamente aquí se acabó la película, Barbastijeras no anunció ni una sola medida para gravar a los únicos y verdaderos culpables de todo este desbarajuste económico: banqueros y políticos; los primeros por acción de su invencible codicia a corto plazo, los segundos por omisión de su deber de protegernos de la avidez de aquéllos. Por cierto, los políticos serán los únicos sueldos con cargo a los presupuestos del Estado con derecho a cantar  Villancicos en el 2013 con su paga extra en el zurrón, robo-pon-pon, robo-pon-pon.
Y lo peor de todo es saber que tanta amputación de tanto hijo de amputa, además de injusta en sus destinatarios e ilegítima en su procedimiento -no iba incluida ni siquiera en la letra pequeña del contrato electoral-, no servirá para nada, como reconocen los analistas y el sentido común: retirar dinero del mercado, penalizando el consumo y recortando los sueldos, tan solo hace que disminuya el poder adquisitivo de la población y en consecuencia se resienta la demanda. Y sin demanda parece poco probable que nazca o se conserve una actividad económica lucrativa, a excepción de la de Presidente del gobierno.
 Pero en ese caso, volviendo al principio de nuestras pesquisas, si Rajoy no es un cirujano, porque no puede justificar los machetazos infligidos al cuerpo del paciente como un mal necesario a su recuperación, habremos de pensar que bajo su aséptica bata blanca se oculta un torturador social a sueldo de la Merkel, un sicario de los acreedores de deuda soberana, un estúpido sádico investido de autoridad. Ahora entiendo de dónde viene esa patológica exaltación del toreo, erigido en monumento cultural de la derecha española. Estamos gobernados por un hibrido de Manolete y Paquirrín, y nosotros, el pueblo soberano, somos la vaquilla de las fiestas de Lepe. No sé a vosotros, pero a mí se me está empezando a agotar la paciencia.   
   

martes, 26 de junio de 2012

GOLIFICACIONES FISCALES. LAS DESVENTURAS TRIBUTARIAS DEL PULPO PAUL




Nada me resulta más ingrato que oficiar de aguafiestas en un momento de euforia colectiva, cuando la escuadra invencible y vanguardia del ejército civilizado, es decir la selección española de fútbol, que representa a la nación, se enfrenta con éxito a sus socios europeos en una competición aún más agónica que la de la prima riesgo.

Y no me considero de esos individuos graves y solemnes que desprecian por principio cualquier diversión que interese a la población en general, intentando demostrar con sus reproches ilustrados su presunta superioridad sobre el vulgo. No soy de los que van de refinados ni de  cultos, despreciando el fútbol en beneficio de la ópera, el cine experimental o los documentales de la 2.

Confieso sin culpa que el fútbol, al menos en competiciones internacionales, me entretiene tanto o más que algunas óperas y bodrios cinematográficos –aunque si he de ser sincero, no tanto como los reportajes de esos curiosos primates, los bonobos, más propensos a la promiscuidad que a la competición–, lo que obedece sin duda a su poder de activar en mí alguna suerte de fervor patriótico que incorporé, por ósmosis ambiental, en mi más tierna infancia. El himno nacional, y no me avergüenza reconocerlo, me pone desde entonces la piel de gallina. Lo que lejos de volverme miope al valor de otros pueblos, como caracteriza al patrioterismo cutre, me hace respetar con más intensidad si cabe sus himnos, símbolos y  sentimientos nacionales.

Una vez confesada mi frívola condición, tengo que añadir que no solo no me ciega la pasión, sino que incrementa aún más mi indignación el comprobar la hipocresía de nuestros 22 soldados que, amparados en la vergonzosa ley que lo permite, prefirieron tributar en Sudáfrica antes que en España a fin de disminuir su aportación a las arcas públicas -desde el 43% al 21%-,  dejando de pagar al Estado y a los ciudadanos que representaban nada menos que 5.676.000 millones de euros. Con ellos se habría costeado la pensión mensual a 7000 jubilados y reducido los recortes en sanidad y educación de los depauperados aficionados que los vitoreaban hasta desgañitarse –dicen que hasta el pulpo Paul, que vaticinó su victoria,  murió debido a los recortes veterinarios. A fin de cuentas, debieron pensar para sí que  los hospitales, escuelas, carreteras y prestaciones públicas son cosas de  pobres.  Bastante tenían ellos con asumir los gastos del deportivo, el chalet, la pensión privada y los regalos a la cohorte de jóvenes busconas.

 Otro tanto puede decirse del resto de joyas patrias, como Arancha Sánchez Vicario, Nadal, Fernando Alonso, Gasol, etc., que han demostrado tanta habilidad para  eludir impuestos como para desarrollar sus respectivas actividades, manejando con pericia las diversas estratagemas tributarias: doble nacionalidad, fijación de residencia en paraíso fiscal o convenio de doble imposición, a fin de elegir la opción que les permita disminuir su contribución al estado de bienestar.

Es cierto que eso no los hace peores que la mayor parte de ciudadanos, agarrados a un ascua ardiendo con tal de eludir y minimizar sus deberes fiscales, pero tampoco mejores, y ahí está el eje de mi crítica. Cuando entre gritos y sollozos de cumplido patriotismo, y envueltos en la bandera española a la que acaban de vender por 22 puntos de porcentaje fiscal,  fueron recibidos en Madrid con idéntico honor a los generales de las legiones romanas, no pude reprimir un sentimiento de rechazo áspero y profundo por semejantes farsantes, al tiempo que una mezcla de compasión y desprecio por las masas devotas. Lo que desgraciadamente confirmaba mi sospecha también en lo deportivo: que estamos bajo el imperio de  elites corruptas, sean políticas, judiciales, periodísticas, deportivas o económicas, siendo estas penúltimas las que gozan de mayor favor popular.  Como en el juego del huevo que se canta a los niños para enseñarles los cinco dedos:  éste lo embaucó, éste lo condenó, éste le mintió, éste lo entretuvo y el pícaro gordo todo se lo comió.

Pero mi preocupación aumentó hasta la angustia al comprobar por un comentario difundido en el facebook hace unos días, que personas sensatas y de izquierdas defendían a sus ídolos deportivos hasta lo injustificable, abdicando de un mínimo de conciencia crítica, tanto en lo que respecta al tamaño de sus sueldos como a sus picardías fiscales. Fue entonces cuando comprendí algo terrible, que la pasión por el fútbol, convenientemente administrada en la sociedad del espectáculo, no solo es un poderoso narcótico para hacernos olvidar y aceptar nuestra condición de súbditos, sino que se ha convertido en un canto a la inmunidad tributaria de los vencedores, una escuela de valores -la riqueza y el éxito- para las nuevas generaciones y una fuente de legitimidad de las desigualdades sociales.

Para nada exagero. Hasta los progresistas consideran ahora, bajo la presión de su entusiasmo futbolístico, que el mercado es quien detenta legítimamente la autoridad para justificar las recompensas sociales, por lo que es justa la proporción entre el sueldo gris de un investigador que lucha contra la malaria y los ingresos astronómicos de quienes basan su excelencia en el manejo de un balón. Con igual tolerancia se despacha su tiqui-taca fiscal, argumentando que eso lo hacemos todos en la medida de nuestras posibilidades –como si la cuantía de lo no tributado y la ejemplaridad del autor no afectara a la gravedad de la acción. Una edificante lección para nuestros jóvenes por parte de sus ídolos deportivos en un país donde el fraude fiscal asciende a 70.000 millones de euros al año, cerca del 23% del PIB. Si tan irreprochable es su acción de sortear al fisco propongo  enviarlos de gira por la ESO dando charlas de justicia social en la asignatura de Educación en valores -la antigua Educación para la ciudadanía- lógicamente a cambio de importantes desgravaciones.

Y no es que el fútbol se haya politizado sino lo que es peor, la sociedad se ha futbolizado. Lo que significa que el viejo balompié antes que un deporte se ha convertido en una apología del capitalismo salvaje, que permite, por ejemplo, a las grandes superficies, como el Real Madrid o el F. Club Barcelona, adquirir para su plantilla a los mejores talentos del pequeño comercio, como el Albacete o el Villareal, violando el principio de igualdad de oportunidades. Por no hablar del retorno al feudalismo que propicia, facilitando a unos cuantos ricachones, como Gil, Florentino. Laporta, amén de jeques árabes y nuevos ricos rusos, investirse presidentes con cargo a su cartera,  santo y seña de su prestigio empresarial,  y combatir entre ellos por el reconocimiento cual modernos señores de la guerra. Mientras los siervos de la gleba, las mesnadas de súbditos serviles, la chusma de mitómanos, los ciudadanos de a pie, se entregan exaltados a esta farsa ritual  a cambio de recibir de sus señores una forma de pertenencia social que les libere de su desesperado desarraigo, practicando una devoción que antes solo los dioses merecían.

