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miércoles, 1 de febrero de 2012

MALAS CARTAS. LOS MODESTOS COMIENZOS DE CORALIE

 








                                            No mires nunca de donde vienes, sino a donde vas.

                                                                Pierre Agustín de Beaumarchais. (Poeta                  francés)


Nació en Charleroi, la cuenca minera de Bélgica, donde sus padres, dos humildes aldeanos del depauperado campo burgalés, marcharon en los años sesenta acuciados por el negro presente, ahítos de pastorear ovejas de otros y servir en casas de señoritos. Allá quedaban los verdes prados castellanos, el puente romano sobre el río Arlanza, los parientes y amigos de Puentedura, las callejuelas rudas, iluminadas tan solo con el tenue resplandor de diminutos farolillos de gas. Allí habría nacido Coralie si las piernas largas de la miseria no hubieran conducido a sus ascendientes, con el beneplácito de los Pirineos, al centro mismo de la vieja Europa.
Fue en ese lugar lluvioso y lúgubre de Bruselas donde un  27 de Diciembre asomó su rostro por primera vez. Condenada ya por el carácter migratorio de su nacimiento a carecer de raíces, a vagar por el mundo en estado de cívica orfandad, viviendo como de prestado en los lugares donde ocasionalmente residía, privada de ese vínculo cuasi místico que nos liga de forma incondicional a un concreto lugar del universo. Lo que dará razón a fin y a la postre de tan singular libertad de movimientos, de su nómada inquietud que no encontraba solaz ni reposo en ninguna parte, indicando la falta de apego que caracteriza a quien viene al mundo sin el sostén protector de bienes, familiares o abolengo, sino tan solo en razón de la necesidad.
La familia Santamaría se alojaba en un pequeño sótano de la calle Princesse Elisabeth, en un barrio de inmigrantes de diversa nacionalidad e idéntica procedencia: el hambre y la falta de futuro, por el que circulaba un tranvía amarillo de un solo vagón. La helada bruma fue impregnando su carácter de una tonalidad sombría y melancólica, contra la que siempre se rebelaría como de una influencia perniciosa y extraña, que no representaba su verdadero temperamento. Melancolía ambiental a la que se sumaba la condición de pobre de solemnidad, de paria en un país extranjero, en cuyas carnicerías su madre se abastecía a bajo coste de todo tipo de vísceras animales, reservadas por los belgas a mascotas y perros de compañía.
 Santo y seña de aquel pasado menesteroso fue el violento alboroto que se vio obligada a presenciar un viernes por la noche, mientras repasaba la tabla de multiplicar, y que se coló furtivo por el estrecho y delgado cristal situado a tan solo una cuarta del techo del salón, justo a la altura de los pies de los viandantes, por el que entraba el único hilo de luz desde el exterior. Sin que quepa interpretar mala intención o deseo de humillar, sino más bien distracción y embotamiento, Coralie hubo de soportar con insólita tristeza el húmedo e indiscreto chisporroteo de un borracho que meaba al pie mismo del ventanal. Ese día comprendió que su estatus era más bajo que la meada de un borracho.
El papel pintado de las paredes de aquel lóbrego cuartucho subterráneo se rizaba como una hueca melena por efecto de la humedad. Así adquirió la bronquitis asmática que le acompañaría hasta su regreso a España. También, sin que ello signifique un juicio culpabilizador, mucho tuvieron que ver en esta patológica herencia los habituales paseos en carrito a lo largo de las gélidas calles de Bruselas, mientras sus padres predicaban, casa por casa, con fanática responsabilidad la inminente llegada del reino de Jehová. Predicación que ella misma habría de continuar años más tarde.
