domingo, 4 de octubre de 2020

43 pensamientos breves en torno a la muerte








EL viaje definitivo

Y yo me iré. Y se quedarán los pájaros
cantando;
y se quedará mi huerto, con su verde árbol,
y con su pozo blanco.


Todas las tardes, el cielo será azul y plácido;
y tocarán, como esta tarde están tocando, 
las campanas del campanario.

 

Se morirán aquellos que me amaron;

y el pueblo se hará nuevo cada año;
y en el rincón aquel de mi huerto florido y encalado,
mi espíritu errará nostáljico…

 

Y yo me iré; y estaré solo, sin hogar, sin árbol
verde, sin pozo blanco,
sin cielo azul y plácido…
Y se quedarán los pájaros cantando.

 

Juan Ramón Jiménez


 

I

Escribe Camus en La Peste “Hasta la muerte me resistiré a amar esta creación donde los niños son torturados”. Me pregunto si, al igual que una teoría científica es refutada por un solo hecho en contra, nuestra creencia en el sentido de la vida no es desmentida por la agonía y muerte de un solo niño o por el sufrimiento de un solo justo. Un niño que sufre ¿no prueba de manera concluyente que la creación es un mecanismo ciego, carente de bondad, cuyo único fin es perpetuarse sin reparar en pérdidas? Es cierto que son más los niños que sobreviven que los que mueren, que la mayor parte de los padres no seremos nunca sometidos a tan terrible pérdida, pero eso no destruye la sensación de absurdo, en la medida en que es una cuestión de mero azar que sea mi propio hijo el que muera o sobreviva. No cabe la salida fácil de otorgar un sí a la vida bajo el supuesto de que las mayores desgracias les van a pasar a otros. La pregunta precisa es: ¿Elegiríamos nacer si supiéramos que vamos a perder a un hijo?

II

Ya que es imposible vivir sin un gran relato, el mío es que mi verdadera patria es la nada y no la vida. Un día alguien o algo me preguntó si deseaba existir durante un tiempo breve y tan solo una vez, antes de retornar a la nada para siempre. Y yo dije sí, pues no había NADA que perder. Ese relato, no exento de crudeza, me hace sentirme en este mundo como quien está lejos del hogar, en un improvisado viaje de placer: sensación de estar de paso, saberse inquilino y no propietario, sin involucrarse demasiado en las preocupaciones del lugar, curiosidad por todo lo que ocurre, soslayo de las incomodidades del viaje y desapego hacia lo que sé no va a durar ¿Sería ese el significado de la vieja metáfora que identifica la vida con un viaje? Solo que en mi relato el viaje es a ninguna parte.

III

El dilema que plantea la muerte de nuestros allegados:  padres, amigos, hermanos, pareja, hijos o mascota, puede resumirse en la siguiente pregunta: ¿Preferiríamos evitar el terrible dolor de estas pérdidas si el precio a pagar fuera no haberlos conocido nunca? Según lo que respondamos abogaremos por uno u otro de los contendientes. La cuestión del sentido se dirime en la vieja disputa entre el amor y la muerte.

IV

Cuando se compara el lapso de una vida humana con los eones  de vacío que anteceden al nacimiento y los que suceden a la muerte, se percibe su radical, casi ridícula, insignificancia. Pero paradójicamente un átomo de consciencia en un océano de olvido incrementa su valor como el resplandor la llama en proporción a la densidad de la oscuridad que la circunda. Ambas perspectivas son igualmente ciertas. La muerte demuestra simultáneamente la inanidad del instante y su profundidad infinita.

V

Impresiona la serenidad con la que Antonio Machado asume el hecho de morir: “Y cuando llegue el último viaje,/ y esté al partir la nave que nunca ha de tornar,/me encontraréis a bordo ligero de equipaje,/ casi desnudo, como los hijos del mar.” Por el contrario, el miedo a la muerte es indicio de egocentrismo. Cuanta más importancia nos damos a nosotros mismos mayor es el horror a dejar de ser. Por eso los sabios siempre consideraron a la muerte su maestra, la que advierte que el sentido de la vida pasa por aligerar el yo, dejar de aferrarnos a las cosas y entregarnos apasionadamente a los seres que amamos. 

VI

La muerte es el oxígeno que hace respirar a la vida, sin el cual el tedio nos asfixiaría. A poco que lo pensamos nos daremos cuenta de que aun más angustiosa que la muerte es la idea de no poder morir. 

                                                VII

¿Qué argumento podría ser más concluyente contra una duración infinita que la imposibilidad de comprender en un mundo privado de tragedia la belleza del Adagio de La quinta sinfonía de Gustav Mahler?

VIII

La consciencia de la muerte nos impulsa a ordenar nuestras prioridades, descubriendo lo que verdaderamente es importante para nosotros.  A unos los impulsa al placer, a otros al amor, a otros al saber. Por la muerte podemos elegir quiénes somos, tener una vida propia,  no perdernos en un mar de posibilidades.

IX

La muerte demuestra que el sentido de la vida no puede radicar en su prolongación física sino en su ensanchamiento espiritual. El tiempo no se anula alargando indefinidamente la vida sino dando mayor densidad al instante. Y para ello el único camino posible es el incremento de la atención. Cuanto mayor es la atención prestada a lo que nos rodea más intensa, prolongada y significativa es la vivencia que de ello hacemos y mayor la sensación de haber aprovechado y dilatado el tiempo.

X

 ¿Existe algún modo voluntario de potenciar la atención plena, de dilatar el instante,  o debemos resignarnos a esa constante dispersión que  ni siquiera nos permite rozar la superficie de las cosas? Serían dos los mecanismos utilizados por la civilización para cultivar la atención y dar más riqueza al paso del tiempo: los viajes y la meditación.  El primero aumenta la atención mediante el recurso de cambiar con más frecuencia los  estímulos circundantes, introduciendo novedades que nos despiertan del entumecimiento que producen las  constantes repeticiones.  Paradójicamente, cuando miramos hacia atrás después de siete días de viaje tenemos la sensación de que hubieran pasado meses, a pesar de que mientras lo vivíamos todo parecía transcurrir muy deprisa. Por el contrario, tras siete días de hacer lo mismo nos parece que han pasado unas horas. Y cuando lo vivíamos el tiempo pasaba insoportablemente despacio.  Esta es la experiencia del protagonista de La montaña mágica, de Thomas Mann.

El segundo modo de incrementar la atención consiste en modificar no el estímulo, sino, mediante el aquietamiento de la mente,  la profundidad de la respuesta. Una mente en calma logra captar con más viveza la riqueza de realidad, el lujo de detalles que hay en cada cosa, rompiendo el caparazón de obviedad que recubre lo cotidiano. Al desactivar el proceso de habituación, la llamada fuerza de la costumbre, la experiencia adquiere una densidad desconocida, recupera la frescura de la primera vez. Si pudiéramos detener completamente la atención un solo instante, veríamos a la eternidad resplandecer en el. 