Nada tengo contra el fútbol como deporte, como nada tengo contra el ajedrez, el salto de pértiga o las tres en raya. Lo que me  preocupa es el auge de la cultura del espectáculo que nos embelesa y seduce para que permanezcamos pasivos ante la sodomía del entorno. Y como primicia de ese novedoso protocolo de conformismo social: el fútbol. No es casualidad que los recortes y malas noticias económicas se solapen a menudo con acontecimientos deportivos que les sirven de anestésico, como el algodón a la enfermera antes de clavarnos la aguja; o que los clubes gocen de escandalosos privilegios urbanísticos y  mantengan  deudas desorbitadas con el  Estado por la que se cerrarían pequeñas empresas o serían desahuciados los ciudadanos corrientes. En pleno declive de la política y la religión hasta los futuros difuntos piden ahora ser enterrados en el Santiago Bernabéu o en el Calderón, esperando tal vez lograr que la FIFA les consiga una prorroga eterna o el derecho a jugarse la salida del purgatorio en tandas de penaltis.

Tampoco en Polonia tributarán los bribones, ingresando intactos cada uno de ellos una prima de 300.000 euros libres de impuestos si logran la victoria. Eso sí, a buen seguro invertirán una pequeña parte de sus caudales en lavar  su imagen, invirtiendo en cualquier causa noble que sus asesores les aconsejen, la que produzca el máximo prestigio al mínimo coste. Por un módico precio de 50.000 euros en la lucha contra el cáncer, y convenientemente difundido su celo humanitario, contrarrestarán sin problemas la insignificante mella en su imagen que ocasionan artículos de nula tirada como el presente.

 Ojalá y un gol de Iniesta nos permita ganar la Eurocopa a Alemania. Yo seré el primero en celebrarlo en medio de cervezas y atiborrado de palomitas, aunque la represalia de los germanos nos cueste al día siguiente subir algunos puntos del IVA. El teatro también nos hace gozar y es mentira; con actores falsos se pueden experimentar emociones auténticas. Basta con la precaución de evitar al día siguiente que una panda de onerosos mercenarios nos haga perder la lucidez y el autorrespeto. Propongo como conclusión a la Real Academia de la lengua modificar la actual definición de español en el diccionario, poniendo en su lugar la siguiente entrada: español: dícese única y exclusivamente del que tributa en España.

    

domingo, 27 de mayo de 2012

1ª Asamblea de la cooperativa integral. La utopía tuvo hora (18h) y lugar (Museo de alfarería)



Hoy es uno de los días más felices de mi vida. El entusiasmo, ese fuego celeste que nos eleva en ocasiones por encima de nuestra condición mortal, vuelve a juguetear con mi alma como en aquellos años de juventud. Un numeroso grupo de personas, de ciudadanos corrientes, al que probablemente se unirán otros más, en una modesta comarca manchega, hemos decidido ponernos en marcha en dirección a utopía, llevar a la práctica la sociedad con la que siempre soñamos, dando de ese modo un cauce creativo, y no solo amargo, a nuestra indignación.
Aunque pasen muchos años, el 26 de mayo de 2012 tendrá siempre el privilegio en mi memoria de ser el día de la primera asamblea de la cooperativa integral. En ella se discutieron y aprobaron por unanimidad los principios fundacionales, los cimientos de un nuevo orden justo y sostenible, con arreglo a los cuales realizaremos de inmediato un proyecto económico viable: un supermercado ecológico que permita simultáneamente ejercer un consumo crítico y generar iniciativas de empleo para los socios.
Somos conscientes de que han sido muchos los crímenes cometidos a lo largo de la historia en nombre de grandes ideales. Pero no hay mayor crimen que ahogar, por renunciar a ellos, la esperanza legítima de los pueblos de labrar un futuro mejor, desconfiar ciegamente de nuestro poder para transformar lo existente.

Estos son los principios aprobados de forma asamblearia. Definen las bases de un modelo económico justo, del que la cooperativa integral sería su unidad básica de producción y consumo. Dicha cooperativa es una entidad soberana, no vinculada a partido o sindicato alguno, sino tan solo a sus principios y estatutos.

1. Los ingresos deben ser proporcionales al trabajo realizado y no al capital invertido.

2. Quien trabaja debe determinar de forma significativa sus condiciones laborales y el destino de lo producido.

3.  Las únicas formas legítimas de llevar a cabo una iniciativa económica son mediante cooperación con otras personas o de forma autónoma, nunca a través del trabajo de terceros. 

4.  Lo que se consume ha de ser compatible con la preservación del medio ambiente y los derechos de las futuras generaciones.

5. La felicidad no se basa en el nivel de consumo sino en el desarrollo de las capacidades humanas. 

6. El fin de la economía es satisfacer las necesidades de las personas de forma justa y eficiente, no aumentar la tasa de beneficio.

7. En una sociedad madura una parte creciente de los intercambios escapan al mercado, es decir, se basan en la economía del don, donde cada cual aporta lo que puede y recibe lo que necesita.

8. Los derechos de seres vivos y animales deben ser respetados.

9.  Todos los trabajos socialmente necesarios son equivalentes en valor, siendo la asamblea quien determine los contenidos concretos de esta equivalencia (tiempo, calidad, rapidez, compensación de cargas, etc.). 

10. Los bienes y servicios producidos deben poseer la máxima calidad y duración técnicamente posible.

11. La publicidad debe ser sustituida por una información crítica y veraz que no pretenda manipular ni inducir al consumo.

12.  Las necesidades básicas deben están cubiertas para todos de un modo público y gratuito.

13.  Los créditos para financiar una iniciativa económica han de obtenerse en función de su viabilidad económica e interés social y no exclusivamente por los avales de que se dispone. 

14. Las relaciones entre las personas deben ser prioritariamente de cooperación y no de competencia.

15. Es un deber de todos evitar los intercambios desesperados, basados en la necesidad.

16. El trabajo ha de repartirse, no debiendo ocupar más de treinta y cinco horas semanales, para hacer posible tanto la conciliación familiar como el ocio creativo.

17. No se deben adquirir bienes en cuya producción haya concurrido explotación de seres humanos o daño al entorno natural. Tampoco los que generen riesgo para la salud.

18. La identidad sexual no debe condicionar el tipo de actividad a desarrollar ni la cuantía de las recompensas obtenidas.

19. Nadie debe ser excluido por no tener un trabajo remunerado, la pertenencia social se adquiere por la condición de personas y ciudadanos.

20. Los servicios libremente ofrecidos deben realizarse con la máxima calidad y rapidez, y el mínimo coste para el cliente.

21. No es lícita la especulación, es decir obtener un beneficio mediante la mera compraventa de bienes de cualquier tipo (financieros, inmuebles, etc.) sin la mediación de un trabajo.

22. Se ha de buscar el consenso antes que la mayoría.

23. La asamblea es la depositaria del poder legítimo de la cooperativa, debiendo minimizarse hasta donde sea posible el poder de los cargos representativos, que tendrán el carácter de portavocías con mandatos específicos, revocables en todo momento.

Nos declaramos utópicos pero no ilusos, gestionaremos nuestro viaje a Ítaca con prudencia y humildad. El futuro no está escrito y  a buen seguro deparará errores y fracasos. Asumimos anticipadamente la responsabilidad de todos los fracasos, la autoría de todos los errores, pero nada ni nadie podrá sofocar nuestra amorosa determinación de mejorar el mundo que nos ha tocado en suerte.


                        "La utopía está en el horizonte. Camino dos pasos, ella se aleja dos pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá. ¿Entonces para que sirve la utopía? Para eso, sirve para caminar."                                       
                                                           Eduardo Galeano 

sábado, 19 de mayo de 2012

¿Pureza o eficacia en la cooperativa integral? La perpetua escisión de la izquierda