De ese modo aprendió a desconfiar del mundo, donde el demonio ejercía su gobierno sin restricciones. Y por si no fuera suficiente con el mundo y el demonio, allí estaba la implícita obligatoriedad de participar en los juegos de los jóvenes testigos, el llamado en gage, versión francófona de las prendas, donde quienes perdían se veían forzados a realizar pruebas embarazosas y degradantes, como hablar con voz de pito, imitar los movimientos de una gallina clueca o cantar el cara el Sol. Si se negaba sería abucheada al dictado de “sosa, sosa, sosa”, cortando en seco el fluyente maná de la simpatía social; mientras que si se sometía a las tiránicas exigencias de sus pares se sentiría ridícula y humillada en su interior. El único remedio, se decía a sí misma, era huir, evitar la ocasión, recluyéndose con angustiosa precipitación tras las reuniones semanales de la congregación en la soledad del sótano.
Sus fantasías se poblaron desde entonces de un temor insuperable a los otros, de cuya hostilidad debería cuidarse con el apolíneo arte de la distancia justa. No ayudando demasiado a superar esta temprana fobia social el descubrimiento de que su mejor amiga había revelado al chico que le gustaba este sentimiento íntimo de atracción, traicionando así su expresa advertencia de confidencialidad, y obligándola a sobrellevar con intolerable bochorno cómo este insensible fanfarrón se envanecía a su costa. Por supuesto jamás volvió a hablarle ni a mirarle a la cara, a fin de demostrar a todos, y sobre todo al joven fatuo, que se trataba de un bulo y que no sentía por él el más mínimo interés. Ese día se juró a sí misma que no volvería a confiar.
A la defunción de la confianza en los otros hubo que añadir en la pubertad el deterioro de centros neurálgicos del amor propio. Y es que a pesar de sus buenas notas, de la inusual soltura para los idiomas y del favorable parecer de sus profesores, siempre consideró como una verdad evidente su incapacidad para acometer estudios superiores. Opinión heredada de sus padres, firmemente convencidos de su condición subalterna y de la congénita mediocridad intelectual de los pobres, así como de que el mejor destino que podía esperarse de Coralie era que empezara a trabajar cuanto antes, irrigando de ingresos la unidad familiar. Así que  se matriculó en un módulo de formación profesional, dejando el bachillerato para los hijos de las clases pudientes, a los que se presumía mayor aptitud para los estudios.
Cuando finalmente, ya en España, a los veinticinco años realizó el examen de acceso para mayores a la Universidad Complutense, logrando terminar en tan solo cuatro años la carrera de psicología, no por ello cesó la íntima desconfianza en su capacidad intelectual, hasta el punto de que siempre se sintió de alguna forma impostora en el orden del conocimiento y una intrusa en los ámbitos profesionales cualificados.
Pero no todo habría de ser nefasto para nuestra heroína. También fue en Bruselas, en aquel centro comercial abarrotado de gente, al que acudió casualmente con sus padres y su hermana Ángela un sábado por la tarde, a sus apenas once años, cuando descubrió con no poco asombro que los hombres  miraban su falda plisada y su blusa blanca de una forma anómala, con una fijeza ávida y pegajosa. Agradable sensación de colmada visibilidad que le advertía de una venturosa ascendencia sobre el deseo masculino que sería su mejor arma en años sucesivos. No es exagerado señalar que el afán de superación para escapar a su devaluada posición social, y la consciencia del poder que confiere a una mujer su belleza, fueron las limas con las que logró cercenar los grilletes de aquel destino  anunciado y las mañas de las que este se valió, a Dios gracias, para llevarla hasta mí.