XI

Si siguiendo a Wittgenstein entendemos por eternidad no una duración temporal infinita, sino la atemporalidad, entonces vive eternamente aquél que vive en el presente. Nuestra vida no tiene final al igual que nuestro campo visual no tiene límites.

XII

Saber que quienes nos rodean son vulnerables, pueden morir,  es motivo de angustia pero también de compasión. No me parece descabellado afirmar que nuestra  condición de condenados a muerte, nuestra radical orfandad, es el más sólido fundamento de la fraternidad universal, aun más que la creencia en un Padre todopoderoso.

XIII

La muerte de quienes amamos no debe ser motivo de resentimiento contra la vida sino ocasión para despertar un sentimiento de gratitud por haber disfrutado del don inmerecido de su existencia.

                                                      XIV

Dice Cioran, en su pasión por las paradojas lúcidas: “Sin la idea del suicidio ya me habría suicidado” Y es que elegir voluntariamente la muerte nos alivia del sufrimiento que suele precederla y, su mera posibilidad, del espanto de anticipar dicho sufrimiento con la imaginación. También, por qué no, del horror claustrofóbico a una vida sin fin, concebida  como un recinto sin puertas ni ventanas.

XV

El desencantamiento del mundo ha vuelto dramático el hecho de morir.  No es igual la conciencia de  pudrirse como cualquier otro residuo orgánico en el subsuelo, que  la de retornar al fondo sagrado del que surgen todas las cosas. No es lo mismo descomponerse en un vertedero que descansar en el seno de la madre tierra.

XVI

En verdad nos parece la muerte todopoderosa, podemos atrasar su llegada pero jamás impedirla. Inútilmente la resistimos con promesas que probablemente no se verán cumplidas en vez de con la certeza íntima de lo ya vivido, que jamás podrá ser revocado. El orgullo de haber sido  testigos de la vida es la carta escondida que Luis Landero opone al no ser: “Y cuando me convoquen a declarar mis actos,/aunque solo me escuche una silla vacía,/ será firme mi voz./No por lo que la muerte me prometa,/sino por lo que no podrá quitarme.”

XVII

Es frecuente en los funerales tratar de dar consuelo a los allegados del difunto mediante frases edificantes del tipo: “Era lo mejor para él”, “Es ley de vida” “El querría que fuerais felices”, etc. Ya que es imposible cambiar lo sucedido no nos queda otra que insertarlo en un relato que pueda ofrecer cierto alivio. Sin embargo, es prudente reconocer que en la primera parte del duelo ese ejercicio es tan inútil como tratar de cortar una hemorragia con la fuerza del pensamiento. Solo la naturaleza sana. Tanto en el dolor físico como en el emocional solo posteriormente, cuando la sangre ha coagulado, empieza a ser de gran ayuda vendar la herida con palabras.

XVIII

Cuando murió el padre de Coral, aun careciendo ella de creencia religiosa alguna, sintió que su presencia se mantenía por un tiempo. Experimentaba la alegría de saber que desde el fondo de sí misma su padre compartía cada momento. Nunca se había sentido tan acompañada. Luego notó cómo poco a poco, con el paso de los días, lentamente se alejaba. ¿Es posible que la presencia de alguien puede perdurar de algún modo cuando ha desaparecido su soporte físico?  Y no me refiero al eco que una vida deja en el recuerdo de los otros, sino a la presencia real. Al menos dos experiencias parecen sugerir esa posibilidad: seguimos percibiendo la luz de las estrellas, su propia  luz, aunque haga mucho tiempo que hayan colapsado. Otra es el perfume que deja la flor en el aire tras haberse marchitado. Lo que indica que tal vez no sea tan nítida la frontera entra la vida  y la muerte, como apunta Rilke en Las Elegías del Duino: “los vivos cometen el error de distinguir demasiado fuerte. Los ángeles, (se dice) con frecuencia no sabrían si andan entre los vivos o entre los muertos”

XIX

El mejor testamento que nos dejan los muertos queridos es una alegría póstuma, la de recordar con una sonrisa en los labios los momentos compartidos. Pero recordar con alegría solo llega al final el duelo,  como la paloma que dicen voló al arca de Noé con una hoja de olivo en el pico anunciando que había cesado la ira de Dios. También la pena, por fortuna, está sometida al orden del tiempo.

XX

Ningún argumento sobre la inmortalidad o la resurrección me ha convencido. Tan solo el sentimiento de que es tan extraño existir, haber nacido, me impide cerrar del todo la posibilidad de que se repita el milagro.

XXI

Son al menos tres las posibilidades que tiene el ser humano de enfrentarse a la impermanencia. La primera es la judeocristiana, al afirmar la existencia de una vida eterna más allá de esta.  La segunda es la budista, que niega el deseo de vivir para escapar a la frustración de separarse de lo amado. La tercera es la rebelión romántica, que opta por amar con intensidad a los seres negándose a aceptar su pérdida.  Es fácil calificar de inútil, incluso absurda, esta tercera posición, que comparte quien se resiste a estampar su rúbrica en una denuncia que juzga injusta -sería rebajarse- aunque sepa que irremediablemente tendrá que pagarla.  

XXII

Escuché a Vargas Llosa relatar que cuando el gran antropólogo Lévi-Strauss, una de las mentes más lúcidas y prolíficas del siglo XX, cumplió los cien años de edad fue objeto de una fastuosa celebración en la que todos los asistentes esperaban con delectación sus palabras. Qué mejor ocasión que un siglo cumplido para hacer una síntesis de una vida tan rica en experiencias y conocimientos. Sin embargo, sorprendió Lévi-Strauss a propios y extraños al dedicar íntegramente su discurso a narrar sus proyectos, algunos tan remotos como el de esperar lo suficiente para ver asilvestrarse la tierra cuando los seres humanos hubieran emigrado a otros planetas. Su intervención dejó a todos estupefactos. Murió antes de cumplir los 101 años con plena conciencia de su inmortalidad, volcando su atención en  lo posible, sin realizar la mínima concesión al paso del tiempo.

XXIII

Cuanto más crece el individualismo mayor es la angustia ante la muerte, ya que con ella perdemos lo único importante: a nosotros mismos. Muy diferente era cuando el sentido de la vida consistía en recoger y pasar el testigo.

XXIV

Preguntaba Ferral, un personaje de La condición humana de Andre Malraux “¿no considera usted como una estupidez característica de la especie humana que quien no tiene más que una vida se arriesgue a perderla tan solo por una idea?” Mi respuesta es que dar la vida en ofrenda por otros o por valores inmateriales como la libertad o la justicia es la señal inequívoca de esa forma de existencia superior a la que denominamos heroísmo. Su simple posibilidad demuestra, mejor que cualquier argumento, que la vida humana consiste en algo más y mejor que la mera continuidad en el ser, que la biología tiene la primera pero no la última palabra.


