miércoles, 16 de noviembre de 2011

HISTORIA DE UNA PUTA Y UN PAÍS

Propondré a la reflexión ciudadana una  fábula sobre la degradación de ese antiguo país llamado España, que solo una rebelión pacífica y masiva  tiene todavía el poder de revocar.
Yamira era una joven brasileña procedente de las fabelas, carente de recursos para encarar el futuro. Por si fuera poco era madre de un niño de siete años al que sabía incapaz de mantener. Presionada por las circunstancias aceptó el consejo de un familiar cercano para venir a trabajar a Madrid como camarera. Una organización anónima se ofreció a pagar su vuelo.
España era un país europeo con un mermado estado de bienestar y  niveles de prosperidad muy alejados del resto de países del entorno. Tal vez por ello fue seducida fácilmente por una política masiva de inversión en el ladrillo, aprovechando los vientos favorables de bajísimos tipos de interés, generosamente financiados por una organización de anónimos especuladores bancarios.
Tan pronto llegó a Barajas, Yamira comprendió que no era para ser camarera exactamente para lo que había efectuado el viaje. La elevada deuda no la había contraído con una ONG sino con una peligrosa mafia del tráfico humano. Estaría obligada a costearla mediante el penoso ejercicio de la prostitución en un club de alterne en las afueras de Móstoles.
El exceso de viviendas construidas en España hizo colapsar al sector  inmobiliario, y los bancos, sin liquidez, dejaron de dar crédito. La actividad económica frenó en seco, el paro aumentó hasta límites insostenibles y, como consecuencia, los ingresos del Estado cayeron en picado mientras se disparaban los gastos debidos al desempleo y al rescate de cajas y bancos. Particulares,  empresas y  Estado quedaron, de la noche a la mañana, hipotecados bajo  el peso de una deuda exorbitante.
Yamira se prostituía sin descanso en aquel infame club de carretera bajo la mirada atenta de los proxenetas. Efectuaba de quince a veinte servicios al día. Aquella chica joven era abusada una y otra vez por multitud de clientes, que saciaban su lascivia por el módico precio de cincuenta euros. Para ella eran solo veinte. El resto los tenía que entregar  en concepto de deuda e intereses. A lo que debía añadir gastos de manutención y hospedaje, toallas, servicio de habitación, costes de seguridad de los porteros que la retenían  e incluso de los preservativos que utilizaban los clientes cuando le practicaban el sexo. La deuda crecía sin su control de manera exponencial hasta volverse imposible de saldar. La culpa, le recordaban sus captores, era de ella por no esforzarse lo suficiente en complacer a los clientes.
España, empobrecida por la irresponsabilidad de gobiernos y banqueros, necesitaba obtener crédito diario en los mercados de capital. Solo así podía  hacerse cargo de los millones de parados, sostener a las entidades causantes de la crisis e intentar inútilmente reactivar su raquítica economía. El interés de este préstamo se decidía en subasta pública, a la que concurrían taimados inversores que elevaban interesadamente la prima de riesgo alegando desconfianza en la solvencia del país. Sabían que si lograban hundir la economía, España sería rescatada, lo que les reportaría enormes beneficios. Siendo obligada a pagar tan abusivos intereses no podía destinar dinero a crecer y crear empleo, con lo que su solvencia disminuía, los mercados desconfiaban aún más, aumentando sus intereses y así sucesivamente, sin límite ni pausa. La culpa, decían los expertos, era de los ciudadanos por vivir por encima de sus posibilidades.
Yamira, a pesar de entregar su cuerpo de un modo cada vez más intensivo era cada vez más pobre. Se prostituía ya solo para pagar los intereses de la deuda contraída con aquellos proxenetas insaciables. Era tal la falta de escrúpulos de los rufianes que saldaban parte de sus derechos cobrándoselos en carne, violándola cuando deseban y ofreciéndola a amigos y allegados para realizar toda clase de servicios. Se había convertido en un despojo humano rehén de sus matones, sin posibilidad de negarse a pagar por la amenaza de muerte que pesaba sobre su hijo de tan solo siete años. Sin libertad, tan solo era una esclava sexual al servicio de una red que comerciaba con personas.
España realizaba todo tipo de ajustes para tranquilizar a sus acreedores, que dictaban ahora sus políticas, reducían los derechos laborales de sus trabajadores, aumentaban la edad de jubilación de sus ancianos, disminuían los sueldos de sus funcionarios, congelaban las pensiones, desprotegían a la población más vulnerable en materia de sanidad y educación, y expoliaban su riqueza bajo la mirada atenta de dos celosos guardianes: PP y PSOE. El pueblo, antes soberano, se había convertido en rehén de avarientos inversores. A cuyo chantaje no podía sustraerse por el riesgo de quedarse sin crédito, ver tomadas a la fuerza, como Italia y Grecia, sus instituciones políticas y ser, en suma, intervenido. Sin democracia, aquel país tan solo era una colonia tercermundista bajo el férreo yugo de los mercados.
Yamira era un país sin dignidad en manos de usureros y especuladores. España era una prostituta barata que hacía la calle para  sórdidos proxenetas. 

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