sábado, 5 de noviembre de 2011

LOS COQUETEOS LÍQUIDOS DE CORALIE




















                                   Chateamos y tenemos “compinches” con quienes chatear. Los compinches, como bien sabe cualquier adicto, van y vienen, aparecen y desaparecen, pero siempre hay alguno en línea para ahogar el silencio con “mensajes”.

                                                   Zugmunt Bauman. Amor líquido

Nunca se acaba de conocer a una persona. Y cuanto más estrecha es la relación que mantenemos con ella mayor es la perplejidad que sus cambios nos ocasionan. Será porque las personas, como las relaciones, son seres vivos y no pueden dejar de devenir. Después de catorce años de convivencia, a sus más de treinta y nueve años –no diré el número exacto porque es su secreto mejor guardado–, el comportamiento de Coralie se había transformado en pocos meses hasta lo irreconocible.
Aquella mujer con un sentido grave, por no decir temeroso de la existencia,  con una disposición casi enfermiza a la responsabilidad y la autodisciplina, que se pasaba la vida anticipando el futuro inmediato para hacerlo susceptible a su control; aquella mujer a la que ciertos encuentros ingratos le hicieron perder la confiada inocencia en los otros, ocupaba ahora, con relativa frecuencia, su tiempo libre, chateando en una página de contactos.
   Sí, han oído bien. Sentada de forma indolente en el sillón del salón, con el ordenador en el regazo y desternillada por la hilaridad que le producían sus propias y disparatadas ocurrencias, se sumergía en el universo líquido de las redes sociales,  concretamente en uno de los numerosos supermercados de la seducción en el que cotizaban más de ciento veinte millones de usuarios, a los que el sistema va asignando valores amatorios, en tiempo real, en función de sus índices de popularidad. Allí era cortejada por anónimos pretendientes cuyos activos sexuales apuntaban al alza y que, al decir de ella, eran de todo menos tóxicos
Probablemente el presagio de un lento declinar de su atractivo la había hecho entrar, Dios sabe cómo, en una suerte de otoñal adolescencia. Preocupación por la imagen, coquetería, gusto por flirtear, tolerancia a la música estridente, pereza intelectual y una propensión a la risa por los motivos más nimios, constituían los síntomas inequívocos. Había sido acostumbrado como padre a la idea de lidiar con la pubertad de una hija. Pero ¡qué podía hacer yo, pobre varón posmoderno, con una adolescente de cuarenta años!
Pues lo que hacía, aunque os cueste creerlo, era compartir  sus coqueteos en la red, reírme de sus osados golpes de humor, amonestarla cortésmente por tratar con demasiada severidad a algún galán cibernético, ayudarle a pulir ciertas chinchadas, animarle a tomar café con alguno de esos chicos si era eso lo que le apetecía y estar luego, cómo no, cerca por si resultara peligroso. Acompañarla, en suma, en aquel insólito viaje interior cuyo sentido era incapaz de comprender. 
 ¿Sería la urgencia sobrevenida de una mujer bella que anticipa su inminente agostamiento, una última corrida –no malinterpretemos los términos– antes de cortarse la coleta y salir por la puerta grande?, ¿se trataría de compensar su timidez social con una multitud de vínculos, que resultaban , debido a la naturaleza líquida del medio, afectivamente inocuos?, ¿o bien una manera de saciar su vehemente curiosidad, adentrándose en aquel hábitat donde los de mi género se desnudaban sin pudor, no solo en lo psicológico, con tal de impresionar a una mujer atractiva, que unía a su elegante feminidad un aire travieso y ligeramente casquivano?,¿o, finalmente, la oportunidad de darse un último chute de vanidad  – y tal vez de algo más– al comprobar el ardiente deseo que seguía despertando incluso en jóvenes de apenas veinte años, a los que doblaba en edad?
 Fueran cuales fuera las razones de aquel frívolo pasatiempo, si la divertía, activaba su espontaneidad, distraía sus migrañas e  incrementaba su alegría; y lo que es mejor, se prestaba a ser utilizado como argumento picante en nuestros juegos íntimos, ¿como podía yo oponerme? Aunque a simple vista la nueva afición resultara ilógica, alocada, y tal vez anacrónica a los ojos del sentido común.
 Bajo ningún aspecto llegué a considerarme cobarde o ridículo por aquella condescendencia, por el contrario sentía en mí un poderoso sentimiento de amoroso heroísmo. Mi amor por ella me exigía en este momento ser lo suficientemente flexible para dejarle el espacio que necesitaba. ¿Quién era yo para abortar antes de tiempo aquella inesperada primavera contra todo pronóstico, solo por defender ancestrales prejuicios sobre la masculinidad? Mentiría si dijera que el continuo devaneo con abogados, periodistas, barrenderos, soldados o astrofísicos de todos los estados, razas y condiciones,  quienes  compartían tan solo el hecho de ser jóvenes, físicamente atractivos y tratar a toda costa de seducirla y llevársela al huerto, no me producía ninguna inseguridad.
Pero algo muy fuerte me decía que mi corazón estaba a salvo. Lo que no me impidió, para poder mejor resistir la presión de mis temores, invocar en mi apoyo tres fuertes creencias en torno del amor. La primera, que yo era parte de todo aquello que le estaba sucediendo a Coralie, no un simple espectador externo. Mi rol de padre consentidor, que aceptaba con comprensión aquel actuar de niña traviesa y juguetona, era una de las causas de su felicidad, el estímulo necesario para que pudiera comprobar la fuerza de mi cariño y de ese modo alcanzar la cima del suyo.
La segunda, aún más carente de fundamento que la anterior, me aseguraba que si era capaz de enfrentarme, solo por amor, al espantoso riesgo de perderla, estaría en una situación de inigualable superioridad frente al resto de pretendientes.
 La tercera, de orden metafísico, afirmaba que cuando la potencia de un amor cualquiera supera cierto umbral, se vuelve inmune al mal y todo el universo conspira en su defensa. 