                                                            XXV

Todo nacimiento es una creación absoluta, lo que se llama una singularidad. Cada ser que viene al mundo contiene algo único: un gesto, una huella, un ademán, un rostro, que no se puede derivar de quienes le precedieron. Pero por ello mismo la muerte es una destrucción absoluta. Hay en ella algo irreparable. Cuando alguien fallece se rompe el molde. Nunca más surgirá en el seno del ser.

XXVI

Epicuro nos defendió como ningún otro filósofo del miedo a la propia muerte, indicando que no existe para nosotros lo que carece de sensación. Pero nos dejó inermes ante una amenaza no menos terrible: la muerte de quienes amamos, la angustia de tener que separarnos, para siempre, de amigos, hijos, padres o hermanos. Dos errores destruyeron su estrategia de dinamitar los puentes entre la vida y la muerte: no entender que la muerte anida en la vida como la semilla en el fruto; y que la comprensión de la muerte ajena es la base de la comprensión de la propia -quien no hubiera visto jamás morir a otros no podría entender su propia muerte. Hacer tolerable la muerte del prójimo es la asignatura pendiente de la filosofía entendida como arte de morir.

XXVII

Siempre me ha maravillado quienes niegan la existencia de Dios mediante el argumento de que un ser omnipotente y misericordioso no podría ser autor del mal que percibimos en el mundo. Y no porque dude de la fuerza moral del argumento, que es prácticamente invencible, sino porque al juzgar a Dios y el universo en función de ideales como la justicia o la misericordia se introduce en la ecuación un nuevo misterio: explicar cómo una especie capaz de tener en tal estima la bondad como para impugnar la creación entera, cómo quien tiene la audacia de plantear una enmienda a la totalidad de lo que existe, puede brotar de un mecanismo ciego y amoral. Al enigma del origen del mal hay que sumar el no menos enigmático origen del bien.

                                                          XXVIII

A menudo me he preguntado de dónde nace esa mueca de tristeza que oprime el rostro de tantas personas a medida que pasan los años. Cada muerte amada dibuja en nosotros la silueta de un vacío. A medida que envejecemos llega a ser tal la cantidad y densidad de esos vacíos que la vida se comba, como la rama del manzano, sobre su propia ausencia.

XXIX

Aunque pueda parecer extraño es posible desear noblemente morir después de quienes amamos y desear morir antes que ellos por cobardía. Lo que está en juego es quién hará frente, y por más tiempo, al dolor insoportable de la separación. Encontrar una salida a este laberinto fue lo que inmortalizó a Romeo y Julieta.

XXX

La cercanía de la muerte nos vuelve patéticamente graves y solemnes. Lo que daría por tener la fuerza suficiente como para hacer un chiste, llegado el momento, sobre mi inminente defunción. Sorprender al oncólogo con un ataque de risa.

 XXXI

Debemos a Platón haber popularizado la idea de que  solo lo permanente es bueno y hermoso. De ahí su definición del amor como el deseo de poseer el Bien siempre. Pero lejos de escapismo o  evasión, una devaluación de la vida debido a su brevedad,  su propuesta nos invita a trascender la finitud a través de obras excelentes, ya sea un hijo, una ley, una acción virtuosa o un poema. Eso sí,  siempre con la vista puesta en la Belleza -o el Bien. Pues la Belleza absoluta es la bandera que el sabio opone a  la corrupción de la carne, la que le impide decaer en su entusiasmo creador, la que trama las sucesivas  generaciones en esa guerra épica que libra desde siempre el ser contra la nada, la memoria contra el olvido, la vida contra la muerte.

                                                               


    

                                                              XXXII  

Son numerosas las metáforas que se han utilizado para describir la relación de los hombres con la muerte. Todas podrían sintetizarse en la  imagen dramática de un grupo de condenados que aguardan en una sala de espera el anuncio de su ejecución. Mientras llega la voz del verdugo, reclamando a los presentes en un orden caprichoso e imprevisible, todos tratan de distraerse, de olvidar el motivo por el que están allí: juegan, ríen, discuten, duermen, hacen planes, filosofan. ¿No será la vida el vano intento de ignorar que nos morimos, el difícil arte de distraernos de la muerte?

XXXIII

Recordarnos que somos mortales es como la sal con que sazonamos la comida para hacerla más sabrosa. Pero como se nos pase la mano, es decir, lo tengamos demasiado presente, echaremos a perder el guiso. 

XXXIV

Una madre que había perdido a un hijo en un accidente de tráfico, visiblemente deprimida después de un duelo fallido de más de diez años, me confesó que ya no soportaba la vida, que ansiaba la muerte para compartir el destino de su hijo. De poco sirven en estos casos los consejos, pero me atreví a decirle que tenía otro par de hijos y un marido que la necesitaban y a los que había abandonado por centrar toda su atención en el ausente. ¿Era preciso que también ellos murieran para despertar su interés?

XXXV

Saber que el fallecido tuvo una vida propia -entonó su melodía única-, fue razonablemente feliz y  colaboré modestamente en esa felicidad es todo cuanto necesito para aceptar con serenidad la muerte ajena.

XXXVI

Es tal el brillo que concede la muerte a quien se ha ido en comparación con el gris desvaído con que lo dibuja la vida,  que siempre, frente al difunto, nos sentiremos en deuda. No dejemos que la culpa infecte la herida, tiene toda la razón Schopenhauer cuando afirma que forma parte de la condición humana valorar las cosas tan solo cuando las hemos perdido.

XXXVII

Cada uno de los proyectos que emprendemos es, en vista de la muerte, como esas torres que elevan los niños y después destruyen de un manotazo. Lo que lejos de amedrentarnos debiera hacer más audaz el combate. Cuando las reglas están amañadas y el final escrito de antemano todavía nos queda el placer de jugar con osadía. Es inútil ser prudentes cuando solo hay nada que perder.

XXXVIII

Los griegos se llamaban a sí mismos “los mortales”,  únicos seres en el universo que saben que van a morir y pueden comportarse respecto a su muerte. Los dioses son inmortales y los animales ignoran el tiempo. La modernidad añadió algo más: morimos solos, la muerte nos hace irreemplazables. Solo en relación a ella podemos individualizarnos. Extraño privilegio el de la muerte, que nos hace humanos y a la vez nos permite ser nosotros. Tal vez eso explique la poética rebelión de Rilke contra la deshumanización de la muerte, la muerte anónima -medicalizada-: “Señor, concede a cada cual su propia muerte”.

XXXIX

Cuando vuelvo a contemplar la fotografía de mi abuela sentada en aquel humilde sillón leyendo su misal experimento con toda su crudeza la impotencia de la muerte. Me doy cuenta de que los abrazos más dolorosos son los que no dimos.