 
El conflicto surgido en el seno del movimiento 15 M sobre la oportunidad o no de articularlo institucionalmente, o dentro de la federación andaluza de I.U. entre el alcalde de Marinaleda, J. M. Sánchez Gordillo, y su coordinador Diego Valderas, en torno a los acuerdos alcanzados con el partido socialista para gobernar la autonomía, vuelve urgente una reflexión sobre un tema en el que los politólogos han pasado, hasta la fecha, de puntillas.
          Y es que uno de los dilemas que siempre surgirá en una organización que aspira a mejorar el mundo es el que se produce entre pragmáticos e idealistas. Y eso, aun admitiendo que ambas posiciones respeten los mismos principios como punto de partida y llegada de su proyecto político.  No habrá modo de eludir una permanente disputa en cuanto al grado, la forma, la rapidez y las alianzas necesarias para su aplicación en el presente.
La cooperativa integral, como maqueta de la sociedad perfecta, no estará exenta de reflejar dicha polaridad entre radicales y moderados. Nombrarla es por tanto una forma de exorcizar sus peligros. Por poner solo un ejemplo de lo que digo, el hecho de tratarse de una empresa que actúa dentro de un espacio de relaciones mercantiles condicionará en cierto modo su funcionamiento, del mismo modo que ser un dispositivo de trasformación social, con vistas a fines ética y políticamente superiores, ha de hacerla inconmensurable con las relaciones capitalistas. 
El litigio entre puristas y pragmáticos sucederá aun cuando los contrincantes compartan de buena fe idénticos ideales. Es precisamente sobre el fondo de ese consenso como resalta con mayor nitidez la predisposición de toda organización altruista a graduar su posición en más o menos, dejando entrever la polaridad inherente a la conquista del ideal. Porque si el ideal es simple su realización es necesariamente compleja, dual, taoísta; no es concebible el yin sin el yang, la noche sin el día, lo eficiente sin lo justo, Sancho sin Quijote.
¿Rentabilidad o utopía? ¿Cuál debe ser la apuesta de la cooperativa integral? Sin rentabilidad no es viable, sin utopía no tiene sentido. La búsqueda obsesiva de la primera es propia de mentalidades instrumentales, con escasa sensibilidad a los valores; la búsqueda obsesiva de la segunda es propia de almas bellas –en sentido despectivo–, que renuncian a actuar para no mancillarse con la suciedad del mundo. Huelga decir que en mi opinión el verdadero activista ha de buscar el equilibrio entre ambos polos, confiriendo legitimidad a la contraparte y presuponiendo buena fe a quienes se inclinan por una opción diferente a la suya.
El proyecto puede fracasar por falta de audacia moral o por falta de realismo. Si no se mantiene la unidad en medio de la divergencia, la cooperativa se escindirá una y otra vez entre ortodoxos y herejes, como ha ocurrido siempre que  una agrupación humana se propuso actuar por ideales. Unos se considerarán a sí mismos los puros, cayendo en la tentación de juzgar a sus oponentes como mediocres, pedestres y tibios. Los otros se adjetivarán de prudentes, y acusarán a los otros de fanáticos, utópicos e insensatos.
La historia del movimiento obrero es la historia de esta mal resuelta polaridad, de la impotencia humana para mantenerse en el filo sin decantarse hacia uno u otro lado de forma excluyente. Los anarquistas han imputado tradicionalmente a los comunistas que su estrategia de tomar el poder para cambiar el mundo los convertía justamente en rehenes de las instituciones que pretendían ocupar, trocándolos en deterministas, burócratas y autoritarios, mientras que los comunistas acusaban a los anarquistas de voluntaristas y utópicos, por querer cambiar el mundo sin tomar el poder, es decir, sin disponer previamente de los resortes institucionales para hacerlo.
 Idéntico debate se ha producido entre comunistas y socialdemócratas, entre corrientes y sensibilidades dentro de cada uno de estos grupos e, incluso, en el seno de cada militante, adquiriendo en ocasiones una ferocidad aún más salvaje que la destilada frente al enemigo común. Mantener viva la polaridad, la tensión entre realismo e idealismo, sin acabar en ruptura ni homogeneidad, remontarse a lo mejor sin perder el horizonte de lo posible, combatir las facciones sin ignorar las pasiones, es el mayor reto a que se enfrentan los nuevos movimientos sociales.
Tal vez se me pueda reprochar un excesivo carácter conciliador, lo que me hace fácilmente reo a la crítica de  ambas posiciones en su versión extrema, las cuales, ignorando la complejidad de lo real se atienen a la lógica simplista y excluyente del dictamen: quien no está conmigo está contra mí. Estoy convencido de que vivir la utopía no consiste en disfrutar colectivamente de un estado de humana perfección, que nos investiría de un podium de pureza desde el que juzgar y avasallar a nuestros compañeros de viaje. Antes bien, el estado de utopía se alcanza con la voluntad consciente de ser cada día menos imperfectos.

lunes, 14 de mayo de 2012

La siesta



La siesta, de Felice Casorati es una declaración de tregua con el mundo, el momento en que la mujer se diluye, serena, en el paisaje. El punteado difuso de los colores y su intensidad cromática provoca esa sensación de indistinción entre la muchacha que duerme y el frenesí floral. Una exuberancia de verdes, de lilas salpicada, la recoge con amorosa dulzura, mientras los perfiles de las cosas se licuan como los tonos de un tapiz en el que no hubiera más que primavera.

        Racimos violetas velan el sueño de la joven cual celosos guardianes, combados, también ellos, como el cuerpo, por la acolchada atracción de la hierba. La posición fetal de la figura, hendida a la altura de los pies por densos atolones de flores, irradia entrega confiada, incontenible candor. En  silenciosa quietud la mujer se rinde plácida al instante, sin oponer resistencia.  

lunes, 7 de mayo de 2012

Diálogo entre el inmigrante Habyarimana y Ana Mato, ministra de sanidad.



 La prueba del carácter imaginario, aunque verosímil, de esta conversación es que jamás un ministro concedería audiencia a un ciudadano, menos a uno de segunda categoría.

