domingo, 3 de julio de 2011

TRAICIÓN

TRAICIÓN
Decía que no fumaba hierba porque no le hacía efecto. Sin embargo, a poco que me dirigiera ella con una de mis amorosas bufonadas, reía sin parar con una risa alegre como pocas he conocido. Tal complicidad había entre nosotros. Apoyada cómodamente en el sofá de unos amigos de Mojácar  ojeaba una de esas revistas que en la misma página enseñan diez secretos para excitar a un hombre, los beneficios de la depilación láser y la lencería más  atrevida de la temporada.
Ya habían pasado tres meses desde que acabó  mi último juego seductor con Sonia, una enfermera de Tarifa. Tras años de relación y convivencia, donde no faltaron coqueteos ocasionales, me quedé más prendido de lo que está permitido a un profesional de la seducción. Este hecho había generado en Coralie una crisis de confianza casi irreversible, tanto respecto a mi determinación de no meterme en líos con otras mujeres como de ser sincero si esto ocurría.
He de decir en mi descargo que para mí toda relación, una vez que adoptaba la forma de compromiso (y esto, por desgracia, ocurría después de los primeros meses), se transformaba en una obligación más de la vida, de la misma naturaleza que el trabajo o la paternidad después de las decisiones iniciales que les dieron origen, por muy apasionadas que estas hubieran sido. Seguridad y convención disputarían ahora su predominio a la libertad y el deseo que, por supuesto, siempre estarían del lado de la transgresión.
No es que no me hubiera dolido lo sucedido, sino que mi arrepentimiento tenía más que ver con un sentimiento de compasión espontánea hacia su desconsuelo, o con la conciencia de haberme comportado como un estúpido concediendo tanto poder a una de mis conquistas. También con las ingratas y continuas discusiones que había tenido que soportar durante meses.
Pero al verla allí recostada aquella noche, junto al sofá azul y vulgar, releyendo la revista intrascendente, recordé lo hermosa que era, la fuerza del sentimiento que me unía con aquella mujer tres años antes desconocida. Recordé el placer de nuestras conversaciones interminables, la sencilla forma en que brotaba la risa cuando nos mirábamos, el asombro de su intuición infantil y el ansioso latido de su corazón, que disfrazaba con dificultad una bondad vulnerable.
Gozaba de una extrema sagacidad, con una mirada entrenada para sospechar de todo menos de sí misma, otorgando al amor el privilegio de una inocencia que siempre los hechos se ocupaban de desmentir.
Debió presentir mis divagaciones  cuando alzó la voz y me dijo con una sonrisa en la que se podía leer una melancólica desilusión: ¡Con lo bonito que era lo nuestro!
Es difícil explicar lo que sentí al oír aquellas palabras pronunciadas sin afán de ofenderme ni de culparme. Me descubrieron con una tristeza súbita, íntima,  la verdadera naturaleza de un  mal irreparable, la versión amorosa del pecado original.
 Había destruido algo tan hermoso, tan voluntario, tan gratuito, tan ingenuo...
No se trataba de haber incumplido un contrato,  romper una palabra, contravenir una norma. Era infinitamente más grave. Tanto como faltar a una ilusión, degollar una rosa, estrangular un pájaro o espantar un silencio. 
Violé su inocencia. El único delito de amor que nunca prescribe. Precisamente yo, a quien más amaba.    




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