XXXX

En no pocas ocasiones la muerte inspira menos temor que la vida. Confieso que hay días en que mis ensoñaciones van dirigidas a imaginar todo aquello de lo que me libraría con una muerte súbita, inconsciente e indolora: enfermedades terribles, achaques, el decaer de mis capacidades, la muerte de mis seres queridos…Llego incluso a comprender la frase del Sileno: “lo mejor sería no haber nacido”. Pero cuando pienso en el destino de los que se quedan, en la extrema fragilidad de ese ejército que avanza inexorable a la derrota, sé que mi lugar está aquí, junto a ellos. Y que morir sería desertar. No vive quien no presta oídos al llamado de la ternura, capaz de agrietar las mudas paredes  del tiempo. 

XXXXI

Es una evidencia que la muerte consagra a sus víctimas, contagiando  lugares, canciones, fechas y objetos que fueron significativos para el difunto. Solo así puede explicarse que una vieja pelota destartalada con la que jugaba mi viejo perro Xandro haya adquirido,  tras su muerte, el valor de una reliquia, que escapa incomprensible al carácter profano y sustituible del resto de las cosas.

                                                          XXXXII

        

                       Dios es el arma más poderosa creada por la civilización para enfrentar a su  enemigo más temible: la muerte. Gracias a ella millones de hombres y mujeres de todas las épocas han logrado creer que iban a ser resucitados. Pero la muerte se ha cobrado entre sus víctimas tan sublime fantasía y desde hace tiempo es  lugar común entre la élite intelectual que Dios ha muerto. También lo es que su muerte ha destruido para siempre nuestra autoestima en el cosmos: la especie que fuera digna de que un Dios se encarnara  se convirtió en la mutación exitosa de un primate.  Nunca dejaré de preguntarme cuál pudo ser el móvil de semejante magnicidio ¿La búsqueda honesta de la verdad -lo que parece difícil de creer dada nuestra inclinación al autoengaño- o alguna suerte de resentimiento contra una idea que era más grande que nosotros? No resulta fácil comprender que un ejército ejecute en plena batalla a su general, aunque sea inventado.

                                                                        XXXXIII

Cuando la muerte nos sumerja en el silencio de los siglos solo quedarán indicios, pruebas no concluyentes de que alguna vez estuvimos aquí. Será cuestión de tiempo que se impugnen las pruebas y se borre de la memoria de los hombres cualquier anotación. Pero de un modo invisible y anónimo, las estelas que dejaron nuestras acciones, aquellas que brotaron de lo más íntimo y profundo de nosotros mismos, perdurarán, como  eslabones de una gran cadena, en la eterna corriente del ser. 






 

 

miércoles, 2 de septiembre de 2020

RECORDAR CON ALEGRÍA. LA MUERTE DE MI PERRO XANDRO



He de decir que el título de este relato es todavía una ilusión, un acto de confianza en la vida, la esperanza de que la agudeza de este dolor que siento, la aspereza de esta herida tras 48 horas de la muerte de mi perro Xandro, pueda cicatrizar. Se que la vida obrará el milagro de que  la desolación deje paso a un recuerdo alegre de lo que fue nuestra vida con él.  No escribo por placer sino por necesidad,  pues cuando la tristeza sobrepasa cierto umbral es imposible pasar página y retornar a la vida normal. La tristeza dice: Párate.

A quien no haya sentido nunca el dolor por la pérdida de un animal puede parecerle absurdo, enfermizo, frívolo  e incluso indecente padecer tan intensamente por un ser de otra especie. No voy a justificarme ni voy a comparar afectos. Tal vez lo sea, pero no me importa. Siento lo que siento y basta.

Sí que tengo que decir sobre ese particular a modo de reflexión, antes de continuar con la historia, que estoy convencido de que lo hace peculiar la relación afectiva con un animal cuando se convierte en un miembro de la familia es que, a diferencia del resto de miembros, el ciclo de su vida es notablemente más corto, de modo que al principio recuerda la relación con un hijo o un nieto y al final con un padre o un abuelo. Los  ves nacer y los ves morir en el espacio máximo de trece a veinte años, a diferencia del ciclo natural humano donde, salvo enfermedad o accidente, morimos antes que nuestros hijos y después que nuestros padres. Esto provoca un tipo de sentimientos únicos tras su muerte.

 También estoy convencido de que la intensidad del vínculo no depende de la especie sino de otros factores. Pues a pesar de que la relación con un animal no es tan rica ni profunda como la que se establece con una persona,  es tal el nivel de incondicionalidad de la respuesta afectiva del animal que supera en no pocas ocasiones al humano. Una mascota nos proporciona un amor incondicional y constante y mueve en nosotros un caudal de ternura que a veces nos cuesta expresar en otro tipo de relaciones. No hay un solo día, una sola vez, en que al vernos Xandro no se volviera loco de alegría, moviendo la cola con entusiasmo y serpenteando el cuerpo para  robarnos una caricia. Nadie dudará de lo que podemos sentir tras la muerte de un recién nacido o de un hermano con discapacidad severa y sin embargo ese afecto no puede explicarse por ningún factor exclusivo de nuestra especie como la comunicación por medio del lenguaje.  Por último, el tener que decidir el momento de su muerte añade otro elemento que puede complicar el proceso de duelo. Pues siempre puede surgir la duda de en qué medida ha sido nuestro sufrimiento o el suyo el que ha pesado  más en la decisión.

Xandro -Xandrín-, un pastor alemán de color fuego, llevaba con nosotros quince años, a veces de broma le llamábamos Xandrusalén por su elevada longevidad en referencia a ese personaje bíblico, Matusalén, del que dicen las escrituras vivió 969 años.  Como vivimos en medio del campo, él no hacía vida con nosotros dentro de la casa, salvo en el hall de entrada, su reino estaba en el exterior, donde moraba libremente rodeado de conejos, grillos,  pinos, matorrales y estrellas. Queríamos diferenciar de ese modo que, por mucho que lo quisiéramos, se trataba de un animal.  Era un perro autónomo y resistente, jamás enfermó, y se enfrentaba al frío y al calor según le dictaba su instinto. Cuando el frío arreciaba se metía en la caseta del porche, cuando el calor estival era más intenso tenía un recorrido determinado en forma de ritual, tumbándose sucesivamente en los espacios donde corría más el aire y era más intensa la sombra. Su preferido era una tupida enredadera junto a la sala de meditación, donde al abrir la puerta se veían sus ojillos curiosos mirándonos fijamente. Pues salvo en los momentos donde el clima era más duro siempre se sentaba junto a la ventana más cercana a donde nosotros estábamos o en el umbral de la entrada. Él había elegido su lugar en la familia-manada.