Con rostro enjuto, piel cobriza y gesto extraordinariamente tímido se acercó el peón Habyarimana al Ministerio de sanidad, dispuesto a hablar personalmente con la Ministra. Tras forcejear con los escoltas y gracias a que el gerente de una importante constructora, que se encontraba casualmente allí, lo había reconocido, logró acceder a su despacho.
– Perdone, Sra. Ministra, mi nombre es Habyarimana, y tengo necesidad imperiosa de hablar con usted.
– ¿Qué se le ofrece señor Habarimana? –contestó desde su confortable sillón provenzal Ana Mato, molesta por la dificultad endiablada de pronunciar aquel nombre–. Le ruego sea breve, aún me queda por despachar una multitud de asuntos.
– Le reitero mis disculpas, no es mi intención hacerle perder el tiempo, iré al grano. Tengo el VIH desde hace dos años y estoy en tratamiento de antirretrovirales. Gracias a ellos aún me conservo con vida.
– ¿Y cuál es el problema?
– Que no encuentro trabajo por más que busco y me es imposible darme de alta en la seguridad social. Aunque estoy empadronado en un pueblecito de Murcia, donde trabajé durante más de cinco años de peón de albañil para una constructora, PROMOCIONES MEDITARRANEAS S.A., el doctor Martínez se niega a atenderme y le echa la culpa a usted. Me dice algo de un decreto según el cual con empadronarse no sería suficiente para obtener la tarjeta sanitaria. Estoy seguro de que me miente ese matasanos. Necesito Sra. Ministra ese tratamiento o moriré -y el verbo gimió en el aire como una sentencia.
– Pues me temo que le ha dicho la verdad. Comprendo su preocupación señor Habarimana, pero habrá oído en los noticiarios que tenemos un enorme déficit público y gracias a esa medida pretendemos ahorrar 500 millones de euros.
– Si no le importa -precisó con determinación no exenta de humildad- es Habyarimana, que significa "el engendrado de Dios" en mi idioma. Perdone mi atrevimiento, pero según cálculos de expertos citados en el diario el País -en mis ratos libres me gusta leer en su idioma- en la hipótesis más favorable para usted el ahorro sería de 240 millones, menos de la mitad.
– Da igual –respondió bruscamente sin poder disimular el malestar que le causaba que un irregular se atreviera a contradecirla–  son muchos millones en cualquier caso. Aunque no lo entienda, este tipo de medidas tranquilizan a los mercados.
– Pero estamos hablando de mi vida Sra. Ministra y de la de 150.000 personas.  ¿Me está tratando de decir que un país democrático, que reconoce los derechos humanos en su constitución y que ha firmado todos los tratados internacionales nos dejará desamparados ante la enfermedad tan solo para disminuir la prima de riesgo?
– No crea que para mí es un plato de gusto, pero comprenda que la situación económica lo requiere. Es una cuestión de responsabilidad –concluyó taxativa.
– No quisiera parecer insolente Sra. Ministra, pero ustedes, en Abril del 2012, votaron en contra de instaurar un impuesto a las grandes fortunas, del que se habrían recaudado mucho más de 500 millones de euros. ¿Quiere decir que liberar a los más ricos de una pequeña carga le importa más que la salud de 150.000 personas?, ¿le parece mejor rescatar a los bancos de una quiebra merecida que a sus víctimas, los más pobres, de una muerte no merecida?
– La ministra, entre aturdida  y violenta por la osadía de aquel joven inmigrante le espetó iracunda: ¡pero ellos crean riqueza y ustedes no!
– No sé si le dije antes que he sido albañil desde que llegué a España. ¿Quién cree Sra. Ministra que ha construido las miles de viviendas, naves, escuelas, chalets y  hospitales en los años de bonanza sino gente miserable como yo? Y si no es bastante con la contribución de nuestro esfuerzo, sepa que soy de Rwanda –y al decir Rwanda una mueca de sutil orgullo iluminó sus ojos.
– ¿Qué tiene que ver Rwanda en todo esto?
– Que parte de la riqueza de mi tierra, una tierra colmada de minerales, está en países como el suyo. El ordenador que reposa sobre su mesa y el móvil que tiene en su bolso se fabrican con coltán de las minas de mi país. Y son las grandes corporaciones las que lo explotan a cambio de un pequeño porcentaje que ofrecen como soborno a mi gobierno. Si los ingresos retornaran allí no tendría que estar ahora suplicándole que me ayudara.
– Eso dígaselo a su gobierno corrupto, no a mí.
– Sus empresas hablan con mi gobierno, yo no. No se enoje conmigo ni crea que he venido a discutir con usted. Pero, ya que me dice que es una cuestión de contabilidad, ¿ha tenido en cuenta que esta medida saturará las urgencias, donde el coste por paciente es mayor y es más frecuente la hospitalización?, ¿ha calculado el valor económico y el riesgo para la salud pública que representarán enfermedades infecciosas, como la tuberculosis o la malaria, si quedan fuera de control sanitario?
 Ana Mato ya no aguantaba más a aquel ilegal impertinente y haciendo honor a su apellido le espetó con sequedad: –No le corresponde a usted gobernar, sino a nosotros, señor como se llame.
– Jamás vendría a molestarla con mi charla, pero es que me estoy muriendo -al decirlo todo el terror y la angustia largo tiempo contenida se precipitaron en su rostro-. ¿Comprende lo que eso significa? ¡Mire mis manos, las manchas de mi piel, tengo llagas en la boca, un simple resfriado se puede convertir en neumonía...!
– Le repito que lo lamento, no está regularizado y la gente  como usted suele abusar de la sanidad pública. Han convertido la sanidad en turismo. Tiene suerte de que lo escuche y no lo mande deportar en este mismo instante.
– Se equivoca Sra. Ministra -su tono asertivo denotaba un cierto nerviosismo, tal vez debido a la percepción de la falta de compasión de la Ministra-, usted se refiere a quienes vienen de países ricos atraídos por la gratuidad y prestigio de la sanidad española, yo vine en una patera huyendo de la miseria. Los que venimos de África estamos sanos, pues de otro modo moriríamos en el camino. Nos están condenando a muerte con mentiras. Sabe de sobra que según las estadísticas oficiales mientras el 57,7 por ciento de los españoles utilizaron su centro de salud el año pasado sólo el 12 por ciento de los inmigrantes lo hicieron.
– Le ordeno que se marche sr. Habarimana, ya ha podido expresar su opinión. Está empezando a agotar mi paciencia.
– Ayúdeme Sra. Ministra, se lo ruego –una insoportable sensación de impotencia contraía sus facciones y le desgarraba la voz– ¡No lo haga por mí, hágalo por mis hijos!, ¿qué futuro les espera si muero?, ¡hágalo por mi familia en Rwanda!, ¿cómo podrán sobrevivir si no les ayudo?, ¿qué será de  mis padres, de mis amigos, de mis parientes? ¡Hágalo por mi mujer, también está en paro, acabará haciendo la calle si no encuentra otra forma de mantener a los niños! 
– ¡Guardias! ¡Guardias! llévense a este hombre, apártenlo de mi vista y deténganlo, si es necesario, por desacato! 
         Y los policías se llevaron a aquel hombre a la fuerza mientras el eco de su ruego desesperado retumbaba, como un letal repique de tambores, por los pasillos del Ministerio: ¡No me deje morir, por el amor de Dios, soy un ser humano,…!
         Quince meses después de este encuentro, un domingo por la mañana en misa de doce ocurrió algo extraño y ciertamente perturbador mientras la Sra. Ana Mato, católica desde niña, escuchaba el sermón en la catedral de la Almudena. Un chico color caoba, de unos trece años de edad, visiblemente compungido vino hacia el banco donde estaba sentada. Los guardaespaldas trataron de impedirlo pero ella los frenó, no era decoroso en la iglesia protagonizar una escena tan poco edificante como la detención de un niño.
       Cuando lo tuvo delante, tanto su osadía –abordar nada menos que a una Ministra en la iglesia– como la expresión de sus ojos, le hicieron recordar a alguien que hacía mucho tiempo había pasado por su despacho. Era sin duda el hijo de aquel ruandés con sida, el tal Habyarimana.
Por el dolor que se reflejaba en su rostro adivinó el reciente fallecimiento de su padre y se sintió turbada al ver la seriedad de adulto en aquellos ojos adolescentes.
– ¿Qué es lo que quieres de mí muchacho?
Y el muchacho, con mirada afligida y penetrante, le respondió: “Porque tuve hambre y me diste de comer, estaba desnudo y me abrigaste, enfermo y me curaste, sin techo y me alojaste en tu casa. Porque cuanto hiciste con cada uno de estos más débiles, lo hiciste conmigo”  Y Ana Mato, al darse cuenta de quién era el hombre que verdaderamente estuvo en su despacho, lloró amargamente.


Nota: El día 9 del mayo de 2112 Ana Mato, presionada moralmente por la opinión pública, se vio forzada a declarar en la cadena ser que los enfermos de sida y cáncer mantendrán su cobertura sanitaria, frente a sus planteamientos iniciales. Lo que solo es un pequeño paso en la buena dirección, aquella que corresponde a una sociedad madura y democrática que asume el deber de proteger a los más débiles. Pero lo pequeño, aunque insuficiente, es hermoso. Feliciano

lunes, 30 de abril de 2012

COOPERATIVA INTEGRAL. UNA PROPUESTA VIABLE PARA EMPEZAR A CONSTRUIR, AQUÍ Y AHORA, LA UTOPÍA


     

















A todos aquellos que se afanan en construir las piezas de una estructura social  susceptible de ser administrada por ciudadanos corrientes.


I. El inicio: Muchos solos

Hubo una vez cien personas normales con sensibilidad social, que vivían disgregadas, produciendo y consumiendo en solitario, como el resto de la gente de aquel entorno individualista y mercantil.  Personas cuyos ingresos medios rondaban los mil euros mensuales, estando algunas de ellas, veinte en concreto, en situación de desempleo. Estos cien ciudadanos se comportaban, muy a su pesar, como consumidores pasivos e irresponsables, comprando sin otro criterio que el precio y la comodidad, optando normalmente por lo más barato, acudiendo a las grandes superficies y surtiéndose de las marcas más conocidas. Les faltaba motivación, tiempo e información para elegir de forma crítica, por lo que caían bajo la influencia de los patrones que dictaba la publicidad, aún en contradicción con sus principios.


Algo similar les ocurría como productores, donde su situación oscilaba entre el desempleo, contratos precarios y sueldos bajos. No disponían de patrimonio familiar para montar un negocio por su cuenta y su única posibilidad de trabajar consistía en prepararse una oposición u ofrecerse como asalariados al mejor postor, aceptando, casi con entusiasmo debido a la escasez de oportunidades, las condiciones del empleador a cuyos beneficios contribuirían de por vida.
Cuando no trabajaban era aún peor, porque entonces se volvían invisibles, los atenazaba la angustia y un sentimiento de inutilidad. Ancianos, parados, enfermos y amas de casa se sabían al margen de todo lo importante, excluidos de la vida social.
Los cien sobrevivían desconectados, salvo de su familia y amigos, red insuficiente ante la emergencia de la enfermedad o el  paro crónico. A menudo se sentían solos, ocupando el escaso tiempo libre en placeres pasivos como ver la televisión o ir de compras, y para escapar a esta persistente sensación de soledad se incorporaban a clubes de fútbol de donde obtenían una mínima sensación de pertenencia y un motivo para iniciar las conversaciones.
Habían perdido la fe en el ser humano y desconfiaban, tan impotentes se sentían, de su capacidad para cambiar el mundo; incluso los pequeños detalles de su vida cotidiana parecían formar parte de un orden extraño, gobernado por leyes inexorables que difícilmente comprendían. Lamentos y quejas se sucedían continuamente en su interior, haciendo de ellos nada más que meras víctimas, marionetas de una historia en la que eran otros los que escribían el guión. La única base de su dignidad ciudadana consistía en elegir cada cuatro años entre dos únicos partidos, con idénticas políticas, que gestionaban el infierno de manera diferente pero que se empeñaban con tenacidad en permanecer en él.