lunes, 29 de agosto de 2011

El huesecillo



Los grupos de personas, cuando se congregaban de modo informal,  le horrorizaban. El riesgo de impertinencia humorística por parte de un aspirante al liderazgo, la puñalada dialéctica de quien la había considerado una rival, o un simple malentendido,  activaban de pronto sus miedos, representados en la forma de voces crueles, descalificadoras, tanto más temidas si, como caballos de Troya, acechaban desde dentro de la propia fortaleza.

Observaba nerviosa la forma en que los integrantes se disputaban la palabra como si fuera un totem, ansiando acaparar para sí la atención del grupo con esa obscena avidez con que los peces de un estanque se lanzan a las migas de pan que les arrojan los niños desde la balaustrada. Reían, discutían, se desnudaban, derrochaban ingenio. Todo salvo escucharse. Como un  racimo de egos tratando inútilmente de escapar de su soledad aferrándose con desesperación  a los oídos ajenos, las intervenciones se sucedían de una forma grotescamente compulsiva. 

Es cierto que le entristecía sentirse excluida de esa orgía lingüística, y que en esos momentos fantaseaba con su soledad y la única presencia de su perro Xandro, pero soportaba mejor el exilio de su timidez cuando comparaba el objeto de su deseo con una jauría de perros compitiendo por un hueso. Sí, por un hueso,  al que ella contribuía con su abnegada escucha, y al que no podía acceder por su incapacidad para afirmarse en medio del ansia febril con la que aquellos chuchos voraces trataban, entre gruñidos y babeos, de convertirse en el centro de atención.

Frustrada y un poco resentida observaba el desplazamiento del hueso de un can a otro al borde mismo de su boca hambrienta,  sin que ninguno se dignara ofrecerle ni siquiera la ilusión de un mordisco.

Fue entonces cuando se dio cuenta de que disponía de un inadvertido recurso, un auténtico  rottweiler, siguiendo la metáfora canina, por su pericia en adquirir y conservar el delicioso manjar de la atención: Yo. Urdió un plan digno de Rasputín. Recabaría mi ayuda mediante la irónica contraseña de colocar en mi mano, discretamente, un pequeño hueso de porcelana cada vez que tuviera deseos de hablar.

Yo me comprometía a conducir el coloquio de modo que ella tuviera oportunidad de realizar su propia aportación, manteniendo a raya a los demás chupópteros.  La elección y significado de tan sarcástico amuleto no podía ser más evidente: “pásame el huesecillo de la atención, que quiero roerlo un poquito”.