Como un perro fuerte y vital, desde chiquitín  le gustaba darse enormes paseos con nosotros por los caminos que rodeaban la casa. Era tal su energía que a veces para cansarlo íbamos en bicicleta y no solo seguía el ritmo, sino que le quedaba  potencia para correr de aquí para allá a ambos lados del camino tras liebres y conejos a los que por supuesto jamás daba alcance. Era una gozada verle correr, asistir a ese derroche de vitalidad.

Pero la energía siempre tiene un cenit insuperable a partir del cual se inicia un lento descenso. Primero dejó de correr detrás de los conejos, después ya no podía seguir a las bicicletas, más tarde nos acompañaba andando, tiempo después se iba quedando ligeramente atrás y finalmente era incapaz de seguirnos, por lo que al final lo teníamos que atar en la puerta de la casa para que el pobre no nos siguiera, pues no dejaba de intentarlo. Eso sí, Coral, con infinita ternura le decía, acercándose a el: “Xandrin, guarda la casita mientras venimos”. Y por raro que parezca se quedaba conforme.

Los últimos años iba perdiendo vitalidad y movilidad. Una pata que se le había fracturado en un accidente dejó de funcionarle y empezó a andar con solo tres extremidades. Nos producía una indecible compasión verlo así, pero nos consolaba pensar que él, a diferencia de los humanos, vive en el aquí y el ahora y no siente añoranzas de sus años jóvenes ni  le angustia el temor a la decrepitud. Sin necesidad de ir a ningún taller tibetano practicaba mindfulness de forma natural. Vivía plenamente en el presente.

Durante años, y esta es una de las cosas que tendré que perdonarme, de tan cercano y familiar que era, de tan cariñoso e incondicional, dejé de verlo, se volvió invisible para mí. Estaba demasiado absorbido en proyectos que despertaban mi entusiasmo como para centrar mi atención en un peludo, a excepción  de situaciones críticas como cuando lo atropelló un coche, que me costó llevarlo ensangrentado al veterinario de urgencia para que lo curaran, o cuando tuve que golpear a un pitbull violento con una piedra en la cabeza -tratando de causarle el menor daño- para que soltara su cuello y evitarle la muerte. Aunque existía cierto riesgo de que el pitbull me atacara en aquel descampado, nunca dudé en lanzarme sin paracaídas en su ayuda.  Yo era su protector en las situaciones críticas. Era Coral la que lo colmaba de afecto y atenciones. Y por la que sentía una indiscutible preferencia, que jamás me provocó celos. Es más, me gustaba decir que esa inclinación demostraba que era un perro con gusto e inteligencia.  Sabía elegir al líder de su manada.

Por mucho que los perros se parezcan entre sí, quien tiene mascota sabe que todas son diferentes, tienen rasgos y gestos únicos como las personas. Destacaré, para que nunca quede en el olvido, un gesto de felicidad y pillería cuando sabía que íbamos a jugar, arqueaba la cabeza hacia detrás mirándonos al tiempo que se impulsaba hacia adelante. Es imposible de explicar o describir ese gesto suyo tan característico. O cuando cruzaba las patas delanteras al sentarse adoptando una posición señorial, o su debilidad por las uvas y los higos, o sus peleas con las urracas,  o cuando saltaba a una gruesa piedra para que Coral lo peinara, o cuando nos mordía la mano cariñosamente sin apretar, o nos saludaba por orden de preferencia cuando volvíamos los dos en el coche, o se tumbaba como un chico bueno mirándonos de reojo en las reuniones con amigos o se iba de parranda durante días en busca de perras en celo. Cuando estos recuerdos vienen a mi cabeza me producen un dolor indescriptible. Tal vez porque aquellas cosas que expresan la singularidad de los seres que amamos, que los hacen únicos, son los que nos recuerdan esa parte irreparable que hay en la muerte.

En todo caso desde hacía aproximadamente cinco meses ya no hacía la mayoría de esos gestos. Su mirada se iba volviendo más triste, sus ojos estaban cada vez más hundidos y había perdido brillo y expresividad su mirada. La energía se retiraba progresivamente de su ser. Empezaron a aparecer excrementos cerca de la casa, lo que era impensable en él y en cualquier otro perro, que de modo natural cuidan su entorno. No voy a relatar con detalle cada una de las pérdidas que se iban sucediendo porque no quiero mortificar mi corazón. Todavía no estoy preparado. Tan solo que por las noches entonaba una especie de lamento que tuvimos que descartar que fuera de dolor, que perdió completamente el oído o que empezó a tener diarrea con frecuencia. Nos pareció buena idea traerle un compañero mientras estaba vivo para no privarle de esa experiencia, Yako se llama, un cachorro de pastor alemán, lo que resultó un error pues teníamos que tenerlos separados ya que el cachorro se le abalanzaba queriendo jugar y lo tiraba al suelo, dada su inestabilidad.

Fue la simultaneidad de aquellas dos mascotas, que representaban la niñez y la senectud, la potencia de la vida y la decadencia, el inicio y el final del proceso de la vida lo que me despertó por segunda vez -la primera fue cuando desapareció durante diez interminables días  que me hicieron comprender la importancia que aquel chucho adorable había adquirido en mi vida.  Sí, la palabra es despertar. De repente comprendí, por contraste con Yako, que Xandro estaba en el ocaso y no tardaría en dejarnos. Sobre ese fondo de impenetrable oscuridad que es la muerte, la vida de ese perro anciano que nos había acompañado quince años, de pronto brilló para mí con una intensidad desconocida. Esa fue la primera enseñanza que le debo: la proximidad de la desaparición confiere a los seres  que amamos un valor tan extraordinario que de no saber manejarlo puede destruirnos. Me estoy refiriendo a la culpa.

Me sentía culpable por no haberme dado cuenta antes de todo lo que lo quería y de lo maravilloso que era lo que nos daba:  todo su ser a cambio de tan solo un poco de mimos y atención.  Los días en que se acercaba a mí con la pelota en la boca cuando llegaba del trabajo, invitándome a jugar, y yo no le hacía caso por estar ocupado en mis cosas aparecen en mi mente con indecible dolor, provocándome un tormento del que solo podré liberarme comprometiéndome a no volver a ignorar a ningún otro ser: pareja, padres, hermanos, hijos, amigos, pues ellos son más importantes que cualquiera de los proyectos que haya realizado. Y entendiendo que aquel Feliciano ya no existe, ya no es el de hoy, pues tras una experiencia de despertar ya no eres la misma persona. La culpa, cuando ya no hay forma de repararla, es como un virus que infecta la herida producida por la pérdida y retarda el duelo.  Y es difícil librase de ella cuando el ser que nos deja jamás nos juzgó, jamás nos reprochó, jamás nos exigió. Aun así, no debemos instalarnos en la culpa, más allá de escuchar lo que pueda enseñarnos. Debemos aceptar que siempre estaremos en deuda con los que se han ido, nunca comprenderemos totalmente el valor de los seres que amamos mientras permanezcan vivos y sanos junto a nosotros. Apreciar las cosas cuando las perdemos forma parte de nuestra condición.