II. Un nuevo pacto social

A la ansiedad de una vida excesivamente incierta, fuera de su control y tan alejada de los sueños de juventud,  se sumaba la angustia por el futuro de sus hijos y el hartazgo de ver cómo una minoría poderosa se alzaba con el timón de las instituciones democráticas para enriquecerse de manera desmedida y despiadada, saqueando el ya de por sí menguado estado de bienestar, recortando derechos, abaratando el despido, privatizando servicios y condenando a la miseria a millones de ciudadanos, mientras nadie parecía reaccionar de otro modo que no fuera el enfado y la resignación. A fuerza de soportar agresiones, catastróficos presagios y malas noticias, empezaba a instalarse entre ellos una suerte de depresión colectiva, un aprendizaje público de la desesperanza.
Hasta que cierto día de la primavera de 2012, los cien protagonistas de la historia decidieron congregarse en una tertulia improvisada  para hablar de sus sueños de una vida mejor. Aparcaron por un momento el fatalismo que los paralizaba para dejar libre su fantasía, el revolucionario poder de la imaginación,  comprobando en días sucesivos, tras apasionantes discusiones en torno a la justicia, que eran sorprendentes las coincidencias de lo que entendían por una vida buena, el mundo en el que hubieran deseado vivir y ofrecer a sus hijos. Los acuerdos se condensaron en una declaración de principios, las directrices de  un modelo económico alternativo cuyo objetivo no fuera el crecimiento ni la búsqueda del beneficio inmediato, sino el modo de dar cumplida satisfacción a las necesidades de todos, preservando la democracia en las decisiones y la administración eficiente de recursos escasos. Tan ilusionados y conmovidos estaban que los enmarcaron como si se tratara de una carta magna, el preámbulo de una constitución aún más sagrada que la de su nación –secuestrada por los mercados–, la expresión de una verdadera voluntad soberana. He aquí algunos de ellos.

       I.      Los ingresos serían proporcionales al trabajo realizado y no al capital invertido.
    II.      Quien trabaja debe determinar de forma significativa su actividad productiva y el producto de su trabajo.
 III.      Lo que se consume ha de ser compatible con la preservación del medioambiente y los derechos de las futuras generaciones.
IV.      La felicidad no se basa en el nivel de consumo sino en el desarrollo de las capacidades humanas.  
 V.      En una sociedad madura una parte creciente de los intercambios escapan al mercado, es decir, se basan en gestos de altruismo espontáneo, donde cada cual aporta lo que puede y recibe lo que necesita.
VI.      Los derechos de seres vivos y animales son respetados.
VII.      Todos los trabajos socialmente necesarios son equivalentes en valor.
VIII.      Los bienes y servicios producidos deben poseer la máxima calidad y duración que sea técnicamente posible.
IX.      Las necesidades básicas deben están cubiertas para todos de un modo público y gratuito.
   X.      Los créditos para financiar una iniciativa económica han de obtenerse en función de su viabilidad económica e interés social y no exclusivamente por los avales de que se dispone.
XI.      Las relaciones entre las personas han de ser prioritariamente de cooperación y no de competencia.
XII.      Es un deber de todos evitar los intercambios desesperados, basados en la necesidad.
XIII.      El trabajo ha de repartirse, no debiendo ocupar más de treinta y cinco horas semanales, para hacer posible tanto la conciliación familiar como el ocio creativo.
XIV.      Mujeres y hombres gozan de idénticos derechos y deberes.
XV.      Nadie debe ser excluido por no tener un trabajo remunerado, la pertenencia social se adquiere por la condición de personas y ciudadanos.
XVI.      Se ha de buscar la consenso antes que la mayoría.
XVII.      La asamblea es la única base legítima del poder soberano. Hay que minimizar en lo posible la representación política, sustituyéndola por portavocías con mandatos específicos y cargos revocables en todo momento.

Tras leerlos en común de una forma solemne, algo extraño y fundamental ocurrió: aunque seguían siendo cien, por un momento se sintieron como si fueran uno solo. Se había inaugurado, mediante un inédito pacto social, un modelo de sociedad diferente, al que a partir de ahora y para siempre serían leales.  Decidieron entonces abrir un proceso constituyente cuyo sujeto sería la asamblea de cien ciudadanos libres, a la que podrían agregarse quienes compartieran los valores fundacionales. Su cometido inmediato: articular jurídicamente los principios, dar expresión a su libertad colectiva.
 

III. Creación de un mercado único. Asociación de consumidores.

A los pocos días, los cien ciudadanos se reunieron en un local del Ayuntamiento, y tras haber constatado que compartían la mayor parte de los principios de lo que debería ser una sociedad igualitaria, decidieron formar una asociación de consumidores, como un primer paso que les aproximara a  la utopía. Aunque en todos se albergaba un terco poso de escepticismo, un aciago  presentimiento de fracaso, consideraron que bien valía la pena sucumbir en el intento antes que, por temor, ni siquiera intentarlo.
Era firme su voluntad y clara la meta, pero les faltaban los medios para llevarla a cabo. Los principios dejaron espacio a los cálculos. Ya que los gastos mensuales de cada uno oscilaban en torno a 800 euros, dejando doscientos para ahorro, suponía 80.000 euros al mes el coste total de los bienes y servicios con que satisfacían sus necesidades. Aparte lógicamente de los impuestos como IVA, IRPF, tasas municipales o cotizaciones a la seguridad social con los que contribuían, proporcionalmente mucho más que los ricos, a los gastos del Estado.  
Era simple cuestión de números. Si estos gastos necesarios y habituales, en su mayor parte idénticos: alimentación, ropa, móvil, hipoteca, material escolar, productos de limpieza, servicios jurídicos, gestoría, combustibles, mantenimiento de la vivienda o taller mecánico, etc., los realizaban al por mayor, como un solo comprador, y evitaban los intermediarios, los márgenes de ahorro serían importantes.
Bastaría un descuento del 7% para economizar  5.600 euros al mes, con los que podían crear una central de compras y ofrecer empleo a uno de los asociados, que actuaría como responsable de la gestión, hablando con tiendas, profesionales y proveedores, encontrando canales de distribución y estudiando el modo de abaratar hasta el mínimo euro. Para darle a este empleo y a los que pudieran crearse una cobertura legal constituyeron una cooperativa de trabajo asociado, que complementara a la asociación de consumidores, mientras estudiaban la conveniencia de transformarse en cooperativa de consumo, que genera mayores descuentos, al poder comprar directamente a los mayoristas, pero con el inconveniente de tener que tributar como una empresa.
 Con el ahorro obtenido pudieron igualmente alquilar un local, como sede de la asociación, donde realizar sus apasionadas deliberaciones, que sirviera simultáneamente como centro de distribución y almacén de abastos, ecotienda de productos ecológicos abierta al público y espacio lúdico donde esparcirse agradablemente y  promover su filosofía, desplegada en la decoración, la música, los iconos de las paredes o la calidad de los productos ofrecidos.


IV. Cooperativa de trabajo asociado. Nace la cooperativa integral.

Se constituyó para ello una nueva sección de venta de productos dentro de la cooperativa de trabajo asociado, que ofreció empleo a otra persona de la asociación. Para dar forma legal a esta red de autogestión social y apoyo mutuo se adoptó la fórmula de cooperativa integral, recogida de la legislación estatal, por incluir en una unidad orgánica diversas modalidades cooperativas y dentro de cada una de ellas diversas secciones. La cooperativa integral sería la unidad económica de producción y consumo de la nueva democracia integral que pretendían construir a gran escala, su germen y maqueta. La asamblea aprobó que el precio de los productos para las personas que no pertenecieran a la asociación fueran los de mercado, así habría un estímulo económico más para afiliarse a la misma. Salvo con una excepción, a las personas sin recursos se les ofrecían a precio de coste.
La fuerza de una demanda tan numerosa no solo se utilizaba para obtener descuentos en el precio, sino también para exigir una serie de criterios compartidos, consensuados por todos, un código de consumo responsable coherente con los principios estatutarios, con los que seleccionar los bienes y servicios consumidos. Las instrucciones dadas al responsable de compras eran taxativas: dentro de las opciones disponibles para satisfacer una necesidad se debía dar preferencia a productos que no dañaran al medioambiente, que garantizaran condiciones animalmente dignas, jamás comprar productos en cuyo proceso de fabricación existieran indicios de explotación laboral, favorecer el pequeño comercio local antes que las grandes superficies, comprar directamente a los productores sin intermediarios y, por supuesto,  asegurar mayor calidad y duración, nada de obsolescencia programada.
Para verificar estas condiciones se contactaba con empresas que dispusieran de sellos de responsabilidad social corporativa o de etiquetados fiables de sus componentes y condiciones de producción. En los casos de autónomos la  cooperativa realizaba su propia auditoria sobre el terreno antes de adquirir el producto. De este modo llegó la primera consecuencia de su nueva forma de estar en el mundo: el dinero de aquellos cien ciudadanos estaba al servicio de un consumo crítico y trasformador. Con el ahorro de sus gastos corrientes compartidos habían extraído el capital inicial que serviría para financiar  un proceso de transformación colectiva.
Un criterio que no estuvo exento de polémica establecía que siempre se daría prioridad a los bienes y servicios procedentes de empresas cooperativas y autónomos, evitando en lo posible negociar con la empresa tradicional, es decir,  aquella donde la figura del empresario y el trabajador no se reunían en la misma persona. Se rechazaba así como inmoral  e ineficiente cualquier unidad económica donde alguien fuera reducido a la condición de mero coste productivo, se le excluyera de las decisiones que afectaban a su actividad creadora y al producto de su trabajo, y donde únicamente los propietarios de capital tuvieran el derecho a asumir la responsabilidad de las decisiones,  soportar los riesgos y apropiarse íntegramente de los beneficios socialmente producidos. Quien tenía una buena iniciativa económica tenía solo dos opciones legítimas: o llevarla él solo a cabo con el concurso de su familia o convencer a otros socios para realizarla juntos. Los medios productivos no estarían, al menos en ese pequeño espacio, separados del trabajador.
Se consideraba injusta porque un trabajador no es una mercancía, una herramienta creada para ejecutar las órdenes de otro, sino un agente activo y trasformador, deshumanizado por un modelo de empresa tiránico y obsoleto, que se mantiene todavía vigente por un acto de violencia estructural legitimado por el Estado. Ineficiente porque cualquier productor estaría más motivado en su trabajo si supiera que la empresa en la que ocupa su tiempo es suya, y participara en sus decisiones y  beneficios. Por esa razón se decidió el modelo de cooperativa de trabajo asociado para dar cobertura jurídica a los puestos creados a partir de la asociación de consumidores y su mercado común de 90.000 euros al mes.
 En una cooperativa cada socio cuenta con un voto, los ingresos se perciben en función de la actividad realizada y no del capital aportado, es voluntaria la afiliación y el cese, y pueden vincularse fácilmente entre sí en unidades superiores de segundo y tercer grado, a diferencia del resto de fórmulas empresariales: ya sea sociedades anónimas, sociedades limitadas o comunidad de bienes.  Así se asestaba un certero golpe, aunque fuera insignificante en términos cuantitativos, al capitalismo en su eje de flotación. No se habían ganado las elecciones ni tomado el poder del Estado, pero a escala reducida, en un diminuto laboratorio de vida social, cien personas estaban generando un célula socioeconómica cuyo ADN era ajeno e incompatible con las relaciones capitalistas.
 Por esta misma filosofía que se decantaba por la cooperativa de trabajo asociado como estructura asamblearia, abierta y equitativa, que rechazaba comerciar con modelos empresariales autocráticos, se convino que no se podría contratar a ningún trabajador por cuenta ajena salvo como período de prueba antes de convertirse en socio de pleno derecho. La organización debía preservar su carácter horizontal y democrático. También se acordó que todos los socios, cuyas secciones gozaban de cierta autonomía económica, tuvieran unos márgenes salariales prefijados por la asamblea, a fin de evitar abusos o el deseo de enriquecimiento. La norma era que en caso de existir beneficios estos deberían reinvertirse de modo preferente para crear nuevos puestos de trabajo entre los asociados, amén de limitar la jornada laboral a treinta y cinco horas semanales.