A mí me encantó la idea. En primer lugar porque me parecía descabellada. En segundo, porque  esperaba reparar de ese modo el sentimiento de vergüenza que me producía haber descubierto la egocéntrica avidez con la que me entregaba a aquellos festines sociales. Finalmente, porque la quería y me divertía la idea de incrementar la complicidad entre ambos mediante un juego tan surrealista y rocambolesco.


miércoles, 3 de agosto de 2011

Carpe Diem. De religión: hedonista


Son las nueve de la mañana. Hoy ha amanecido un día de perros en Ibiza. El cielo está nublado y la fuerza del viento provocará tal oleaje que exigirá a las autoridades izar la  bandera roja en todas las playas.

Coralie es de esas personas, no sé cómo explicarlo, que siente el deber de disfrutar.  Así, como suena. Pueden llamarme fantasioso e incongruente, pero eso no negará la verdad de esta singularidad psicológica. Toda la gente que he conocido hasta ahora tiene deberes que limitan su apetito natural de placer, o placeres que salen a su encuentro de un modo espontáneo, sin proponérselo; pero jamás había encontrado a alguien que si hace un día espléndido sienta la obligación de pasear, si hay una buena cartelera tenga el compromiso de ir al cine; y si es verano se imponga  a sí misma la norma de solazarse en el mar. Le apetezca o no le apetezca, eso no es lo relevante para tomar la decisión. La difundida frase “carpe diem”, “vive el momento”, no es para Coralie una invitación sino un imperativo.

¿Cómo no vas a contemplar la puesta de sol desde un acantilado?, ¿cómo no vas a descubrir un rincón solitario aunque esté en el punto más lejano de la isla?, ¿cómo no vas navegar en kayak sintiendo tan de cerca la tibieza del agua?, ¿cómo no te vas a maravillar con la estela dorada que deja el mar en las noches de luna llena?, ¿cómo vas a renunciar al éxtasis tántrico, conteniendo la eyaculación para tener orgasmos implosivos?, ¿cómo no vas, cómo no vas…? De este modo, uno a uno ponía frente a mí los diez mandamientos del mes, las tablas de la ley, como Moises tras bajar del Sinaí.

En vano yo trababa de convencerla de que los placeres son potencialmente infinitos y de que querer disfrutarlos todos era una tarea poco menos que imposible para una sola vida. Además de resultar estresante para alguien como yo, cuya máxima aspiración en vacaciones es extenderme en una hamaca con un buen libro, sin salir a ser posible de mi pueblo, socorrido por una cerveza fresquita y haraganeando de sol a sol como indolente cigarra. 

Por fortuna Coralie se mostraba tolerante con mis explicaciones, aceptando, aun sin convencimiento, mi derecho al no placer. Ya apenas me reprochaba, con el rigor marcial de un moralista, que no sé disfrutar de la vida cuando me quedo dentro del estudio leyendo toda la mañana, mientras ella va a una de sus calas, y no me acuerdo ni siquiera de correr las cortinas para ver el paisaje.

Así que hoy, un día de perros en la isla, es para ella algo así como una mañana de bula, de trasgresión legítima, un permiso divino a su diario ritual de placeres-deberes. Hasta creo que percibo un ligero alivio en su semblante al saber que hoy no tendrá que disfrutar. Y que la culpa de no hacerlo no será suya sino de Poseidón.

Y en cuanto a mí, al ver llover y no tener que justificar mi falta de deseo para ir a  playas solitarias de imposible acceso, a tumbarme durante horas en la roca viva, rodeado de despelotados, y sintiéndome como un ridículo San Lorenzo a la parrilla, mucho más estúpido por hacerlo voluntariamente, me embarga el dulce recuerdo de aquellos días de mi adolescencia en que una felicidad indescriptible me conmovía al despertar, nada más salir el sol, al escuchar la terrible tormenta que se descargaba furiosa contra mi ventana, y que me libraría, a Dios gracias, de ir a coger sarmientos con mi padre.

domingo, 31 de julio de 2011

Aguas blancas



Salía de entre la espuma
con su animal desnudo,
sabiendo que yo,
desde la arena,
la miraba.