Sí, es cierto que la fidelidad de nuestras mascotas no es un mérito, me diréis,  pues es un animal, actúa involuntariamente y por instinto. Pero eso es una pobre excusa porque también nosotros, los seres humanos,  amamos involuntariamente y por instinto, nadie elige a su pareja o a sus amigos por medio de razonamientos. No amamos a nuestros padres ni a nuestros hijos como resultado de una deliberación, y, sin embargo, tenemos en gran estima esos sentimientos.

Así que para mí ese amor que Xandro nos brindaba era puro y verdadero, no era justo menospreciarlo como un afecto de segunda tan solo por no ser de nuestra especie. Lo cierto es que mi reacción a partir del momento en que me di cuenta de su deterioro cambió completamente respecto a él. Es como si el corazón se me hubiera abierto de par en par, convirtiendo la tristeza que sentía por su mal estado en acciones que trataran de aliviar y compensar su decadencia. Curaba su diarrea, le hacía un guiso de pollo con arroz todas las tardes para que disfrutara de la comida y no solo se alimentara, le limpiaba con una esponja todas sus partes húmedas para que no le acudieran las moscas, le construí una mosquitera, lavaba sus ojos cada día con manzanilla, suspendí mis vacaciones de verano para estar cerca de él, jugaba con él todo lo que podía con una vieja pelota – al él no gustaba traer la pelota sino que fuera yo a quitársela-, le daba antiinflamatorios si sospechaba el más mínimo dolor, hasta le quitaba con unas pinzas las larvas de mosca que habían anidado en una herida, actividad repugnante incluso para los veterinarios,  y que lejos de asco me producía una enorme felicidad al saber que estaba aliviando su dolor.

Xandro me enseñó a reconocer mi capacidad de amar, también que el amor no tiene otra medida que las acciones que somos capaces de llevar a cabo para aliviar el dolor y contribuir a la felicidad de quien amamos.  Todo lo demás es poesía barata, a la  que yo estaba muy  acostumbrado, creyéndome buena persona por la fuerza de mis sentimientos altruistas y mis ideales, y que pocas veces habían descendido a limpiar excrementos, curar heridas o desplazar en mis brazos un pesado cuerpo cuando no podía subir una pendiente.

Coral estaba sorprendida de mi reacción. Mi devoción por Xandro la tenía perpleja. Ella lo había visto desde el primer día, su manera de amar es más sensata, constante y realista que la mía, pero carecía de mi casi histérica emocionalidad. Cuando empezó a hacerse sus necesidades encima y perdió el control de los esfínteres ella unió a su tristeza una inevitable sensación de asco por esos fluidos que acompañan a la vejez en sus últimas etapas. Le pedí que me dejara a mí ese cuidado íntimo, pues era tal la brutalidad de mi afecto, mi deseo de recuperar el tiempo perdido, que gozaba haciéndome cargo de las tareas más ingratas. Me daban la oportunidad de expresar y experimentar la fuerza de mi cariño.

Sabíamos que el momento se aproximaba, pues cada semana estaba más deteriorado y temíamos no acertar en el día y la hora de dejarlo marchar. Lo que sí teníamos claro es que  cuando ya no gozara de un mínimo de calidad de vida sería un acto de egoísmo y crueldad por nuestra parte retenerlo junto a nosotros. Mi postura era que mientras no perdiera el apetito, fuera receptivo al afecto y no experimentara dolor debíamos mantenerlo con vida, aunque se pasara casi todo el día inmóvil y dormitando y  apenas pudiera desplazarse por sus tres lugares de descanso en el verano tórrido de 2020. Coral, que había ido haciendo el duelo poco a poco, tal vez más generosa que yo, pensaba que una vida sin energía y casi sin movilidad ya no era una vida animalmente digna. Pero quería que fuera yo quien tomara la decisión.

Una mañana, el 24 de agosto, me despertó muy pronto preocupada por el sonido que tenían sus lamentos, indicaban claramente dolor, pronto me di cuenta que de nuevo las malditas moscas habían puesto huevos en una herida cerca del pene,  que se sumaba al hecho de que  desde hacía dos días hacía sus necesidades sin darse cuenta mientras estaba tumbado. Había llegado el momento terrible que había estado temiendo y que lograba disimularme a mí mismo mientras hacía y hacía y hacía. Ocuparme de él con tanta solicitud aliviaba mi dolor, distraía mi mente y me hacía sentir que mi amor no  había llegado demasiado tarde. Rápidamente le di un antiinflamatorio potente para quitarle el dolor y concerté una cita con la veterinaria para dar un fin digno a su vida. Le rogué, ya que vivimos en el campo, que la eutanasia se produjera en su propio espacio, en su hogar. Pues la idea de llevarlo a un lugar frío como una clínica, esperando junto a otros perros, para darle muerte, en un ambiente extraño, donde sentiría ansiedad y terror, para acabar sacándolo metido en un saco, ni era digno para él ni soportable psicológicamente para nosotros.

Sobre las 4 de la tarde nos dijo que en unas cuatro horas aproximadamente, sobre las ocho, le practicaría la eutanasia, una vez  comprobara las condiciones del animal. Le mandé por whasapp videos de su estado y no tuvo duda de que había llegado el momento. Esas cuatro horas que pasaron desde que la decisión estaba tomada hasta que se llevó a efecto pertenecen a nuestra intimidad y apenas tendría palabras para describir todo lo que se movió en nuestro corazón. Le dimos los manjares que más le gustaban, los protegimos con una mosquitera como si fuera un sultán, y nos sentamos a su lado todo el tiempo acariciando su cabeza. Había una mezcla de tristeza desesperada y ansiedad porque se produjera cuanto antes el desenlace. La tensión era apenas soportable. Una de las cosas más duras  fue tener que apartarme para cavar la tumba donde le íbamos a enterrar horas más tardes. Despedirse de quien está aun vivo mientras te ocupas de su cadáver es terriblemente doloroso.

Al ver llegar a la veterinaria se puso misteriosamente de pie y en un alarde de energía se fue a hacer pis a una adelfa como era su costumbre, marcando por última vez su territorio, como si presintiera su muerte. Después vino y se reclinó resignado, como aceptando que había llegado su hora. En ningún momento perdimos el contacto con él mientras se fue apagando. Y mentiríamos si no dijéramos que una sensación de paz nos inundó desde que murió hasta que lo enterramos. Habíamos participado de algo sagrado. El caos o el ser, o la nada,  permítaseme la rareza del término, vomita a los seres cuando nacen, los lanza a la existencia y al cabo de un tiempo los reabsorbe de nuevo. Eso es todo. Se trata de un acto de verdadera creación porque ningún ser es igual a otro, cada nacimiento representa una novedad absoluta que no puede explicarse exclusivamente a partir de sus progenitores. En contrapartida, cada muerte representa una destrucción absoluta, porque ese ser que ha muerto es irrepetible, se ha roto el molde, Xandro no volverá a salir del seno del ser.