V Se multiplican las secciones productivas.

Pero volviendo al tema del ahorro, otra estrategia de la asociación consistió en realizar un estudio contable pormenorizado de cada una de las necesidades de los cien miembros –desde la alimentación hasta los detergentes, pasando por el agua o el gasoil–, llegando a la conclusión de que en algunas de estas partidas el volumen de compra era suficientemente importante para  constituir una sección específica de producción. Así se creó el huerto ecológico, con gallinero incluido, que surtía de alimentos sanos y frescos a la asociación: pimientos, tomates, pepinos, melones, huevos, conservas, carne o cereales libres de una infinidad de toxinas industriales.
Dos miembros de la asociación, que disponían de un pequeño terreno, planificaron la cosecha para abastecer la demanda mediante la entrega de cestas periódicas con productos ecológicos de temporada, cultivados sin pesticidas ni herbicidas. Y, en el caso de la carne, sin necesidad de someter a pollos y gallinas al terrible estrés de vivir hacinados y enjaulados de modo permanente, como si se trataran de simples máquinas de producir carne y huevos, en vez de seres vivos.   
Otra sección que se estimó conveniente crear fue un servicio de cocina, debido a que preparar la comida cada día era una actividad incómoda: prever, comprar, guisar, fregar, etc., en la que se invertía excesivo tiempo y dinero  cuando se hacía de forma individual. Cincuenta personas acordaron y encargaron a la sección de cocina un menú básico que podría realizarse en enormes ollas a fuego lento. De este modo se pudieron crear dos puestos de trabajo de cocineros cuyos platos costaban tres euros a los socios, y que también se ofrecían al público exterior. Fue tal  la acogida que recibió el proyecto entre la población que pudo incorporarse a un nuevo socio. Al adquirir los productos a la sección hortícola se abarataban costes y se garantizaba su calidad y sabor.
También se consideró la posibilidad de sustituir un importante número de calderas de gasoil por otras de biomasa, donde con los propios sarmientos triturados y prensados en unos dispositivos artesanos se pudieran abastecer de combustible. Un último ejemplo de ahorro se realizó con el material escolar, toda vez que la junta de comunidades había renunciado a su programa de gratuidad. Los libros se compraban también al por mayor, estableciéndose un sistema de traspaso, tras ser usados, entre los hijos de los socios. No me referiré a la promoción de viviendas de protección oficial construidas por la propia cooperativa, por tratarse de un capítulo excesivamente prolijo.
Ni qué decir que los autónomos vinculados a la asociación vieron beneficiados sus negocios con una clientela segura y fiel, siempre lógicamente dentro de los márgenes de calidad y descuentos negociados con la asociación.
Se creó también, cómo no, un yacimiento de empleo, que ayudaba a encontrar trabajo a los socios desempleados, estudiando cuidadosamente las necesidades que pudieran estar sin cubrir dentro de la asociación, en los negocios de los asociados, o en el mercado laboral local y de los pueblos colindantes. Y así nacieron secciones cooperativas de ayuda a domicilio,  pintura, creación de páginas web, fontanería, venta de bienes de segunda mano y hasta una pequeña editorial. Se tenían en cuenta para ello las aptitudes de los desempleados, sus intereses y experiencia, y en algunos casos se les aconsejaba la realización de cursos de formación.
Facilitaba la contratación externa de miembros asociados el que fuera una consigna estatuaria que todos los bienes y servicios producidos por la cooperativa debían ser realizados al mejor precio y con la máxima calidad, prontitud y respeto al cliente, como corresponde a productores libres y honrados. De ese modo el prestigio de la cooperativa pronto se difundió por todos los rincones y se incrementaron sus socios y clientes.
No conformes con modificar políticamente el entorno mediante sus decisiones económicas, los más comprometidos gestaron en sus ratos libres un servicio de información y denuncia pública, que proponía a la asamblea protestas, sabotajes o campañas colectivas contra todo aquello que se estimaba injusto y abusivo: un médico que trataba mal a sus pacientes, una compañía de móvil que realizaba propaganda agresiva, un desahucio, el maltrato animal, la venta de productos trasgénicos o una decisión del gobierno que recortaba derechos o degradaba los servicios públicos.
 Así se evitaba tener que hacer frente a las agresiones del sistema de manera individual y se incrementaba la eficacia de las acciones reivindicativas. El fin no era crear una fortaleza autárquica en la que evadirse de las presiones externas, sino un foco de conciencia y resistencia cívica, una herramienta eficaz de trasformación social.
  

VI. Practicando la reciprocidad. El banco de tiempo.

Aparte de abaratar los bienes procedentes del exterior y generar empleos en el interior, la asociación decidió crear un banco de tiempo para intercambiar servicios entre los asociados. Llegado el momento hasta se planteó acuñar una moneda social propia, convertible en euros, para tasar los bienes y servicios entre los socios y hacer posible que la riqueza se quedara en el mismo lugar donde se produjo. El tiempo de trabajo necesario para realizar un servicio, medido en unidades horarias, sería la base del precio.
Los miembros de la asociación, mediante este sistema canjeaban horas de jardinería por horas de canguro, clases de matemáticas por declaraciones de la renta, pequeños arreglos de albañilería por horas de planchado de ropa, acompañamiento de ancianos por nociones de esparto, recogida de niños en el colegio por trasportar al hospital a enfermos de diálisis. Además, periódicamente, se intercambiaban conocimientos sin coste económico alguno: didácticas iniciaciones a Internet, técnicas de resolución de conflictos, clases de yoga, inglés, fotografía, pintura, historia, bolillos, economía, manualidades o filosofía.
De este modo los talentos y capacidades de los miembros se multiplicaban exponencialmente y se estimulaba el aprendizaje de todo tipo se saberes y destrezas, siendo frecuentes las actividades deportivas compartidas, muchas de ellas en contacto con la naturaleza, como el senderismo y la escalada, con lo que apenas quedaba tiempo para ver la televisión por parte de los adultos o para aficionarse a las drogas por parte de los jóvenes. Quienes gestionaban el banco de tiempo, poniendo en contacto a los demandantes con los oferentes, cobraban también en tiempo, beneficiándose de los servicios ofrecidos.
 Los valores que un banco de tiempo poseía frente a la economía formal eran los siguientes:
–Creaba un espacio de encuentro donde los miembros podían romper su aislamiento, restableciendo los lazos de cooperación tal y como existían en las sociedades tradicionales. Los intercambios generaban vínculos de confianza, compromisos cívicos y ayuda mutua, lo que incrementaba la cohesión  y provocaba un desconocido sentimiento de pertenencia.
–Estimulaba las capacidades y talentos de las personas con independencia de sus circunstancias (género, situación laboral, nivel cultural o edad) lo que aumentaba la autoestima y autorrealización personal, haciendo aflorar nuevos recursos  que permanecía invisibles para la economía formal.
– Al valorar exclusivamente el tiempo de duración del servicio igualaba en importancia todas las actividades humanas. Las horas del médico, el ministro y el banquero equivalían en un banco de tiempo a las del agricultor, el albañil o el fontanero.
–Su premisa fundamental es que las personas, sus fortalezas,  capacidades, talentos y habilidades son lo que produce la riqueza. Todos pueden ser contribuyentes y beneficiarios de esta riqueza humana.
–Se redefine el trabajo, que ya no es  limitado a aquellas actividades que producen ingresos, incluyendo con idéntica importancia actividades excluidas del mercado como el cuidado de niños y ancianos, la atención a los enfermos y personas vulnerables, la experiencia de los ancianos o simplemente hacer la comida.
–La idea de reciprocidad dignifica al receptor de ayuda, al que ya no se le considera un insolvente, el objeto de nuestra caridad. Se extiende la idea de que todos tenemos necesidades y fortalezas que pueden convertirnos en receptores, contribuyentes y donantes.
–Por último supone una importante forma de ahorro, ya que en vez de pagar como antes los servicios recibidos con dinero, se pueden adquirir directamente prestando servicios a otros, en actividades de nuestro agrado.