Aturdida por el amor que percibía
fijado a su silueta
como  rehén solícito,
su conciencia iba dispersa
en incontables defectos
que su afán de complacerme,
cual poeta aciago, inventaba.

Es cierto que un otoño,
aún pleno y rojizo,
hacía presagiar, como a lo lejos,
el ocre exilio de las hojas.
Y que el recuerdo de su cuerpo antiguo
le hería, en cada poro,
por temor a no colmar mi mirada.
Tanto me quería.


No podía ni imaginar que otro poeta,
desde el centro mismo de mi sangre,
la dibujaba para mí
como agua a sed,
savia pura,
fruta del aire.

jueves, 28 de julio de 2011

La sospechosa alegría de Madame Coralie




Nunca estuvo madame Bovary tan bella como en aquella época. Tenía la indefinible belleza derivada de la alegría, del entusiasmo, del éxito, y que no es otra cosa, a fin de cuentas, que la resultante de esa feliz armonía entre el carácter y las circunstancias.

                   G. Flaubert   Madame Bovary

Coralie estaba pletórica en los últimos tiempos. Mantenía un humor jovial, una predisposición casi infantil al juego y a la chanza. Esa alegría tenía una causa, pero no era yo.

Un antiguo conocido libanés, que las circunstancias impidieron que se convirtiera en su amante hace diecisiete años, consiguió localizarla por internet y llamarla al trabajo, donde estoy seguro que sus compañeras de instituto, intuyendo ese matiz de inconveniencia que representa flirtear con un ex,  debieron hacerle ese pícaro cacareo de complicidad femenina durante la conversación, que a mí tan poca gracia me habría causado.

Las circunstancias de que aquella relación no cuajara en su momento no vienen al caso. Coralie  acababa de regresar a España tras residir en París y Bruselas la primera parte de su vida, donde sus padres, burgaleses de nacimiento, habían emigrado en los años sesenta. El contraer pareja con un árabe a los veinte años e irse a vivir a Marraquech, como él pretendía, debió resultarle demasiado arriesgado.

Un alarde de cariñosa nostalgia le permitió franquear el tiempo y el espacio para llegar hasta ella. Desde una década aproximadamente vive en Nueva York, donde se dedica, al parecer con enorme prestigio, a la investigación en el campo de la oncología. Sé que las bromas suenan terribles hablando de un tema tan delicado, pero el prestigioso oncólogo se ha convertido en una suerte de tumor cerebral en lo que a mi tranquilidad se refiere.

Coralie me ha confesado que mantiene una “apasionante” tertulia por correo electrónico con el tal Hamid. ¡Cómo añoro los tiempos de las señales de humo!  Sé que un hombre liberal como yo debería hasta alegrarse de que su pareja sea agasajada por otros; y de que ello le reporte un dulce tan exquisito a su vanidad femenina.

Debería… Pero no obstante, siempre hay que estar alerta. Ser liberal no equivale a ser un cándido. La primera regla en el arte del amor es nunca menospreciar al rival. Mucho menos si es de otra raza y condición para una mujer que siente debilidad por lo exótico. Si además colma su autoestima con una romántica búsqueda en el ciberespacio…, la esperanza de librarse de lo peor es tanta como la que puede tener un reo cuando acaba de escuchar el repique de  tambores y ve formado, casualmente frente a él, al pelotón de fusilamiento.  

El amor a mi pueblo no me ciega a la hora de valorar el peso de la  tentación que supone estrenar vida  en Nueva York con una figura de la oncología frente a residir en Mota del Cuervo con un escritor famoso en el ámbito de su familia.

Jamás pondría un ojo en su diario, ni en su correo. Un caballero jamás lo haría. Pero necesitaba algún indicio que me revelara la intensidad y naturaleza del vínculo que tan cantarina la mantenía últimamente. Eso arrojaría un poco de calma sobre una ligera, con tendencia a moderada, preocupación.