Pero más allá de filosofías esa misma noche, tras ese estado de conciencia alterado, cuando se me pasó la anestesia del shock emocional, empecé a sentir un dolor y una quemazón de una intensidad para la que faltan las palabras. El ya no estaba allí, mi mirada lo buscaba sin poderlo evitar en los lugares usuales, y ya no volvería a estar NUNCA. Lo echaba de menos con desesperación. No me avergüenza reconocer que la vida me había arrancado de cuajo un trozo de mi ser. Nunca se está preparado para un golpe de tal intensidad. No pude dormir, me tuve que ir a pasear en medio de la obscuridad para  tratar de agotarme como fuera, no  podía parar de llorar conforme acudían a mi mente sus recuerdos. Solo el pensar que ya no sufriría , que le habíamos ahorrado probablemente meses de inútil agonía, que la  vida que llevaba ya no tenía calidad, me aportaba cierto consuelo. Pero nada era capaz de domesticar aquel  dolor punzante, de apartar de mi memoria aquella mirada suya que no volvería a ver.

 Puse en práctica todas las fórmulas filosóficas que tenía preparadas para sobrellevar esa perdida, sobre todo la de convertir el dolor en gratitud en vez de en lamento, de dar gracias a la vida por haberlo conocido, de aprender a soltar y aceptar el destino. Pero todo era en vano. Cuando la muerte nos roza ningún pensamiento puede salvarnos. Debemos atravesar el dolor, solo la naturaleza sana, pero necesita tiempo, aunque ese tiempo nos parezca eterno. Existen analgésicos para el dolor físico, pero no los hay para el dolor emocional. De nada sirven las palabras, que son aire. Tan solo las lágrimas, que son agua, consiguen lentamente apagar el fuego.

Y no digo fuego por casualidad. Los recuerdos queman al principio como ascuas encendidas. Solo en un momento posterior se apagan lo suficiente para permitirnos convertir el dolor en gratitud y recordar la vida de ese ser que perdimos con una sonrisa en los labios. Recordar con alegría a quien hemos perdido, el título de este relato,  es la señal de que ha amainado la tormenta,  de que ha acabado el duelo, de que hemos asumido la pérdida. Porque, por fortuna, el dolor también está sometido al orden del tiempo y debe cesar para que la vida siga su curso. Aun no ha llegado para mí ese momento, los recuerdos me son tan dolorosos que he tenido que modificar el aspecto de los espacios donde se tumbaba para que mi cerebro acepte que todo ha cambiado. Pero sé que llegará el tiempo de recordar con alegría. Y entonces podré reconciliarme de nuevo con la vida. Centrarse de manera obsesiva en quienes ya no están nos impide poner la atención en quienes aun viven, que deben ser ahora nuestra responsabilidad.

Sabré que el duelo ha llegado a su fin cuando pueda decir que sí a un nuevo nacimiento, abrirme a un nuevo compañero canino, en este caso a Yako, al que jamás quiero comparar. Sé que entonces me bastará con saber que Xandro fue feliz mientras vivió, que nosotros contribuimos a esa felicidad, que tomamos decisiones difíciles pensando solo en él y que preferiríamos mil veces soportar el dolor salvaje de su muerte a la posibilidad de no haberlo conocido NUNCA. Reconozco que me ha pasado por la cabeza la tentación de no tener más mascotas para no volver a pasar por  este trance, incluso regalar el cachorro antes de que mi apego emocional sea mayor. Pero creo que esa no debe ser la lección de esta historia. Por el contrario, tratar de aprender a querer al cachorro desde el primer día, anticipar en él al anciano que será para que jamás se vuelva invisible,  es la respuesta que quiero dar a esta muerte.  Esta y la decisión de abrir los ojos y el corazón desde hoy mismo a todos los seres que me rodean para hacerlos felices, pues también a ellos, como a nosotros, les llegará la hora igual que a Xandro. En honor a él acabo de plantar dos rosales que mi madre me pidió hace semanas.

 

 

 

 

 

  


jueves, 19 de octubre de 2017

DICCIONARIO INDEPENDENTISTA

Artículo 155: Restauración forzosa de la autonomía, toda vez que el Govern la había rechazado para instalarse en la independencia, ambiguamente declarada para mantener la imagen de que Puigdemont no fue el primero en disparar.

Catalán que se siente español: Enemigo del pueblo. Paria de la futura república catalana que convivirá como ciudadano de segunda con los brahmanes independentistas.

Defensores de un referéndum pero en contra de la independencia: Lobos soberanistas con piel de cordero español (ejemplo Ada Colau y Pablo Iglesias). Disposición a negociar con los separatistas la integridad del territorio y la soberanía nacional.

Diálogo: Invitación amable al estado para que elija entre dos únicas opciones: la independencia pactada o la independencia unilateral.

Derecho a decidir: Derecho a privar del derecho a decidir al conjunto del pueblo español para que decidan en exclusiva los ciudadanos de Cataluña.

Democracia: Apropiación del derecho al voto de 47 millones por parte de una minoría de 2 millones.

Desobediencia pacífica. Forma de resistencia basada en la creencia de que con un clavel y una sonrisa todo independentista tiene derecho a violar la ley.

DUI. Declaración unilateral de independencia. Chantaje interruptus al estado español bajo la amenaza de dar validez a un referéndum sin garantías si se niega a aceptar un referéndum pactado.

Educar: Deber patriótico de inculcar a las nuevas generaciones el odio al estado opresor y la lealtad al credo independentista.

España: Conjunto de palurdos reaccionarios con sede en Madrid que históricamente han negado su soberanía a un pueblo pacífico y laborioso muy superior a ellos.

Facha: Dícese de quien se opone con razón o sin ella al derecho de secesión de Cataluña.

Guardia civil y policía nacional: Fuerzas de ocupación cuyo fin es reprimir la libertad del pueblo catalán, una parte del cual tiene derecho a saltarse, por su condición independentista, las leyes y resoluciones judiciales sin esperar más resistencia que felicitaciones y abrazos (véase Mossos).

“Hay que dialogar…” Habitualmente soberanista -solo Cataluña tiene derecho a decidir- que no ha salido del armario.

Herido: Imagen fotográfica impactante para mostrar al mundo la brutalidad del estado español y hacerlo afín a la causa independentista.

Huida masiva de empresas: Operación de presión y propaganda del estado opresor sin ningún impacto en la economía catalana.

Izquierda radical: La que utiliza su capital electoral para, en vez de socorrer a los trece millones de españoles en riesgo de pobreza, defender el derecho de las comunidades ricas a no contribuir al bienestar de las comunidades pobres.