También los niños, los ancianos, las amas de casa y los parados participaban de un modo especial en el banco de tiempo donde se sentían útiles y no excluidos. Los niños, por ejemplo, se ejercitaban en la reciprocidad ayudándose mutuamente en sus estudios, de modo que los alumnos de los cursos superiores supervisaban y ayudaban a los de los inferiores a cambio de que estos hicieran lo propio con los que aún eran más pequeños. Los padres se sentían felices de que sus hijos aprendieran con la práctica valores de la sociabilidad y estuvieran protegidos por una red social tan amplia y numerosa.




 VII. Reducir las necesidades

Pero si existía un asunto donde los cien destacaban de modo ejemplar sobre el resto de ciudadanos era en cuanto a la relación que deseaban alcanzar con el medio ambiente. Pretendían nada menos que sustituir el paradigma de la dominación del hombre sobre la naturaleza por otro basado en la integración. Si algo los hacía peculiares era esa sensación de vivir relajados, en contacto consciente con la vida, realizando siempre los trayectos cortos andando y en bicicleta.
Eran firmes defensores de la economía del  decrecimiento, es decir, de la disminución regular y controlada de la producción económica con el objetivo de establecer una nueva relación de equilibrio entre el ser humano y la naturaleza. Rechazaban la obsesión por crecer que rige la economía capitalista, al considerarla social y ecológicamente insostenible.
Todos tenía claro el carácter autodestructivo de esta lógica, que comparte tanto el neoliberalismo como la socialdemocracia, para la que el objetivo de la política económica no es otro que facilitar el incremento ilimitado de la tasa ganancia, lo que debe implicar un aumento continuo de la producción y en definitiva del consumo, que se consigue  multiplicando artificialmente las necesidades de la población. 
Dado que la capacidad de regeneración de los ecosistemas naturales, de donde se extraen los recursos  –y vierten los desechos– necesarios para ese proceso sin fin, es limitada, tiene que haber un momento, desgraciadamente inminente, donde se producirá un colapso ecológico. De no actuar urgente y razonadamente, los países llamados civilizados llegarán a una situación de decrecimiento forzado debido a la escasez de recursos, a resultas del hundimiento sin fondo del capitalismo global.
Y si el capitalismo es incapaz, por su esencia, de frenar esta tendencia suicida debido a que el incremento de los beneficios es el motor que lo mantiene con vida, tampoco las actuales instituciones democráticas están a la altura del reto que implica exigir a sus ciudadanos la moderación en el consumo, a sabiendas del coste electoral que supondría a corto plazo.
Una sociedad adicta al consumo no permitirá que con su voto se produzca una reducción de los bienes y servicios consumidos, antes bien elegirá la máxima: después de mí el diluvio. De ese modo, la superviviencia de la humanidad dependía de que funcionara la cooperativa integral, único marco institucional en el que se puede llevar a cabo un consumo racional y sostenible, que tenga en cuenta la finitud del planeta tierra y su incapacidad para soportar un crecimiento ilimitado
Lo sorprendente del caso es que el reto que parecía un gigante invencible resulto ser tan solo la sombra proyectada de un enano. La creación de un estilo de vida basado en la simplicidad voluntaria, que apuesta por energías renovables, el reciclaje y la reducción de las necesidades,  no solo no supuso una disminución de la felicidad, sino todo lo contrario. La autorrealización, el aprendizaje del placer consciente y el cultivo del hábito de la plenitud permitieron superar el vacío existencial que crea la sociedad de consumo. Fue como un gran despertar. Pronto reconocieron que su anterior vida se basaba en una gran mentira: la ecuación entre bienestar material y felicidad. El desafío consistía en vivir mejor con menos.

VIII. Soberanía financiera. La banca ética y cooperativa.

Un problema que pronto se planteó en asamblea era cómo obtener financiación para la creación de nuevas secciones. Todos estaban de acuerdo en que en coherencia con el código ético de la asociación no podían depositarse ahorros, concertase créditos ni mantener hipotecas en bancos en los que pudieran financiarse actividades socialmente nocivas (armamentos, energías fósiles, juego, tabaco, prostitución, etc.), donde los beneficios no revertieran en empleo y mejoras sociales, los sueldos de los ejecutivos no fueran similares a los de un trabajador cualquiera, las decisiones y dividendos dependieran de la cantidad de acciones disponibles, no reinara una total transparencia en la gestión o se especulara en los mercados financieros con los depósitos de los ahorradores.
 Fueron varias las estrategias adoptadas para obtener crédito al margen de la banca tradicional y convertirse por primera vez en dueños del destino de sus ahorros. Si algo quedaba claro es que disponer de financiación debía ser considerado un derecho social fundamental, gestionado por medio de una banca pública o de forma cooperativa.
Por ello algunos socios propusieron  crear una delegación local de entidades de la llamada banca ética como Fiare, Triodos bank, Coop 57 o JAK, en alguna de las cuales ni siquiera se cobraban intereses (estimados ilegítimos dado que el banco no asume riesgos ni invierte trabajo), las directrices de la gestión se decidían de forma asamblearia, los préstamos se concedían por su interés social y no solo por su rentabilidad económica o garantías patrimoniales, se prohibía la especulación financiera, se mantenía un equilibrio entre crédito y ahorro que evitaba el riesgo de quiebra, no se financiaban actividades socialmente irresponsables, las situaciones de impago se intentaran resolver de forma negociada y los sueldos de los socios trabajadores eran decididos de común acuerdo.
Una estrategia complementaria de financiación consistió en crear una sección de crédito dentro de la propia cooperativa y vincularla con la banca ética, lo que es autorizado por la ley estatal siempre que no se comercie con el exterior. A través de esa sección numerosos socios se comprometieron a ahorrar la cantidad de doscientos euros mensuales, con los que financiarse mutuamente o capitalizar las nuevas secciones creadas, y cuyos responsables luego devolverían en periódicas amortizaciones sin intereses o en un interés convenido. La sección de crédito cooperativo se basaba en los mismos preceptos con los que se pide un préstamo a la familia o a los amigos para iniciar un negocio. Compartir el crédito y asociarse a la banca ética eran las únicas formas de garantizar la soberanía financiera de la cooperativa.


IX. Más allá de la lógica del cálculo. La ayuda mutua

No sería pertinente olvidar que cuando un miembro se quedaba desprotegido por haber agotado la prestación por desempleo y carecía de recursos de subsistencia, o una socia era objeto de maltrato, como todos conocían su situación, trataban de paliarla de diversos modos. Uno de ellos consistía en proporcionar al desempleado una ayuda básica en especie de las distintas secciones a cambio de realizar determinados trabajos necesarios para la cooperativa o contratar colectivamente un seguro de desempleo para quien pudiera necesitarlo. Mientras que la maltratada era defendida de la violencia machista con todos los medios legales y, físicos, llegado el caso. La defensa de su vida era más respetable que la ley.
 Si por algo se distinguía la cooperativa integral es porque a nadie se le dejaba desamparado ante la adversidad ni se miraba para otro lado cuando alguien sufría. No valía el “sálvese quien pueda” de su antigua vida. Por mucho que arreciara la tormenta, los cien se apiñaban para que ningún socio, vinculado a ellos por sueños y principios, quedara abandonado a su suerte.
Y es que no todo eran intercambios tasados monetariamente en tiempo o dinero, también se producía ayuda mutua de forma espontánea, no registrada en un debe y un haber. La confianza hacía que las personas fueran algo más que compradores y vendedores, algo más que un recurso con el que satisfacer una necesidad. Pronto se dispuso la primera tienda gratis, a la que todos llevaban lo que no utilizaban: ropa, libros, electrodomésticos, herramientas, para que quienes los requerían pudieran servirse de ellos sin tener que ofrecer nada a cambio. Así, por momentos, con estos pequeños gestos de entrega no calculada, disfrutaban anticipadamente de la sensación de residir en la sociedad humanamente perfecta, a la que cada cual contribuye en razón de su capacidad y recibe en función de su necesidad.