Manos a la obra urdí una hábil treta para obtener información. A Sherlock Holmes no hay quien me gane. Yo no seré como el estúpido de Charles a quien Madame Bovary se las daba con queso. Los engaños a veces son tan sibilinos que hasta uno mismo se los cree. Eso me lo había enseñado ella misma en los tiempos en que ejercía como psicóloga clínica. Había que preguntar directamente a la fuente corporal, al inconsciente.

Conozco al dedillo sus puntos flacos. A veces habla en voz alta mientras duerme. Si el intruso había adquirido algún significado en su vida, las palabras caóticas, fuera del filtro de la conciencia, lo expresarían para una mente perspicaz como la mía, diestra en el arte de la interpretación, con la misma nitidez que el oráculo de Delfos a las pitonisas.

─ ¿No te duermes cariño y apagas la luz? Me dijo ella.
─Enseguida Coralie. No tengo mucho sueño. Creo que me quedaré un rato leyendo─. Y acechando (añadí para mis adentros).

Y así comenzó una larga procesión de días, en la que me pasaba las noches apostado como un lebrel al pie de la madriguera, esperando la ocasión en que Morfeo, señor del sueño,  diera por fin conclusión a mis pesquisas;  con la misma angustia que se espera el resultado de una biopsia (¿por qué se me habrá ocurrido esta metáfora?).

Hasta que una noche, a eso de las tres de la mañana empecé a escuchar por fin farfullar en su boca palabras ininteligibles. Aturdido por la nerviosa rapidez de mis propios latidos, que presagiaban la importancia de lo que de un momento a otro se iba a desvelar, acerqué el oído a sus labios tanto como pude. Para comprobar algo insólito. ¡Maldita sea! Cuando hablaba en sueños lo hacía en francés, su inconsciente era bilingüe. Sólo pude entender entre ligeras convulsiones, risitas traviesas y muchas “e”  pronunciadas con boca de piñón: “New York, New York”. Me di la vuelta y quise pensar que se estaría acordando del gran Sinatra.


lunes, 18 de julio de 2011

CASTIDAD VISUAL



Siempre me sorprendió cómo podía mantener tan buen tipo con ese apetito de buena gourmet que la caracterizaba. Cuando la conocí llegué a pensar, ingenuo de mí, que en un hipotético plato común su ración sería sensiblemente menor a la mía; que un macho humano de gran envergadura necesitaría mayor ingesta de calorías que una hembra de bonitas formas. Pero me equivoqué y cuánto.
Recuerdo un día de julio, que disfrutábamos de una excelente mariscada en un chiringuito de cala Carbó, en Ibiza. Mis ojos, conectados como satélites espías a la testosterona, se perdieron en el ronroneo de un voluptuoso trasero que yacía tumbado bajo el sol. Los lúdicos conteneos de la joven al intentar autobroncearse me impedían la plena concentración en aquella cornucopia de marisco.
No me puedo culpar por ello. Cualquiera que no fuera maestro experimentado en el arte de la meditación habría sido abducido como yo. Mantuve, eso sí, disciplinadamente los convencionalismos que exigen no mirar fijamente ni con permanencia aquello que deseamos, sino siempre de soslayo y con aire aparentemente distraído.
Ese día comprobé con asombro que a Coralie aquellas contemplaciones libidinosas no solo le importaban un bledo, sino que las recibía incluso con delectación por darle oportunidad de incrementar su cantidad de ración sobre la fuente común. No fue el miedo a sus reproches ni a sus celos, de los que carecía, lo que me indujo a tomarme en serio la castidad visual, sino el temor a quedarme con una dieta diezmada por efecto de sus despiadadas incursiones.
Era tan traviesa y astuta que en algunas ocasiones ella misma me señalaba el cuerpo escultural de alguna bañista para disfrutar durante mi despiste de una buena porción de mi cigala.
Cuando yo, vuelto en mí, descubría su treta y los restos del festín, reíamos sin poder parar durante horas.