Mediación internacional: Estrategia propagandística que, a través del victimismo y la crispación social, busca que la comunidad internacional fuerce al estado español a sentarse con la Generalitat en dos sillones con el mismo respaldo para celebrar un referéndum de autodeterminación (ver dialogo).

Nacionalismo: Peligroso virus social del siglo XIX que se creía extinguido, de naturaleza violenta e insaciable, cuyo síntoma más evidente es considerar que la soberanía y los derechos pertenecen a los territorios y no a los individuos. Muy contagioso, ya hay al menos dos millones de infectados.

No judicializar la política: Partidario de la negociación bilateral de la independencia de Cataluña entre el gobierno de España y el Govern, por encima y al margen del estado de derecho.

Preso político: Expresión utilizada con la intención de coaccionar a los jueces para que traten con más benevolencia el incumplimiento de la ley por parte de un independentista que del resto de ciudadanos.

 Referéndum pactado: Obligación de consentir, para no ser tildados de franquistas, que Cataluña, y no el conjunto del pueblo español, es el único depositario de la soberanía.

República independiente de Cataluña: estado de plenitud social donde al fin dejaremos de contribuir a las comunidades pobres y ociosas del estado español y tocaremos a más. Mundo idílico en el que veremos a la burguesía de Puigdemont y a las masas proletarias de Anna Gabriel retozar felices y unidas en el huerto solidario mientras suena a lo lejos El segadors.

miércoles, 11 de octubre de 2017

¿ES POSIBLE EL DIÁLOGO?


Cientos de miles de ciudadanos bienintencionados se han manifestado estos días reclamando que el conflicto catalán se resuelva por la vía del diálogo y no de la coerción. Pero, sin ánimo de ser aguafiestas ¿es posible un diálogo entre los partidarios de respetar el orden constitucional y los partidarios del soberanismo?

Desde mi punto de vista y por desgracia no lo es, y debemos prepararnos para lo peor. La razón es muy sencilla. Lo que está en juego no es negociable porque no es un contenido donde quepa establecer un más o un menos, una cesión mutua de las partes. Lo que está en juego es mucho más profundo, último y radical: la discrepancia afecta a la determinación de quién es el titular de la soberanía, ¿el pretendido pueblo de Cataluña, como reclaman los soberanistas, o el pueblo español en su conjunto, como establece la Constitución?

Basta con entender lo que significa soberanía, es decir, poder supremo sobre un territorio, para darse cuenta de que no pueden coexistir dos poderes supremos en un mismo territorio, promulgando ambos leyes de obligado cumplimiento.

En la guerra de la propaganda cada parte se arroga la voluntad exclusiva de diálogo, diciendo que es el momento de la política o invocando interesadamente el derecho a decidir. De ese modo se omite que lo que está en cuestión no es la democracia ni el derecho a decidir sino quién es el titular de ese derecho, quién es el verdadero pueblo soberano ¿exclusivamente los catalanes o la totalidad de los españoles? Decisión que es previa al diálogo y que no admite mediación posible salvo la renuncia a su soberanía de una de las partes.

Los defensores del soberanismo no admiten más diálogo que el de negociar las condiciones de un referéndum pactado con el estado en el que una de las opciones sea la independencia. Por mucho que Puigdemont suspendiera ayer la declaración de independencia por táctica más que por voluntad de diálogo, jamás volverá a aceptar el actual estatus quo de Cataluña como comunidad autónoma. Se invoca a Escocia y a Quebec, pero no se dice que en estos casos había consenso para celebrar el referéndum con sus respectivos estados. Siempre se descartó la vía unilateral.

El estado español por su parte no admitirá otro diálogo que aquel que se desarrolle en el marco de la constitución, pues no puede actuar en contra de sus propias leyes, sería abdicar de su soberanía. Y porque no sería viable un estado que fuera sometido a la amenaza constante de que cada comunidad autónoma pudiera declarar periódica y unilateralmente  su independencia si se abriera la vía constitucional del referéndum.

Hoy los partidos constitucionalistas han abierto la puerta a una reforma de la constitución donde se podría plantear, entre otras propuestas como la federalización del estado o la financiación autonómica, la cuestión del referéndum pactado, propuesta legítima sin duda pero siempre que no se cuestione que es el conjunto del pueblo español y no solo Cataluña los que tendrían que aprobarla.

Pero no  nos engañemos por las apariencias, las diferencias son a día de hoy irreconciliables. Unos piden diálogo para negociar la integración de Cataluña en España, los otros para negociar su desconexión. Los diputados de ERC, y doy por descontada la CUP, ya han afirmado que no participarán en esa comisión de estudio. La pretensión del soberanismo nacionalista, seamos claros, es ponerse en frente del estado español como un interlocutor del mismo nivel, de igual a igual, de sujeto soberano a sujeto soberano.

Llegados a este punto me temo, y creo que hay que dejarse de eufemismos, solo cabe esperar el enfrentamiento progresivo de los litigantes. Pues si bien es cierto que la fuerza no hace el derecho también lo es que no hay derecho sin fuerza. Por mucho que Puigdemon haya parado máquinas, más por táctica que por voluntad de diálogo, no percibo signos de que renunciará a la soberanía de Cataluña, al derecho a poder constituir una república independiente.

 Cada cual utiliza y utilizará sus armas en la batalla.  El independentismo, al carecer de ejército, la desobediencia civil, la huelga indefinida y la presión en la calle. El bloque constitucionalista, la maquinaria del estado -leyes, tribunales y fuerzas de seguridad- el aval de la comunidad internacional y la complicidad de los mercados al amparo de la Unión europea.

 Me temo que las expectativas creadas entre la población por parte del independentismo ya no pueden detenerse. Ninguna mediación nacional o internacional es posible pues ni siquiera en eso puede haber acuerdo. La Generalitat la reclama para situarse en pie de igualdad con el estado español. El estado español la rechaza porque sería renegar de su superior autoridad sobre el oponente.

Hoy no invocaré razones de principios sino pragmáticas para abordar el conflicto. El soberanismo perderá su batalla contra el Estado español, jamás constituirá un Estado viable contra él,  y lo más sensato sería que renunciara a declarar unilateralmente la independencia para ahorrarnos a todos, y principalmente a Cataluña, un sufrimiento innecesario. Al Estado le pido magnanimidad para integrar al soberanismo en un nuevo marco constitucional sin que se sienta humillado. 

En esta versión posmoderna de la guerra civil cada ciudadano se ve obligado a decantarse por uno de los bandos. El que pierda tendrá que rendirse. El que gane impondrá el marco de diálogo. Habrá vencedores y vencidos y todo será tan absurdo y esperpéntico como puede serlo que una sociedad del siglo XXI se convierta en el enésimo capitulo de Juego de Tronos.