X. Los conflictos

Sería ingenuo pensar que todo era perfecto y que en la cooperativa no estallaban a menudo conflictos de cierta importancia. Envidias, suspicacias, antipatías naturales, habladurías y rivalidades se originan siempre en la convivencia. Lo que ocurre es que en organizaciones jerárquicas estos enfrentamientos se vuelven invisibles porque la parte más débil (el trabajador) tiene que someterse al dictamen de la parte más fuerte (el empresario). Dando la impresión de que un régimen autoritario, como el de la empresa tradicional, resulta más operativo en términos de competitividad que un sistema asambleario, en el que todos pueden opinar y  decidir.
Pero esto, hasta cierto punto había que contar con ello y más que un problema de la cooperativa debía ser asumido como un problema existencial irresoluble. Lo mejor siempre es más costoso que lo peor, lo injusto toma siempre ventaja frente a lo justo en su eterno combate, dado que no puede defenderse de aquél sin limitar su reacción por severas restricciones éticas. El delincuente financiero dispone de todos los medios frente al ciudadano honrado (desprecia su vida y sus derechos), mientras que éste no admite todos los medios frente a aquél, al considerarlo, a la par que delincuente, persona.

  El conflicto, además de inevitable, debía ser interpretado como una oportunidad para estimular el crecimiento moral del grupo, para aquilatar las decisiones con todos los puntos de vista y ángulos disponibles. No obstante algunos conflictos podían convertirse en peligrosos si se personalizaban –sobre todo por la existencia de miembros extremadamente susceptibles, belicosos o egocéntricos– o se corría el riesgo de que dieran lugar a grupos rivales que aspiraban a ser hegemónicos.
 Sería imprescindible un largo proceso de adaptación después de haber aprendido durante toda la vida a relacionarse entre sí en un entorno extremadamente hostil e individualista. La lógica capitalista no solo reinaba en el exterior sino que había conformado las motivaciones interiores. No era fácil que de la noche a la mañana los  socios asumieran mutuamente las necesidades de los otros como si fueran propias. En ello consistía el reto personal del proyecto, la transformación personal desde un sistema de relaciones basado en una lógica de suma cero: “si yo gano tú pierdes, si tú ganas yo pierdo” a otro de carácter cooperativo sustentado en el axioma: “si yo gano tú ganas, si tú pierdes yo pierdo”. Resultaba costoso al principio ver al otro como un colaborador y no como un rival.
La transparencia en las cuentas y la toma de decisiones en asambleas buscando la unanimidad antes que la mayoría  crearon un clima de confianza mutua, pero lógicamente aparecieron conflictos puntuales de carácter personal, que hubieron de afrontarse con franqueza, evitando la dramatización, la suspicacia y el orgullo.
Aparte de estas recetas de sentido común, la cooperativa habilitó instrumentos específicos para prevenir y abordar los enfrentamientos. Todos los avances de la psicología y la sociología, un arsenal de tecnologías grupales facilitadoras de la comunicación, fueron puestos al servicio del proyecto. El éxito pivotaba sobre la formación de los socios en técnicas de resolución de conflictos,  talleres de cooperación y trabajo personal. También se constituyó una comisión permanente de mediación, que ponía cordura cuando la comunicación entre las partes se hallaba bloqueada por un exceso de emocionalidad. 
Algunas de las decisiones que más resentimiento podían generar, como dirimir cuál de los socios desempleados ocuparía un puesto vacante, se externalizaban en un órgano externo de arbitraje elegido por todos, que aplicaba los criterios consensuados por la asamblea. Así la frustración de administrar la escasez se canalizaba hacia el exterior. Se aprobó asimismo, como está previsto en la ley de cooperativas, un régimen disciplinario que penalizaba los comportamientos  lesivos para los demás.
Una buena medida de prevención se cifraba en la exigencia estatutaria de un período de prueba para aquellos que deseaban incorporarse a la cooperativa antes de ser considerados miembros de pleno derecho, mostrando en este tiempo su contribución al clima habitual de convivencia. Sería ingenuo ignorar que existen personas que, por cuestiones de carácter o trayectoria vital, son altamente proclives al conflicto, ya sea directamente o indirectamente, esparciendo chismes o avivando rivalidades. Había que aprender también a detectar a los oportunistas entre quienes decían aspirar a la condición de socio, cuyas motivaciones solo eran interesadas y no estaban sustentadas en principios de auténtico cooperativismo.


XI. No solo de pan vive el socio. Las fiestas comunes.

Terminaré, para no hacer indefinida esta exposición, señalando que no todo era trabajo; la familiaridad entre los cien generó una simpatía que periódicamente encontró su espacio y tiempo propicio. Me refiero a las fiestas comunitarias, deliberadamente vinculadas a los ritmos naturales, que comenzaban por la mañana con un surtido mercado que simbolizaba la abundancia de la riqueza colectiva, al que estaban invitados todos los vecinos del pueblo; y que acababa con música y bailes que se prolongaban hasta altas horas de la madrugada. 
Hasta surgió, por qué no decirlo, en algunos miembros una corriente de sutil y natural espiritualidad sin dogmas, dioses ni iglesias, que festejaba el maravilloso milagro de la vida y la conexión entre todos los seres, descubriendo con plenitud, en todas partes, la abundancia de valor de lo real. El velo instrumental y mercantil que recubría su anterior relación con la naturaleza fue dejando paso a una espontánea actitud de reverencia. El planeta se volvió digno de amor. Huelga decir que se respetaban todos los credos y sensibilidades. Unos practicaban la meditación, otros se sentían más vinculados a los ritos locales o abiertamente se declaraban ateos, sin que la diversidad en cuestiones de sentido constituyera un motivo de discordia. La libertad personal era un valor tan central como la cooperación.
                 

XII. Infección de amor en el sistema

Cabe suponer que el resto de ciudadanos, y esto era con todo lo más valioso del proyecto, al darse cuenta de que el experimento social funcionaba, y que aquellos cien con quienes se encontraban a menudo en el trabajo, el bar o la familia, gozaban de un mayor grado de autonomía personal, satisfacción vital y protección comunitaria, querrían agregarse o formar su propia cooperativa integral.
Al tratarse de una ejemplo generalizable, susceptible de interconectar multiplicidad de nodos independientes en niveles crecientes de complejidad, permitía vislumbrar en el horizonte un vasto movimiento de transformación social, los sinérgicos focos de un incendio que se extendía a través de un entramado de instituciones económicas y políticas capaces de alumbrar una sociedad igualitaria, no capitalista. 
Un nuevo sujeto radial plenipotenciario, articulado por una masa crítica de ciudadanos educados en un entorno no corrompido por la codicia y la desigualdad, estaría en mejores condiciones que los actuales votantes para ejercer una influencia decisiva sobre las obsoletas instituciones del sistema, al que obligaría a transformarse en una democracia real. Sus vidas, antes fútiles a sus ojos, servían ahora nada menos que al propósito de inventar un tejido socialmente vivo capaz de regenerar el  agotado cuerpo de la multitud.
Y aquí interrumpo la historia de cien personas, que podría ser interminable como la vida misma. Personas que al decidir cooperar habían logrado disminuir el coste de sus necesidades, generar empleos dignos, consumir de forma crítica y transformadora, influir más decisivamente en el entorno, recuperar una sensación de valía social y pertenencia, incrementar sus conocimientos, recursos y habilidades,  aliviar su sentimiento de soledad, mejorar sus habilidades sociales, minimizar su dependencia respecto a una forma de vida que no compartían, superar su indefensión aprendida, vivir más en coherencia con sus principios e ideales y rodearse de gente con mayor calidad humana.
Y sobre todo haber disfrutado antes de morir, a pequeña escala, de la sociedad con la que soñaban en su juventud,  demostrando con hechos y no con palabras que otro mundo es posible, que el capitalismo es tan solo un suceso pasajero en la historia del hombre y que, por fortuna, existen alternativas. Y así termina la gesta de cien personas, cien ciudadanos normales, que a sabiendas de que se enfrentaban al más sofisticado sistema de dominación de todos los tiempos, no perdieron, por su lucha, la decencia. Y comieron perdices -no de granja- y resistieron felices. 


COMO NO SABÍAN QUE ERA IMPOSIBLE, LO CONSIGUIERON